La Gran Distribución Alimentaria en los países del sur: acaparamiento del pastel
corriente | en teoría

y desestabilización de mercados locales a un ritmo trepidante. 

Núria Castelló 

Las posibilidades de la Gran Distribución Alimentaria (GDA)- realizada por transnacionales de aprovisionamiento global -para comprar y vender alrededor del mundo han aumentado espectacularmente en los últimos tiempos. La liberalización económica y la realización de acuerdos sobre productos básicos, desde finales de la década de los 80, han revolucionado sus cadenas de suministro, desestabilizando con ello los mercados locales. 

Nos encontramos frente un aprovisionamiento global de desigual fuerza en las negociaciones de la GDA con los productores. Utilizando su posición de oligopsonio de compra (unas pocas empresas controlan la demanda a los productores) y oligopolio de venta (unas pocas empresas controlan la provisión al público), la GDA obliga a disminuir los costes y riesgos comerciales en su cadena de suministro. 

Hablamos de un modelo empresarial centrado en la maximización de los rendimientos de los accionistas, una flexibilidad creciente mediante la entrega “just in time”, un excesivo control sobre que, como y cuando se produce, y unos precios cada vez más bajos para los productores que se ven desplazados y excluidos de sus mercados.  

Así, para satisfacer la exigente demanda de la GDA, los agricultores deben suministrar volúmenes más grandes por cliente y transacción, deben competir con agricultores de todo el país o región y no sólo con la zona local, y deben cumplir los estrictos niveles de calidad de producto de los supermercados. 

Un argumento liberal intenta justificar la entrada de la GDA al Sur como forma de aumentar los ingresos de los productores. Sin embargo, los únicos agricultores capaces de cumplir estos requisitos, son la minoría que trabajan a gran escala y que ya está acostumbrada a producir para la exportación.

Concentración y diversificación

Pero hoy en día, la GDA ya no busca en el Sur solamente “proveedores de materias primas”. La saturación del mercado europeo provoca que estas compañías persigan “nuevas” fórmulas para seguir gozando de sus desmesurados beneficios y que “compitan” en estos países para conseguir nuevos consumidores y más acaparamiento del pastel.

Estas fórmulas de acaparamiento han sido hasta ahora las fusiones y la diversificación de productos para tratar de eliminar la competencia o ser los líderes de los nuevos mercados de competencia monopolística. Pero al ser el grado de concentración tan grande y el ciclo de vida de los productos cada vez más corto, se ha buscado la diversificación de mercados.

La “revolución de los supermercados” en los países emergentes se inicia en los años 90 y su extensión se promueve por los acuerdos de liberalización de los servicios en el marco de la Organización Mundial del Comercio. Antes de este período, la extensión de la GDA se reducía a pequeños “nichos de mercado” ubicados en las grandes ciudades de estos países e iba dirigida a los consumidores de alto poder adquisitivo.

Este arranque será facilitado por un aumento de la migración del campo hacia las grandes ciudades. Pero es especialmente la liberalización de la inversión extranjera y la consecuente llegada de la GDA de capital extranjero a estos países, laº que impone este modelo en la cadena agroalimentaria.

La extendida abolición de consejos de comercialización y el fin de numerosos contractos de productos básicos desde finales de los 80 han debilitado aún más el poder de negociación de los agricultores minifundistas. Los exportadores individuales, sustituyendo a los consejos de comercialización agrícolas en muchos países, venden directamente a la GDA, erosionando así la fuerza de los agricultores con respecto a los compradores extranjeros.

Fin de los acuerdos

Hasta la década de los 80, muchos mercados de productos básicos fueron regulados mediante acuerdos multilaterales sobre bandas de precios, límites de producción y cuotas de exportación que se diseñaron para mantener el precio relativamente elevado y estable. El colapso de estos acuerdos provocó la entrada de nuevos vendedores deseosos de incorporar sus productos básicos en el mercado global, debilitando así mercados estables y locales y las acciones colectivas existentes.

Aunque hoy la mayor parte de las ventas de estas grandes cadenas se hacen en los llamados países desarrollados, el establecimiento en los países emergentes y el Sur es cada vez mayor y se presenta en forma más preocupante por lo que respecta a la dominación del mercado de alimentación (y la introducción del textil) por parte de estas multinacionales de la GDA.

Así, por ejemplo, los grupos europeos han desarrollado una expansión agresiva en el extranjero: Carrefour ya está representada en 32 países y obtiene un 49% de sus beneficios fuera de Francia; Ahold gana el 85% fuera de Holanda; y Metro obtiene el 46% de sus beneficios en los 27 países dónde trabaja.

Podríamos pensar que esta tendencia es similar a la que se produjo en Europa y los EEUU con la introducción de la GDA en nuestros patrones de producción, distribución y consumo. Pero la diferencia está, entre otras razones – y es importante mencionarlo – en la rapidez de este crecimiento.

Mientras que en Europa la GDA se introdujo en los 70, y en 2007 tiene cifras de 70% de la cuota de mercado, con el 36,8% para las diez primeras cadenas europeas, en el Sur encontramos concentraciones del 60% en sólo una década y en menos de diez empresas, la mayoría de ellas de capital europeo y norteamericano. En América Latina la GDA ha alcanzado en diez años los niveles que le costaron 50 años de alcanzar en EEUU, el crecimiento de establecimientos de la GDA en China es cinco veces mayor y más rápido que en Brasil y Argentina hace una década.

Tres mil millones de pobres

Hay que destacar también que a diferencia de Europa, en la gran mayoría de estos países la población es principalmente campesina, y no solamente campesina, sino que hablamos de poblaciones con niveles de pobreza elevados y con fuentes de ingresos provenientes de la agricultura familiar. 

En el África subsahariana, por ejemplo, los agricultores minifundistas representan el 90% de la producción agrícola y el 73% de los pobres rurales de África. Además, en muchos casos se trata de economías donde el mercado local es el único espacio de comercialización e intercambio, y no podemos olvidar que a menudo encontramos economías no monetarias.

Por otra parte, la GDA empieza segmentando a los consumidores, sirviendo sólo a los de mayor renta, hasta que llega al punto de diversificar los mercados, llegando también a sectores de la clase media y a los de menores ingresos, tanto de la ciudad como del campo. Sin escrúpulo alguno y siguiendo la corriente de uno de sus gurús del “multinational management” del siglo XXI, se venera “el interés y la oportunidad” de negocio y rentabilidad que tienen las grandes multinacionales para vender a los tres mil millones de personas más pobres del planeta.

En este contexto, es vergonzoso ver como instituciones internacionales (BM, FMI, OMC, y hasta la FAO) y gobiernos locales cierran los ojos ante las insostenibles e injustas externalidades producidas por este modelo de la GDA y proponen que productores y transformadores locales “aprendan” a satisfacer las agresivas condiciones de las transnacionales de la distribución moderna en lugar de intentar reducir o anular el abuso de poder y control que estas tienen sobre la cadena agroalimentaria.