Izquierda
subalterna o izquierda anticapitalista
Lluís Rabell *
A dos meses
vista de las próximas elecciones legislativas, la prolongada crisis
de Izquierda Unida se precipita hacia un desenlace que, previsiblemente,
comportará traumáticas rupturas. Más allá de los choques personales,
de los enfrentamientos entre facciones rivales a que se reduce la percepción
que de esta crisis tiene buena parte de la opinión pública, dos izquierdas
– inconciliables en muchos aspectos
– se están gestando.
Raro es un
día sin noticias del conflicto que desgarra a Izquierda Unida. Desde
la proclamación de Gaspar Llamazares como cabeza de lista para las
próximas elecciones legislativas – tras unas “primarias” por
correo que, si algo primaron, fue el voto de la afiliación pasiva sobre
la voz del activismo militante -, las cacicadas de la mayoría dirigente
se han sucedido ininterrumpidamente: exclusión de la Permanente federal
de conocidos cuadros del PCE – representando distintas sensibilidades
opuestas al actual coordinador -, tentativa de imponer candidatos afines
al mismo por encima de la voluntad expresa de la militancia – como
en el caso de Valencia… Se está llegando a una situación límite
que parece ya imposible reconducir.
Los episodios
de esta crisis, incluso los más inmediatos, son de aventurada predicción.
Pero, más allá de sus actores y de sus aparentes motivaciones, importa
captar cuál es el fondo del enfrentamiento. Y es que, como no podía
ser de otro modo, las tensiones que atraviesan IU reflejan - de un modo
confuso o deformado, a través de aproximaciones no siempre muy exactas
– las contradicciones generales de la lucha de clases. Son esas contradicciones
las que proporcionan una base material y social a dos proyectos políticos,
distintos y contradictorios, actualmente en gestación en lo que ha
sido durante dos décadas la izquierda del PSOE.
Los efectos
de la globalización, de las políticas neoliberales y la integración
europea, conjugándose con las problemáticas heredadas de la “transición”
española, se han hecho sentir profundamente sobre el conjunto del movimiento
obrero y, muy particularmente, sobre el espacio social y político que
ha encarnado IU. La clase obrera que conocimos en las postrimerías
del franquismo ya no existe. Ha sido substituida por un nuevo proletariado:
mestizo, rejuvenecido, feminizado… pero también tremendamente precarizado
y fragmentado. Y con unas organizaciones sindicales y políticas mayoritarias
en franco retroceso y cada vez más adaptadas al sistema. (Baste con
recordar, en este inicio de año claramente inflacionista, los sucesivos
pactos de moderación salarial firmados por las burocracias de UGT y
Comisiones Obreras). La socialdemocracia ha seguido un intenso proceso
de integración a las instituciones y dispositivos neoliberales. Y la
presión sobre su izquierda se ha revelado tanto más fuerte cuanto
que sus referentes y bases tradicionales iban desmenuzándose. No podía
tardar, pues, en surgir el dilema que hoy se plantea.
Desde este
punto vista, la legislatura que acaba ha sido crucial. Tras unas primeras
y obligadas concesiones al movimiento ciudadano que le había llevado
al poder – en lo referente a la guerra de Irak o en materia de derechos
civiles -, el ejecutivo de Zapatero ha seguido una línea continuista
respecto al PP en lo presupuestario, en materia fiscal, en cuanto a
legislación social… o ha cedido ante la movilización de la derecha
más rancia en materia educativa, en el terreno de las reformas estatutarias
o en el frustrado proceso de paz en Euskadi. Pero, por su parte, Izquierda
Unida se ha revelado incapaz de perfilar una alternativa, ni siquiera
de actuar como una oposición por la izquierda a las políticas social-liberales
del gobierno. Todo lo contrario: el grupo parlamentario IU-ICV se ha
tragado los presupuestos de Solbes – incluido el último, justamente
tildado de “antisocial”, pero votado “responsablemente”
en segunda lectura con la aprobación del canon digital de propina -,
la Ley de Defensa Nacional, la LOE, la expedición al Líbano… y prácticamente
todo lo que le ha echado el gobierno. Sin olvidar su política antiterrorista
que, con el sumario 18/98 o algunos “hábiles interrogatorios”
de la Guardia Civil, alcanza estos días cotas de auténtica ignominia.
A estas alturas
no puede hablarse ya de una orientación errónea, sino de una opción
estratégica. La mayoría federal que ha ido aglutinándose en torno
a Llamazares no considera la posibilidad de construir una izquierda
de carácter anticapitalista, independiente; sólo vislumbra una opción
complementaria del social-liberalismo. La pretensión de refundar Izquierda
Unida como “izquierda verde”,
siguiendo el patrón catalán de ICV, tiene muy poco que ver con una
súbita toma de conciencia de la catástrofe medioambiental hacia donde
nos precipita el capitalismo - ¡ojala se tratara de eso! – y mucho
con la transformación de IU en un partido institucional, de cuadros
profesionales, cuya función sería la de actuar como “conciencia
crítica” del PSOE, tratando de arrimar electoralmente a su vera
todo un abanico de segmentos sociales que difícilmente llegarían a
reconocerse en el reformismo español. Por supuesto, ni por asomo hay
en ese proyecto la pretensión de disputarle su hegemonía sobre el
mundo del trabajo, ni de aproximarse hacia la izquierda sindical o las
resistencias sociales. No. Los amigos de Llamazares se encuentran preferentemente
en el aparato de Fidalgo, donde no pocos coquetean con el PSOE… y
unos cuantos lo hacen ya descaradamente con el PP. Finalmente, el nuevo
“federalismo” de que se habla se refiere a libertad para establecer
pactos de geometría política variable en las distintas comunidades
autónomas, según lo que fuera necesario para alcanzar presencia institucional
aquí o allá: consolidar, por ejemplo, un pacto con el PSOE en Asturias
en torno a una política privatizadora y represiva del movimiento obrero
contestatario; certificar en Vitoria una alianza gubernamental con el
PNV que asegura prebendas y recursos para mantener a un buen número
de liberados; favorecer la participación en un tripartito como el de
Catalunya, o incluso el entendimiento ocasional con otras fuerzas –
el Bloc Nacionalista de Valencia con quien se han aliado los partidarios
de la dirección federal en contra de EUPV, por ejemplo, se encuentra
en la órbita de CiU y está asociado a su grupo parlamentario europeo…
En resumen: la negación de un proyecto republicano, clasista, de ruptura
y transformación, y su substitución por una política posibilista
y carente por completo de principios.
Ritmos desiguales
La gestación
de esa izquierda subalterna está ya muy avanzada. Cuenta, desde luego,
con las simpatías del gobierno y algunos poderosos medios de comunicación.
La perspectiva que abre ejerce una fuerte atracción sobre no pocos
sectores de IU, por mucho que algunos vacilen aún a la hora de dar
un paso irreversible. Atrae a numerosos cuadros que no conciben ya vivir
de otra cosa que de la política y la representación – y que cuando
hablan de “afiliación”
piensan en votos y cotizaciones, nunca en el protagonismo de un movimiento
político y social. Atrae a una dirección como la del Partit dels comunistas
de Catalunya, a quien aterra la idea de perder el miserable cobijo institucional
que le proporciona la coalición con Saura; arrastra algunos grupos
a la deriva como el POR, sin otra relevancia que la de aportar el cinismo
fresco de los conversos y cubrir el flanco izquierdo de toda esa operación…
Si por ahí
las cosas están cada vez más claras, por el otro lado, el de la configuración
de una izquierda de combate, las dificultades e incertidumbres son mucho
mayores. Y es que esa izquierda entregada que representan Llamazares
y su corte no ha caído del cielo: se ha gestado en las filas de IU…
y de ese mismo PCE del cual querrían desembarazarse de una vez por
todas, confirmando así la ruptura con cualquier vestigio “rojo”.
La deriva de Llamazares tiene lejanas raíces en la transición. Pero
otras más cercanas en el pragmatismo municipalista, en la profesionalización
de los dirigentes y su elevación por encima de las bases, en los comportamientos
autoritarios hacia las disidencias y críticas de izquierdas, en las
políticas conciliadoras y las coaliciones diversas con el PSOE –
algunos de quienes abominan, con toda la razón del mundo, del papel
de IU en un gobierno municipal especulador como el de Gijón, no tienen
nada que objetar a la participación en el de Sevilla, ni al voto de
su retrógrada ordenanza cívica…
Esa realidad
ha determinado que la oposición a una deriva liquidadora del proyecto
original de IU haya sido tantas veces inconsistente, vacilante y proclive
a la componenda, y que siga careciendo de claridad y determinación
política. Hoy por hoy, el frente que se opone a Llamazares se asemeja
más a un movimiento por la pulcritud estatutaria y la democracia interna
que a una real alternativa política. Y esa democracia, aún siendo
la primera exigencia, resulta ya insuficiente. Sólo tiene sentido en
aras a la claridad de un debate que no se puede postergar ni diluir.
Algunos dirigentes del PCE, abocados hoy a un enfrentamiento con el
coordinador, albergan aún la esperanza de un pacto honorable “in
extremis” que les permita salvar los muebles. Hay mucho miedo
a saltar sin red. “¿Y si la batalla nos llevase a una ruptura
y acabásemos siendo una fuerza extraparlamentaria?” ¿Cuántos
cuadros tienen el valor necesario para sacar un balance, útil para
el futuro, de nuestra agotada izquierda y de su propio partido?
Lo cierto es
que la victoria de Llamazares en las primarias ha sido reveladora. Pocas
energías quedan en IU para tratar siquiera de revertir la situación.
De hecho, una parte muy significativa, quizás determinante, de los
y las activistas sociales, de los cuadros animadores de la izquierda
sindical, de la militancia anticapitalista, hace tiempo que está fuera
de IU o ha ido distanciándose de ella. El triunfo de la “democracia
postal” sólo se explica por la existencia virtual de muchas asambleas,
por la desvinculación de los movimientos, por la sangría militante,
por la generalización del desánimo… Las tendencias conservadoras,
enraizadas en las inconsecuencias y los errores de ayer, se han tornado
imparables en un contexto de retroceso general del viejo movimiento
obrero y de hegemonía neoliberal. Por eso resulta tan ilusoria la idea
de “volver a los orígenes de IU”. Esa es en realidad
la única opción del todo inviable: ya no es posible recomponer la
Izquierda Unida de Julio Anguita, ni nada por el estilo. Tampoco es
una opción realista – o sólo de un modo episódico y como preludio
de una nueva crisis – un repliegue “identitario”
en torno al PCE, aunque fuese en torno a un liderazgo rejuvenecido.
El impulso revolucionario original del partido es apenas una referencia
histórica para las nuevas generaciones, sus dirigentes carecen de la
autoridad necesaria sobre ellas y bajo esas siglas han convivido –
y de hecho aún coexisten - las mismas tendencias que hoy se confrontan
en IU. Hace mucho tiempo ya que el problema de la izquierda ha rebasado
el marco del PCE y sus familias, incluidas las más fieles a la clase
trabajadora.
Del mismo modo
que no hay marcha atrás, tampoco existen atajos. La verdadera alternativa
se sitúa entre el proyecto llamazarista y el inicio de una durísima
lucha – una lucha que requerirá años e ingentes esfuerzos - por
la reconstrucción de una izquierda anticapitalista consecuente; una
izquierda que gire hacia los movimientos sociales, que se oponga decididamente
al social-liberalismo y no sucumba a los cánticos de sirena de la participación
en sus gobiernos; una izquierda que deje de ser la “izquierda de
la monarquía” y enarbole la bandera de una democracia
radical, capaz de dar por fin salida a los anhelos de autodeterminación
de Euskal Herria, Catalunya o Galiza; una izquierda que entienda que
el internacionalismo de verdad empieza por la lucha contra los intereses
imperialistas de “nuestras” propias multinacionales… Esa
izquierda no es una ensoñación: los mimbres para construirla están
ahí, aunque dispersos y fragmentarios. Esa izquierda late ya en las
múltiples resistencias sindicales, sociales, democráticas, antirracistas,
feministas, de defensa del territorio que surgen aquí y allá… Dentro
y – cada vez más – fuera de IU. Los tiempos de crisis y lucha de
clases que se avecinan pondrán en movimiento nuevas fuerzas, brindarán
nuevas oportunidades, a la vez que plantearán de modo insoslayable
la necesidad de ese nuevo polo alternativo.
La batalla que hoy se libra en las filas de IU – acaso la última - puede revestir la mayor importancia para la gestación de tal referente. Lo será tanto más cuanta mayor claridad haya acerca de las propuestas políticas y las alianzas que cada cual defiende, cuanto menor sea el espacio que concedamos a la retórica engañosa y mayor nuestra concreción. El balance de un proyecto transformador que llega al final de su tormentosa singladura sólo puede ser otro proyecto más firme y audaz. IU ha vertebrado durante años los anhelos de una parte decisiva de la izquierda más consciente y combativa de este país. De nosotras y nosotros depende que ningún esfuerzo haya sido vano.
















