Raúl Camargo Fernández, Militante de Espacio Alternativo / Diagonal [1]
La legislatura que ahora termina
se ha caracterizado
por un acusado descenso de
la movilización social si tomamos
como referencia las manifestaciones
y campañas que hubo durante
el segundo mandato del PP. No
obstante, han sido múltiples los pequeños
focos de resistencia que han
ido apareciendo y en los que han participado
corrientes de izquierda social
y política muy diversas.
Hay espacio
Las movilizaciones por el derecho a
una vivienda digna y contra el desarrollo
urbanístico desenfrenado, la
solidaridad con l@s inmigrantes, la
lucha contra el cambio climático y
contra las centrales térmicas y refinerías,
las resistencias sindicales en
Seat, McDonald’s de Granada, Delphi,
Frape, el TMB de Barcelona, el
Metro de Madrid, las movilizaciones
feministas por el derecho al
aborto libre, gratuito y en lo público
y contra la ofensiva reaccionaria de
la Iglesia, el movimiento antifascista
que respondió al asesinato de Carlos
Palomino, las plataformas de apoyo
a los encausados en el sumario 18/98
y en defensa de una salida negociada
al conflicto vasco o la muy reciente
experiencia de los Foros Sociales
descentralizados constituyen una
muestra de que, a pesar de no haber
podido romper el cerco mediático,
sigue habiendo espacio para la resistencia
organizada.
Lejanía
En todas estas luchas ha habido debates
y, a veces, conflictos entre organizaciones
comprometidas en la
acción pero también, y sobre todo,
hemos vivido experiencias unitarias
muy satisfactorias, que marcan el camino
a seguir para reconstruir una
red de organizaciones de perfiles
muy diversos que vayan desarrollando
relaciones de confianza basadas
en la acción común, en la voluntad
de entendimiento, en el respeto a las
relaciones democráticas y en el reconocimiento
mutuo del compromiso
anticapitalista. El objetivo fundamental
de la izquierda anticapitalista
debe ser, por encima de cualquier
otro, fortalecer esa red.
Si todas estas luchas han sido ignoradas por los distintos gobiernos y partidos del poder tampoco podemos decir que hayan estado muy presentes en la agenda de Izquierda Unida. Esta fuerza política está tan lejos de los conflictos sociales que ni siquiera apoya a sus propios militantes cuando participan en ellos, si no aparece directamente en frente de los que resisten, como en Catalunya, donde forma parte de un Gobierno que privatiza servicios públicos y tolera los despidos de cientos de trabajadores en empresas con beneficios. Hace ya muchos años que IU no es un referente político identificado con los movimientos sociales críticos, susceptible de mantener con ellos relaciones de independencia, debate y cooperación.
Sin resignarse
Por el camino de sus batallas internas,
que en muchos casos sólo encubren
una cruenta pelea por ver
quién dirige el barco, IU ha perdido
toda credibilidad para cumplir ese
papel y hasta para luchar seriamente
por su propio programa. No hay
duda de que, tras las próximas elecciones,
vendería el programa entero
a cambio de un Ministerio. Pero, lejos
de alegrarnos por esta deriva imparable
hacia el electoralismo y la
“respetabilidad institucional”, pensamos
que la falta de un referente
político es un obstáculo importante
para el desarrollo y fortalecimiento
de luchas y movimientos y, sobre todo,
para la extensión de la influencia
social de las ideas y las propuestas
críticas con el capitalismo. Creemos
que la resignación con que muchas
veces es tratada por parte de
activistas sociales la inexistencia de
este referente es un notable inconveniente
que debilita las luchas por
los objetivos que compartimos.
Construir un referente político leal con los movimientos sociales, formado por militantes activos en ellos y que trabajen por mantener su confianza, sin autoproclamarse sus representantes, como los que existen ya en Portugal o Francia, es un objetivo muy difícil. Ha habido graves fracasos en el pasado, como fue la experiencia de los Verdes alemanes, y en el presente, como acaba de ocurrir con Rifondazione en Italia. Pero nuestras dificultades, presentes y futuras, para un proceso de convergencia entre corrientes políticas y sociales de la izquierda alternativa no deberían paralizar los intentos por llevarlo adelante.
Acabar con el ritual
Este problema tiene también un reflejo
electoral: el yugo político de tener
que optar, elección tras elección,
por el “mal menor” se está convirtiendo
en un ritual que, en nuestra
opinión, deberíamos pensar conjuntamente
en cómo revertirlo en algún
momento. Sabemos que los temas
electorales son frecuentemente causa
de división entre la izquierda alternativa.
No haremos nada que pueda dividir lo que tanto esfuerzo nos está costando unir. Pero no queremos ocultar lo que pensamos sobre las condiciones para una intervención política en procesos electorales y, si llega el caso, en las instituciones de la democracia parlamentaria. Ésta tendría que estar subordinada a las demandas de las luchas sociales, debería rendir cuentas ante los movimientos y tendría que evitar a toda costa los riesgos de profesionalización y de la adaptación a las reglas del juego y las presiones institucionales. Y, sobre todo, este proceso tendría que ser abordado con ritmos adecuados que puedan ser comunes, con prudencia, con capacidad de autocrítica de nuestras propias trayectorias, y con mucho respeto e interés por las ideas de cada cual.
En nuestras manos
Pero, más allá de esta reflexión,
creemos que lo fundamental es proponerse
un plan de trabajo común
a medio plazo, que pueda incluir
distintos tipos de acciones (campañas,
iniciativas de solidaridad, foros,
medios de comunicación, etc.).
Lo más complicado no será encontrar
unos acuerdos políticos básicos,
sino la capacidad de convivir
con desacuerdos, reconociéndolos,
debatiéndolos, pero sin dejar que
nos impidan seguir trabajando y
pensando juntos.
La lucha contra el capitalismo sigue estando a contracorriente. Pero van surgiendo por todas partes signos de esperanza. Otras veces, al cabo de un tiempo, se debilitaron. Ahora está en nuestras manos que se extiendan y enraícen.