Michel Warschawski
Después de la masacre de Gaza, un atentado de Hamas contra una escuela de integristas religiosos en Jerusalem-Oeste ha provocado 8 muertos el pasado 6 de marzo. El gobierno Israelí y los EEUU han inmediatamente presionado a la Autoridad Palestina.
Después de 4 años de calma, Jerusalem- Oeste ha sido escenario de un nuevo atentado que, con toda probabilidad, abre el camino a otras operaciones de este tipo. Este atentado sólo ha sorprendido a los que se niegan a entender que la masacre de Gaza de hace más de un mes ha puesto fin a una situación muy particular, en la cual la mayoría del movimiento nacional Palestino aceptaba una tregua unilateral, con el fin de dejar al presidente Mahmoud Abbas los medios para poner en funcionamiento su política de negociación con el gobierno israelí.
El ataque del Merkaz Harav ha sido una respuesta casi inevitable al asesinato de más de 120 palestinos, civiles en su mayoría, a manos de las fuerzas armadas israelíes, y el anuncio, por parte de los palestinos, que esas muertes serían vengadas. Contrariamente a lo que repiten sin cesar los medios, el lugar escogido no es un simple “colegio de rabinos”, sino el centro ideológico de la colonización y de la “Gran Israel”, la escuela de formación de los dirigentes los más extremistas y los más violentos de los colonos, la “Madrasa” de los talibanes judíos. Desde hace 41 años. Dejemos entonces de acusar a “los” palestinos de cometer masacres en lugares de estudios inocentes.
Algunos comentaristas y varios políticos israelíes no han tardado en ver en el atentado del Merkaz Harav el principio de una “tercera intifada”. Este análisis parece cuanto menos prematuro, ya que la crisis que atraviesa el movimiento nacional en los territorios ocupados está lejos de ser solventada. Sin embargo, no hay lugar a dudas que, con la masacre de Gaza, entramos en un nuevo ciclo, dónde la violencia ya no será unilateral.
La respuesta al ataque de Jerusalem será extremadamente sangrienta, de eso no cabe duda y, cuando sabemos lo que representa el Merkaz Harav para los colonos y la extrema derecha israelí, tenemos razones suficientes para temer una operación “privada”, llevada a cabo por algunos extremistas cercanos a esa institución. En varias ocasiones, han demostrado que no dudan en “hacer justicia” ellos mismos, sin esperar las represalias del Estado.
Después de la masacre de Gaza, el presidente Abbas había anunciado el “bloqueo provisional” de las negociaciones con Ehud Olmert. Era lo mínimo que podía hacer, pero ya era demasiado para la secretaria de Estado americana, Condoleezza Rice, quién, durante una visita en Oriente Próximo, le pedió que retomara inmediatamente las relaciones con el primer ministro israelí. Lo que no tardaría en hacer. “El proceso de paz va a reactivarse próximamente”, ha anunciado, sin temer al ridículo. Y es que de qué “proceso de paz” habla el presidente palestino, mientras que su “amigo” Ehud Olmert, declara regularmente a los medios israelíes que no tiene ninguna intención de desmantelar la más mínima colonia y que, de todos modos, le compite en primer lugar al presidente palestino tomar las medidas de seguridad que permitirán ir hacia delante. Esto parece de película: después de haber constituido una nueva fuerza de policía totalmente entrenada y controlada por los EEUU y su “procónsul” instalado en Ramallah, después de haber reprimido a Hamas y encarcelado a la mayor parte de su dirección, incluidos sus electos, se le exige a Mahmoud Abbas “tomar medidas contra el terrorismo” para obtener, a lo mejor, lo que los Israelíes se habían comprometido a hacer hace ya tres años… a cambio, precisamente, de las “medidas antiterroristas” tomadas en esa época por la Autoridad palestina.
La idea, típicamente colonial, según la cual la represión sangrienta de Gaza va a debilitar a Hamas y volver a dar a Fatah el poder que perdió en Gaza- y, en un amplio sentido, en Cisjordania también- va a volverse como si de un boomerang se tratase: Hamas saldrá reforzado y Mahmoud Abbas va a perder la poca legitimidad popular que éste aún conserva. Lo que deja pensar que el ciclo “violencia-contra violencia” está lejos de acabar.




















