
Contra la privatización de los servicios públicos (Sanidad, Educación, Servicios Sociales, Agua, Televisión, Correos, Polideportivos, etc …)
Día 3 de diciembre, a las 18 horas. Desde la Plaza de la Villa a Sol
Nuria Álvarez*
Crónica número 4. Jueves 20 de marzo
Hoy hemos ido a Rabuni para visitar la radio y el hospital nacional. Rabuni es la capital administrativa de los campamentos de Tinduf, y aquí se encuentran también el protocolo general (donde se quedan los invitados que no se alojan con las familias) y los ministerios de la RASD (República Arabe Saharaui Democrática). Como todos los demás asentamientos, lleva el nombre de una ciudad de los territorios ocupados.
Visitamos primero la sede de la radio saharaui, que empezó a emitir en 1975. La radio saharaui se escucha en los campamentos de refugiados, en los territorios ocupados y también por internet (http://web.jet.es/rasd/radionacional.htm#). La emisión comienza a las seis de la tarde; a las doce de la noche termina la programación en árabe hassanía y comienza la programación en español, que dura una hora. En este momento están poniendo una canción del grupo Estrella Polisaria, que nosotros ya casi nos hemos aprendido: “Libre, queremos un Sáhara libre...”. La radio es hoy en día el principal medio de comunicación saharaui, en un momento en que la televisión saharaui aún no emite en directo y sólo existe acceso a internet en los campamentos del 27 de febrero y Rabuni.
Tras la visita en grupos caminamos bajo el sol hacia el hospital nacional de Rabuni, al que llevan a los enfermos a los que no se puede atender en los dispensarios de las dairas o en los hospitales regionales que están en las wilayas. En este hospital conocemos a Juani, doctora de Santiago de Cuba que lleva ya once meses en los campamentos. “En el hospital nacional somos siete los médicos cubanos de distintas especialidades que estamos aquí con el programa de solidaridad”, nos cuenta. “Venimos por dos años y podemos pedir otro destino si no nos gusta, pero al final uno se siente tan de este pueblo. Yo ya no me quiero ir”. Además de médicos cubanos, el hospital se mantiene con donaciones españolas de medicamentos, y según Juani “hay recursos como para salvar una vida humana, y eso aquí, en el desierto, no es poco”. No podemos hablar mucho más con ella porque una chica española de nuestro viaje se ha puesto enferma y se la lleva para atenderla. En este lugar en medio del desierto, olvidado por la comunidad internacional, Cuba se encuentra por todos lados. No sólo en Juani sino en todos los médicos y profesionales saharauis que se han formado allí, en su manera de reir y de bailar, de cantar, en los chistes que se cuentan. Y al cabo de unos días, uno puede tener la extraña sensación de encontrarse en la Habana.
Visitamos después la base de transporte para la distribución de ayuda humanitaria, financiada por la AECI y el Ministerio de Asuntos Exteriores y ejecutada por la ONG vasca ATSF y la República Árabe Saharaui Democrática. En la base de transporte hay un retrato de Dadi Mohammed Husain (1938-1976), militante del Polisario desde 1974 –cuando aún se luchaba contra la colonización española- y jefe de compañía desde 1975. El 26 de octubre de 1976 Dadi murió en la batalla de Guelta Zamur. La guerra que comenzó con la invasión marroquí y mauritana en 1975 duró dieciséis años y dejó pocos hombres en los campamentos de refugiados. Hace seis años me chocó especialmente esa falta de hombres de más de treinta años. Hoy quizás se nota algo menos, porque hay muchos jóvenes. Jóvenes que soportan mal la larga espera de un referéndum siempre pospuesto, que no están dispuestos a seguir esperando siempre y siguen con entusiasmo las noticias de la intifada en los territorios ocupados. Como cantan en la radio, “los saharauis, nuestro anhelo de libertad...”.
Volvemos a comer a Smara y por la tarde tenemos un encuentro con el jefe de la daira (distrito) de Tifariti, que de nuevo quiere darnos las gracias por nuestra iniciativa de venir a manifestarnos contra el muro. Además dice que habría que llevar a la justicia a Hassan II y su hijo, a sus cómplices y también al gobierno español, y aplaudimos. Al acabar vamos andando hasta el protocolo –ayuntamiento-, para asistir a un encuentro con la representante de la Unión de mujeres de Smara. He quedado con Alí, del Polisario, que me lleva en jeep a visitar a mi antigua familia, que vive en Auser, así que me pierdo el encuentro con las mujeres. Tantos años pensando en aquella familia que no me puedo hacer a la idea de que les voy a volver a ver. Llegamos, vamos preguntando y enseñando las fotos, y enseguida nos llevan hasta la jaima. Bajo una débil luz de neón al principio no reconozco a Aisha, que ha engordado, y aún menos a Nguía que era una niña de 14 años con la que hicimos una guerra de almohadas, y ahora tiene un bebé. Pero señalan en las fotos, y les voy reconociendo, y me siento como esos saharauis que vuelven de Cuba al cabo de tantos años sin ver a su familia. Tratamos de explicarnos, Alí traduce, y les leo la carta que traigo de mis compañeros de aquel viaje. El tiempo se acaba y no he podido ver a Hamdi, que ahora trabaja en el teletaxi, ni al padre de Nguía que tiene bronquitis. Nos intercambiamos los números de móvil, les doy los regalos que he traído, nos tenemos que ir ya pero Nguía y Aisha afirman que vendrán mañana a darme unos regalos. Me despido llorando de Fatima, no sé cuándo volveré a verla, pero esta vez al menos quedaremos en contacto. En el viaje de vuelta, Alí recoge a la salida de la wilaya a un hombre que va también a Smara, porque aquí los coches se comparten. Alí va bromeando conmigo para sacarme de mi mundo, “cuando te vi llorar quise darte un caramelo, pero no llevaba ninguno encima”. Nos reímos, el otro pasajero también. Con las bromas y como ya ha anochecido, Alí se pierde un poco por los caminos del desierto, pero luego retrocede y finalmente conseguimos llegar a Smara.
Allí el encuentro de las mujeres ha terminado con un concierto, el grupo de Estrella Polisaria canta una canción, las mujeres animan con su manera de ulular y los españoles damos palmas y bailamos.
*Redacción - Presentamos en diferido las crónicas de una de las participantes en la Columna de los 1000, una columna humana de solidaridad con el pueblo saharaui, que denunció en los pasados días el muro que mantiene dividido a este pueblo.
















