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Inmigración: por una política activa más allá del muro del sentido común

Publicado el 08/04/2008 - 09:24

Marco Revelli / sinpermiso.info [1]

Permisos de residencia subordinados a un trabajo estable cuando la flexibilidad es la regla dominante. "Inmigración: hace más ruido el árbol que cae que el bosque que crece", Marco Revelli reseña la crítica de la política inmigratoria en un ensayo de Paolo Ferrero publicado en el sello editorial Claudiana.

Paolo Ferrero dice cosas muy concretas en este libro "hablado", coloquial, construído en forma de diálogo con Angela Scarparo, escritora e interlocutora no "neutral" (Inmigración: hace más ruido el árbol que cae que el bosque que crece, introducción de Luigi Ciotti, Claudiana, 126 páginas, 9 euros). Cosas precisas, moderadas y documentadas, racionales y también de sentido común, con permiso de cuantos discursean sobre el extremismo y el maximalismo de la llamada "izquierda radical".

Dice, por ejemplo, que la emigración no es en absoluto un fenómeno salvaje e intempestivo. Que, por el contrario, sigue reglas precisas y posee una racionalidad propia e intrínseca, muy parecida a la del mercado: que sus flujos siguen la lógica de la demografía y de la ciencia económica. Que va allá donde la tasa de fertilidad desciende por debajo de los límites fisiológicos y la demanda de trabajo sirve de atracción, que atrae selectivamente lo que se necesita, como en nuestro norte, en donde se concentran los flujos migratorios más intensos (y en donde, precisamente, la tasa de fertilidad ha descendido por debajo de cualquier umbral fisiológico capaz de garantizar "el equilibrio de la población"). Dice, en sustancia, que "los inmigrantes llegan porque se necesita trabajo": un hecho banal, si se quiere. Pero casi siempre ignorado.

Trabajos inciertos y móviles

Dice también que los trabajos en los que se colocan los inmigrantes no son solamente aquellos que no encuentran aquí brazos y cuerpos dispuestos a hacerlos; sino que son más parecidos a los de nuestros abuelos (prefordistas, por decirlo así, y "des-regulados") que a los de nuestros padres (fordistas y "regulados"): trabajos situados en los estratos bajos de la división social del trabajo, ultraflexibles en la época de la flexibilidad como regla. Móviles e inciertos en la época de la movilidad y de la icertidumbre. Los más móviles y los más inciertos: el cuidado de las personas, la construcción, la cosecha estacional, la industria diseminada del nordeste. Y que por lo tanto es irracional –sadismo social, más bien— pretender, como hace la ley Bossi-Fini y como piensa también una gran parte de la llamada "izquierda moderada", que el derecho de residencia dependa de la posesión de un trabajo estable; la capacidad de existir, de la disponibilidad de la renta, cuya carencia y cuya búsqueda está en el origen de la emigración.

También dice que leyes y actitudes como éstas tienen como único resultado el perverso y negativo para todos (no sólo para las víctimas directas, los inmigrantes, sino también para nosotros, buenos ciudadanos bien nacidos) de hacer aumentar desmesuradamente el área de la clandestinidad y de la ilegalidad. De producir a largo plazo, y con medios públicos, "estatales", masas crecientes de "fuera de la ley". De transformar decenas de millares de personas de bien, trabajadores en negro u hombres y mujeres en busca de trabajo, en "delincuentes". De hacer del Estado un enemigo, una entidad hostil de la que guardarse; y de la criminalidad organizada, de la mala vida, en cambio, un posible "benefactor", una "institución" de última instancia, la única "disponible" para responder a la desesperación por parte de quien está con la espalda contra el muro y no dispone sino de la propia y nuda vida, con extrema necesidad de salvarla. Un ejemplo extraordinario de mundo al revés. Y de estupidez política y civil.

Dicho por un ministro no es poca cosa. Y añade también Ferrero, datos en la mano, que la mayor parte de los inmigrantes viene para quedarse. O, de todos modos, que una vez llegados, se quedan. No todos, ciertamente (los flujos procedentes del Este europeo tinen mayor reversibilidad, o son más fluctuantes). Pero sí la mayor parte: recuerdan más el caso de los italianos (millones, más de veinticinco en el transcurso de la primera mitad del siglo pasado) que emigraron hacia las Américas y se establecieron allí, que a los que pasaron a Francia o a Bélgica.

La obsesión de la seguridad

Razones, estas, que hacen que el punto fundamental de toda la cuestión "migratoria", más que el de las "políticas de ingreso" –en las que está centrada casi exclusivamente la atención del grueso de la opinión pública, de la política y de los medios de comunicación— sea el atinente a las "políticas sociales de inclusión" y, en este terreno, a la "capacidad de desarrollar un bienestar que abarque a toda la población residente en Italia".

La dramatización de la cuestión de las "politicas de ingreso", la obsesión por el "control de los flujos", la reducción de la cuestión migratoria a cuestiones de fronteras, tiene, por el contrario, como resultado principal –además de su inevitabel fracaso– un coste humano inaceptable. Lo que Ferrero llama una "carnicería intolerable": la matanza de los inocentes repetida desde hace ya años en nuestro canal de Sicilia, hoy, en el canal de Otranto, hasta ayer. La goteo cotidiano de los que no pueden, para quienes el viaje termina en medio del mar; los náufragos sin nombre y sin traza con los que convivimos y que ni siquiera son noticia. "Las llegadas a Lampedusa –escribe Ferrero– constituen un problema humanitario dramático que habla del fracaso de las políticas de inmigración y de asilo llevadas a cabo hasta ahora". El naufragio de los que no han podido llegar a Lampedusa declara, a su vez, el precio feroz, intolerable, que, por lo demás, nuestros prejucios y nuestros errores hacen pagar a los demás.

Basta echar una ojeada a la Europa Fortaleza, el emplazamiento que levanta día a día el censo de estas víctimas anónimas de los viajes de la esperanza, sumidas en el fondo del mar o enterradas en esos cementerios con lápidas ágrafas que bordean la costa sur del Mediterráneo, en Libia, en Marruecos, en Argelia, de los que habla el espléndido libro Mamadou va a morir de Gabriele Del Grande. El libro de nuestras culpas y de nuestro culpable alejamiento: el agujero negro de nuestra conciencia, el sinsentido de cualquier retórica del "Se pude hacer" y de cualquier autocomplacencia con nuestra "normalidad". También esto es mérito, y no secundario, del libro: mostrar los grávidos costes, éticos, pero también prácticos, económicos (para sensibilidades reducidas al argumento de los números y al balance coste/beneficio), del prejuicio. De los errores de perspectiva y de prospectiva nacidos de una aproximación "emotiva", superficial y "mediática", más hijos del ansia de complacer a un público excitado por pulsiones de inseguridad y por confusas y agresivas demandas de protección que derivados de la búsqueda racional de soluciones eficaces.

Basta pensar que –como recuerda Luigi Ciotti en su hermosa y densa introducción– en 2004 de los algo menos de 150 millones de euros destinados al problema de la inmigración, unos buenos 115 se han empleado en actividades (en buena medida inútiles) de contraste, y sólo 29 en proyectos de integración (los que verdaderamente habrían podido tener consecuencias mínimamente profundas en la reducción de los comportamientos desviados). Y que en el presupuesto de 2006, "de los 155 millones destinados al capítulo 'inmigrantes y prófugos', 122 fueron a parar a los CPT", los célebres Centros de detención para inmigrantes, y apenas una quinta parte de ese dinero, a intervenciones "sociales". Sólo en 2007 –sobretodo gracias a Paolo Ferrero en su papel ministerial— se introdujo en el presupuesto (el mismo que preveía más de 1000 millones para las misiones en el extranjero) un fondo de 150 millones de euros para la inclusión de los inmigrantes en el siguiente trienio.

Ineficacia de la política

Lo que dice mucho de la "fatiga de la política". O de su actual "ineficacia". De las dificultades extremas y de la desmesurada cantidad de energía necesaria para mover unos pocos metros o aun centímetros la montaña del sentido común negativo en el sentido de soluciones humanamente aceptables y fundadas racionalmente, cerrando el camino a las falsas (pero seductoras) soluciones; a las retóricas ilusorias; a las prácticas cada vez más difundidas de secundar los peores sentimientos mientras resulte ello rentable, en términos de consenso, en un mundo, diseñado por los medios y explotado por los "empresarios del miedo", en el que "el único emigrante que ves, es el que delinque", como le gusta repetir, polémicamente, a Ferrero. Y en el que "la única empresa política que rinde, es la de atacar a los clandestinos" (o a los mendigos, o a los limpiaparabrisas, o los gitanos, podríamos añadir). Un mundo en el que, como reza el título, "hace más ruido el árbol que cae que el bosque que crece".

06/04/08


* Marco Revelli, antiguo militante del autonomismo obrero italiano y celebrado estudioso del fordismo y el postfordismo, es profesor de ciencia política en la Universidad de Turín. Sus dos últimos libros más debatidos son La sinistra sociale (una investigación muy importante sobre el tránsito del capitalismo fordista al postfordista y la evolución de las bases sociales de la izquierda) y Más allá del siglo XX (traducido al castellano y publicado por la editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2003).
 
** Traducción para www.sinpermiso.info: Anna Garriga Tarrés

 


Fuente:
http://www.espacioalternativo.org/node/2740