Editorial
La llama de la crisis económica, encendida en el polvorín financiero de los EEUU, se extiende por el orbe globalizado. A su paso ha encontrado el reseco terreno de la economía española, convertida en los últimos decenios en modelo y paradigma de la especulación inmobiliaria, de la destrucción sin freno del territorio y del derroche energético. Los "gurús" del Fondo Monetario Internacional discuten ahora con un nigromante vicepresidente, llamado Pedro Solbes, con cuanta intensidad golpeará la recesión al estado español. Se hacen cálculos sobre los puntos de retroceso en el crecimiento previsto... ¿serán más o serán menos? Se valoran los términos temporales del molesto evento económico... ¿durará un año, durará tres o durará diez?. Pero nadie pone en duda que la crisis ha llegado, para regolfar por estos lares durante un tiempo...
Crisis significa para la gente trabajadora penuria, dificultades para llegar a final de mes, una cesta de la compra que ya no puede llenarse como antes, mensualidades de hipotecas que se vuelven asfixiantes, paro para muchas personas... Todo esto ya ha llegado, las nubes cargadas y negras se ciernen sobre nuestro, faltándonos por saber hasta que punto la tormenta será fuerte y hasta dónde subirá el agua al inundarnos.
Nada de lo que ha sucedido hasta ahora era inevitable. Las hipotecas "subprime" o hipotecas de alto riesgo o hipotecas de alto interés, detonantes norteamericanos de la actual crisis mundial, no son nada parecido a las gigantes olas de un tsunami, a la lava roja de un volcán en erupción, a los vientos demoledores de un huracán de máxima potencia... Se trata de simples instrumentos financieros, totalmente artificiales, diseñados fundamentalmente para enriquecer de manera fácil a sus "habilidosos" creadores. Su impago no supone catástrofe alguna, a no ser que se considere tal el que una clase de parásitos especuladores deje de enriquecerse. Pero esto... justamente esto... es lo que ni el capitalismo, ni el neoliberalismo pueden permitir.
Nos hallamos una vez más ante una crisis capitalista, en la cual lo que está en juego es ni más ni menos que la continuidad del enriquecimiento de las clases poseedoras, burguesas y financieras. Y lo mismo sucede en el estado español, donde la crisis inmobiliaria se produce con 600.000 viviendas que no encuentran compradores, cuando una buena parte de la clase trabajadora y de la gente joven carece de casa propia.
Para que tan absurdas situaciones como la descrita no redunden en perjuicio de los que las han creado, tenemos la crisis. Durante ella, con el argumento de la crisis misma y de la parálisis productiva, se pretenderá conseguir que la clase trabajadora pague una vez más los platos rotos y se apriete el cinturón para que los capitalistas y grandes empresarios puedan continuar llevándolo suelto. Pero se trata de una falacia, de un engaño, de una ilusión creada por magos malintencionados y como tal debería ser considerada y rechazada.
Emergiendo de las aguas estancadas del reflujo que ha tenido lugar durante el primer gobierno del PSOE, se han empezado a producir una serie de luchas basadas en reivindicaciones de tipo social y laboral. Delphi en Cadiz, trabajadores de la limpieza del Metro de Madrid, SEAT, FRAPE y la victoriosa TMB en Catalunya, EMT, conductores de metro y bomberos en el País Valencià, funcionarios de Justicia a escala estatal, maestros y profesores en el País Valencià y en Catalunya... Una parte de estas luchas se han saldado con victorias. Algunas de ellas han sido parciales, pero otras, como en el caso de TMB, se pueden considerar como victorias plenas de la clase trabajadora.
Estas resistencias, cuyos resultados positivos empiezan a ser evidentes, muestran el camino a seguir ante la crisis que se pretende descargar sobre espaldas obreras y asalariadas. Recuperan métodos de lucha, de debate y de participación asamblearia, de propaganda y de extensión, que se han pretendido caducos ante el sindicalismo pactista y claudicante que ha imperado en los últimos decenios. Pero son justamente estos procedimientos y métodos los únicos que pueden hacer frente a la agresividad capitalista de los tiempos de crisis. Es así de sencillo, puesto que la crisis la provocan los capitalistas y su irracional sistema económico, ¡Que la paguen ellos!




















