Pierre Rousset
Algunas gentes de izquierda rechazan solidarizarse con el Tibet, por miedo a hacerle el juego a los EEUU contra China. Otras personas, de derechas, llaman a manifestarse contra los 59 años de ocupación del país por China y a denunciar la dictadura «comunista». Esas dos posiciones, «espejo» la una de la otra, tienen muy poco en cuenta la historia: la «cuestión tibetana» se ha planteado en contextos muy diferentes en función de los periodos.
Las relaciones (muy cambiantes) de soberanía feudal entre China y el Tibet se remontan a un pasado lejano, anterior incluso al momento en que el país logró su independencia, en 1911. Pero, limitándonos al periodo contemporáneo, después de la victoria de la Revolución China (1949), la cuestión de la autodeterminación ha estado inevitablemente ligada a los conflictos de la época. ¿Podía el impacto de esta revolución favorecer una movilización de los campesinos tibetanos contra la dura explotación ejercida, también, por la vía del clero y de los monasterios? ¿Quién podía entonces hablar en nombre del pueblo? ¿ Podía el Tibet ser utilizado como un punto de apoyo por el imperialismo? Esos años son los de la guerra de Corea, de la esclada militar en Indochina, del armamento de Taiwan, de la construcción de las bases americanas en la región, de la demostración de fuerza sino-india en el Himalaya… Para evitar la apertura de un nuevo frente, el Partido comunista chino (PCC) concluyó, en 1951, un acuerdo con las clases dominantes, el clero budista y el Dalaï-Lama. Este compromiso se rompió posteriormente, siendo la mimsma CIA la que armó la insurrección antichina, en 1957-1959. La confrontación entre revolución y contra revolución se producía en toda la región. ¿Cómo olvidarlo?
En su programa de los años 1930, el PCC reconocía el derecho a la autodeterminación de los Tibetanos. Pero ese principio internacionalista fue olvidado, después de la victoria, a causa del ascenso de la burocracia y del nacionalismo «Gran Han» (los Han constituyen la étnia mayoritaria China). Pronto, en el Tibet, el ejército rojo fue percibido como una fuerza de occupación. Para Pekín, la importancia de ese país se basaba ante todo en consideraciones ideológicas (nacionalistas), en su posición geoestratégica y en sus recursos naturales (agua, minerales, bosques…). A pesar de la existencia de reformas que pudieron beneficiar a los campesinos, el pueblo tibetano fue sometido a una opresión nacional específica. Las movilizaciones de 1987-1990 fueron violentement reprimidas. El derecho a la autodetreminación se oponía entonces claramente al orden burocrático.
¿Sigue siendo así hoy? El desarrollo del capitalismo en curso en China no ha ayudado a resolver la cuestión nacional, muy al contrario. Asistimos a un proceso muy clásico de colonización por asentamientos: los tibetanos se han convertido en minoritarios en su propio país, estando amenazados de marginalización o de asimilación forzada. El «desarrollo» del país se realiza ahora mediante normas capitalistas y faltan soluciones para una situación que es tan confusa y difícil como la de Sri Lanka o la del sur de Filipinas. El derecho a la autodeterminación resulta en estos momentos un obstáculo tanto para la nueva burguesía china, como para las empresas transnacionales intersadas en las riquezas del país, como para la vieja burocracia en plena mutación. ¿Qué sentido tiene, en estas circunstancias, hablar aún de «comunismo»?
Es muy difícil, para un no especialista, analizar la situación del Tibet. ¿Qué es lo que habría sido posible en 1950? ¿En qué se ha convertido hoy la sociedad tibetana? ¿Qué reivindicaciones responden mejor a la situación presente? Son éstas preguntas muy importantes, pero aún sin respuesta conocida para el autor de este artículo. Pero no hace falta responder a todas ellas para entender que es preciso defender el derecho a la autodeterminación del Tibet: es al pueblo tibetano a quien corresponde tomar libremente sus decisiones.




















