Un intercambio de correspondencia entre Raoul Marc Jennar y Daniel Bensaïd. [Publicamos la carta que Raoul Marc Jennar dirigió a Daniel Bensaid a propósito de la entrevista aparecida en Lignes «Hacia la construcción de un nuevo partido anticapitalista [1]».]
Carta de Raoul Marc Jennar a Daniel Bensaïd
Buenos días,
Permítame presentarme en cualquier caso sobre lo que puede servirle a aclarar lo que sigue. Soy lo que se ha convenido en llamar hoy un “altermundialista”. A mis ojos, esto significa alguien que ha tomado conciencia de tres recientes evoluciones:
a) el capitalismo mundializado extiende su dominio a través de las instituciones a-democráticas que imponen directamente sus decisiones a los estados: Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial del Comercio (OMC), Unión Europea;
b) estas decisiones que afectan nuestras vidas son tomadas en esos ámbitos por indicaciones de los lobbies y con la participación activa de los gobiernos de los estados miembros; lo que significa que lo esencial de las decisiones tomadas por nuestros gobiernos se reducen a la transposición en el orden nacional de decisiones tomadas en otras partes con su complicidad. Un ejemplo espectacular es el Acuerdo General sobre el Comercio de los Servicios (AGCS) de la OMC del que la directiva Bolkestein es una transposición europea y del que la liberalización de las actividades de servicios en cada estado proporciona su aplicación última. Se podrían multiplicar así los ejemplos y constatar que en cada ocasión se repite este sistema de muñecas rusas.
c) el capitalismo destruye vidas y destruye la vida. Las lógicas de la ganancia y de la acumulación tienen efectos a la vez en las condiciones de vida y de trabajo de las personas, pero también sobre la supervivencia de las especies, incluida la especie humana, y sobre el marco de vida global. He observado en las redes internacionales, desde el combate contra el Acuerdo Multilateral sobre la Inversión (1997-1998), verdadero acontecimiento fundador del altermundialismo, que militantes venido cada cual con su sensibilidad (justicia social, derechos humanos, ecología, protección de la salud, puesta en cuestión del crecimiento, rechazo de lo nuclear, acceso a los medicamentos esenciales, protección de lo viviente contra su apropiación mediante patentes, etc.) han descubierto poco a poco que tenían un mismo enemigo común: el capitalismo. Incluso si las respuestas que aportan son variadas, hay que constatar hoy que las sensibilidades sociales y ecológicas se reúnen en la constatación.
Ciertamente, muchos se dicen hoy altermundialistas e ignoran todo, por ejemplo, del ADPIC, de la directiva europea 98/44 y de su legislación nacional sobre los medicamentos genéricos. En su mayor parte, decirse altermundialista significa recusar el mundo tal como va y proponer una o varias alternativas. Incluso así simplificada, la etiqueta continúa conviniéndome.
Le escribo como consecuencia de la entrevista que Vd ha concedido a la revista Lignes sobre el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA)/1. Quería por medio de esta carta intentar entablar un intercambio de opiniones positivo tomando su artículo como punto de partida. Si este intercambio puede contribuir a alimentar el debate sobre la creación de un nuevo sujeto político, creo que no habremos perdido nuestro tiempo.
Expresaré un primer punto de acuerdo con lo que expresa cuando indica de entrada que “la implosión de la Unión Soviética no ha dado a luz un escenario de relanzamiento de un socialismo democrático”. Añadiré por mi parte que la socialdemocracia no solo no ha retomado el papel histórico que hubiera debido ser el suyo tras Jaurés con vistas a una transformación progresiva del capitalismo hasta su superación, sino que al contrario ha ejercido un papel decisivo en la evolución del capitalismo hacia las formas que le caracterizan hoy. No se puede olvidar que son actores políticos que se reclamaban del socialismo los que hicieron adoptar la ley de desreglamentación financiera, el Acta única europea que permite reemplazar la armonización por la puesta en competencia, el tratado de Maastricht que consagra, hecho único en la historia, la independencia absoluta del banco emisor de la moneda respecto al poder surgido de la voluntad popular, que prohibe a los poderes públicos tomar prestado en este banco emisor imponiendo así el recurso a un endeudamiento costoso destructor de la capacidad de acción del poder público y que integra en el espacio europeo las disposiciones del AGCS discutidas en el mismo momento. Son igualmente actores políticos con la etiqueta socialista los que han tomado decisiones, en las cumbres europeas de Lisboa (2000), y luego de Barcelona (2002), haciendo posible las privatizaciones decididas desde entonces por la derecha. Se ha visto el apoyo del PS al tratado estableciendo una constitución para Europa y luego al tratado de Lisboa cuya entrada en vigor prohibirá todo control de la especulación financiera. Que la dirección del PS se felicite hoy de contar entre sus miembros al director general de la OMC y al director general del FMI dice mucho sobre la deriva derechista del socialismo.
Querría añadir a sus declaraciones sobre reforma y revolución que se pueden conciliar los dos términos si la sucesión de las reformas conduce a una transformación radical del sistema tal que se convierte en revolucionaria. Es así como Jaurés concebía la revolución y es así como creo que debemos llevar su ideal: provocar, por etapas sucesivas, transformaciones que conduzcan a ese otro mundo con el que sueña la inmensa mayoría de los habitantes del planeta. La revolución cesa así de aparecer como ese espantajo destinado a impedir todo cambio del orden establecido. Pero no es real más que si la perseverancia en transformar ese orden no decae. La historia de la socialdemocracia nos enseña que es ahí donde reside el peligro. Un proyecto así implica a partir de ahí el rechazo a toda concesión hacia quienes no quieren mantener la dirección.
Hay pues claramente dos izquierdas: una que ha renegado de sus valores e ideales, la otra que los afirma alto y fuerte pero, legado dramático de una desviación del movimiento obrero francés por el leninismo y sus consecuencias, mantiene una división que la reduce a la impotencia.
Esto me lleva a sellar una constatación común: no se puede esperar que la transformación social, la superación progresiva del capitalismo vengan del PS. Este no puede de forma alguna ser un socio en cuanto que su voluntad no es, -no es ya desde hace mucho tiempo- recusar el capitalismo como orden natural de las cosas.
Lo que nos conduce a la necesidad de construir una auténtica fuerza de izquierdas, democrática, reformista/revolucionaria y ecológica. Lo que fuerza a cerrar el paréntesis abierto por el leninismo, a recusar sus métodos (formulados en las 21 condiciones) y a emprender la construcción de un nuevo sujeto político, que recoja las lecciones del siglo XX y aborde los desafíos del siglo presente.
Lo que justifica las reflexiones que siguen como consecuencia de lo que Vd ha expuesto sobre el NPA.
De entrada, me inscribo en la única perspectiva aceptable para alguien que no es miembro de la LCR y que pretende acoger este proyecto con un espíritu de diálogo. El NPA no puede ser más que una superación de la LCR. Como indica Vd muy precisamente, es grande el riesgo de quedarse en “una simple ampliación, un cambio de look o una operación de autoproclamación y de comunicación”. Si fuera así -y nadie puede hoy prejuzgar el resultado final- sería un fracaso estrepitoso para la LCR, pero también, creo, para las esperanzas en la izquierda tan maltratada estos últimos años. Ciertamente, otros colocan sus esperanzas en otras tentativas, pero para el pueblo de izquierdas, un fracaso venga de donde venga es un fracaso que se añade a otros.
Es la razón por la que me hago preguntas sobre algunas de sus declaraciones.
1. Nada sobre la ecología.
Querría en primer lugar expresarle mi extrañeza ante el silencio ensordecedor de su entrevista sobre las cuestiones ligadas a la ecología. No se emplea ni siquiera una vez la palabra misma. Respeto el hecho de que coloque la cuestión social en el centro de sus preocupaciones. ¿Pero no son los más humildes, quienes menos tienen, los más explotados, las primeras víctimas de los estragos ecológicos causados por las lógicas del beneficio y de la acumulación?.
El agua que bebemos, el aire que respiramos, los alimentos que comemos que han permitido a la especie humana vivir y desarrollarse durante milenios, son hoy vectores de daños que afectan gravemente a la salud y en primer lugar la de los más modestos obligados a lo menos caro, es decir a lo más envenenado.
¿Quiénes son las primeras víctimas de las catástrofes naturales que se multiplican de forma exponencial como consecuencia del cambio climático?. No se le ha escapado que no solo en países como Bangladesh, sino también en una gran ciudad americana como Nueva Orleáns, son los más pobres los más afectados. Se habla ya de emigraciones ecológicas, como si tuviéramos que aceptar una fatalidad que no lo es, que es la consecuencia de un sistema elegido e impuesto.
¿Quién no ve que es en nombre de la ganancia como se ha disimulado -con las más altas autoridades científicas y médicas a la cabeza- anteriormente la nocividad del plomo, ayer la del amianto y hoy la de las OGM?. ¿Y que las víctimas de ello han sido siempre la gente que no tiene más que su trabajo para vivir, cuando no para sobrevivir?
¿Porqué piensa Vd que se silencia a centenares incluso miles de pequeños agricultores que se suicidan porque el recurso masivo al agro-business occidental a los pesticidas y la mundialización de los intercambios agrícolas no les permiten ya alimentar y hacer vivir a su familia?
¿Quién pues, piensa Vd, será la víctima de los residuos nucleares que enterramos sin preocuparnos por las futuras generaciones?.
¿Es concebible que tales cuestiones dejen totalmente indiferente al teórico de la LCR que es Vd?
El NPA será un fracaso si no concede una misma centralidad a la cuestión social y a la cuestión ecológica. Tienen el mismo origen y conciernen en primer lugar a las mismas personas.
2. El centralismo democrático.
Evocar como lo hace Vd el “centralismo democrático” resulta casi una provocación hacia quienes están interesados por la iniciativa de la LCR. El centralismo democrático tal como fue aplicado -y solo cuenta eso, pues no tenemos que hacer soberbias teorías que no encuentran su transcripción más que en la barbarie -significa en todos los casos la arbitrariedad. El centralismo es tan poco democrático como las democracias eran “populares”.
No tengo ningún problema en sostener la necesidad de reglas para garantizar el funcionamiento democrático de cualquier grupo organizado. Pero no puedo aceptar que se rechace toda reflexión sobre una profundización de los procedimientos democráticos con el motivo de que “todas las fórmulas que pretenden más flexibilidad informal se demuestran menos democráticas” como indica Vd. Como si la adulteración de la idea de participación por Ségolène Royal bastara para rechazar toda tentativa de reforzar la democracia. Como si las prácticas actuales constituyeran el horizonte insuperable de la democracia.
No soy de los que ponen en cuestión la pertinencia de los partidos políticos. Soy de quienes no están de acuerdo con la forma en que funcionan. Creo que los partidos políticos son consustanciales a la democracia. Cada vez que un espacio de libertad ha hecho posible el debate político, desde los tiempos más lejanos, los ciudadanos se han reagrupado por afinidades. Pero no comprendo que no se quiera poner en cuestión la forma, nacida hace más de cien años, cuando la educación no era aún obligatoria, en que funcionan hoy los partidos políticos. No comprendo que se encierren en una concepción muy limitada de la democracia, una concepción más inspirada por los modos de funcionamiento salidos de la tradición militar o eclesial.
¿Qué representa un comité local, departamental, regional o nacional respecto a los miembros, simpatizantes y electores, respecto al pueblo?. Estamos en el siglo XXI. Las exigencias de transparencia, de rendición de cuentas por parte de aquellos en quienes se ha delegado y de participación de la mayoría tienen una fuerza hoy como no la han tenido en el pasado.
Porque son consustanciales a la democracia, los partidos políticos son consustanciales a la crisis de la democracia. La cuestión es la de la delegación. Sabemos que estuvo en el centro de un debate mayor en el momento de la redacción de la constitución de 1793. Y que fue aceptada solo si cumplía dos condiciones: la revocabilidad de los electos y una prensa verdaderamente libre. Con razón, buen número de ciudadanos consideran que la democracia es desviada por la extensión de la delegación hasta el punto de que hoy son ejecutivos no elegidos directamente quienes poseen los poderes y los medios más grandes (ej: los ejecutivos supracomunales, el gobierno en la V República o también la Comisión europea).
¿Cómo se podría estar en el origen de una reflexión sobre la democracia si nosotros mismos estamos fijados en prácticas que reproducen los límites de la democracia tal como funciona hoy en Francia, uno de los países menos democráticos de Europa?
Ciertamente, y también lo defiendo, la preocupación de democracia no puede llevar a una desposesión de la capacidad de decidir, a la incursión de decisores que no se comprometen a nada. Estoy pues a favor de una organización que funcione con mujeres y hombres a quienes comprometan personalmente sus decisiones. Pero tenemos que reflexionar sobre la forma de satisfacer la necesidad de transparencia y de participación en la deliberación. Ya no hay vanguardia ilustrada, dirección que sabe y militantes que deben seguir ciegamente, otorgando su confianza, manipulados según tácticas decididas por las alturas. Eso se ha terminado. El siglo XX nos enseña que las corrientes políticas que han invocado con más frecuencia la emancipación son las que han tratado a sus afiliados como súbditos, que han erigido el secreto y a menudo la mentira en prácticas corrientes, que han manifestado una desconfianza casi sistemática hacia sus propios militantes.
Si se quiere que los militantes se conviertan en actores en su medio de vida, si se quiere que sean fuentes pertinentes de información para los simpatizantes y los electores, deben también estar tan completamente informados como aquellos a quienes han confiado momentáneamente poderes, deben ser advertidos del contenido y de los términos del debate que ha precedido a la decisión y de las razones de esa decisión en la que han debido participar.
La democracia no es una práctica fijada. Las limitaciones aportadas a la soberanía popular por la delegación deben adaptarse a las exigencias de quienes delegan. En una democracia, la función más importante es la de ciudadano. Lo que supone que éste dispone de los medios para actuar conscientemente, debidamente informado. La democracia ciudadana, es mucho más que la democracia de opinión que condeno igual que Vd.
El NPA será un fracaso si reproduce de forma idéntica los modos de funcionamiento actuales de los partidos en general y de la LCR en particular, si no se hace ningún esfuerzo para poner la delegación bajo control.
3. Los constituyentes del NPA
Escribe Vd que “tenemos que discutir con grupos locales del Partido comunista, con Alternativa libertaria, con la minoría de LO, etc.”. ¿Es todo? ¿Sólo eso?
Me parece que la gran masa de quienes deben contribuir a construir un nuevo sujeto político está resumida en ese “etc.” terriblemente reductor? ¿Piensa Vd que un objetivo así deba limitarse a los discípulos de Lenin y de Bakunin, por respetables que puedan ser esos discípulos?.
No se pude tomar a la ligera lo que Vd expresa. Va de sí que si todas y todos quienes están resumidos en su “etc.” no están en su espíritu más de lo que lo están en su expresión, no valdría la pena proseguir el diálogo. Me importa saber si una formulación tan reductora revela una intención real: en la creación del NPA, quienes no son ni comunistas ni anarquistas no serían sino un complemento irrisorio.
Me parece urgente precisar su pensamiento. E indicar en qué medida compromete a la LCR.
El NPA será un fracaso si no debe su existencia más que a la ampliación de la LCR a comunistas y anarquistas.
4. Las libertades fundamentales.
No ignoro su herencia y la lucha contra el despotismo burocrático que fue la de los suyos, pero me parece necesario recordar, no para expreser una divergencia, sino para subrayar posibles convergencias, hasta qué punto gente como yo amamos las libertades fundamentales como emergieron desde la Magna Carta a la Declaración Universal de los derechos humanos y los acuerdos internacionales que la precisan. Hemos demostrado conjuntamente que la “carta europea de derechos fundamentales” no podía en forma alguna satisfacernos porque ignoraba en gran medida los derechos colectivos indisociables de los derechos individuales.
Querría por mi parte subrayar cuatro libertades que me parecen, en el mundo tal como es hoy, merecer nuestra atención y nuestro compromiso:
la libertad de no vivir más en el miedo: demasiadas poblaciones, en todas las latitudes incluso entre nosotros, viven en el miedo: el miedo a las agresiones individuales, pero también el miedo al capataz (si, el siglo XIX continúa en muchas fábricas y talleres, clandestinos o no), el miedo a todas las formas de exclusión, el miedo a los agentes de seguridad privados o públicos, al peso del crimen organizado, a los poderosos del régimen. Este miedo es una realidad masiva tanto en muchos países occidentales como en muchos países llamados del Sur; es a menudo ignorado, pues es el menos visible. Impregna la vida de miles de millones de personas en nuestra tierra; constituye una agresión intolerable contra la dignidad que reside en cada ser humano;
la libertad de no vivir ya en la miseria: no creo tener que desarrollar este tema. La miseria priva a todo ser humano de la capacidad de ejercer todos los derechos que le son reconocidos. Y esta miseria, en un mundo que no ha producido jamás tantas riquezas, retrocede demasiado lentamente y golpea a capas numerosas de las poblaciones del Sur y del Norte;
la libertad de expresión: ninguna concesión puede ser tolerada en lo que concierne a esta libertad y quiero recordar la soberbia reacción de Rosa Luxemburg a la forma en que se desarrollaban los acontecimientos en la Rusia de Lenín: “la libertad, es en primer lugar la libertad de quien piensa de forma diferente”,
la libertad de culto, es decir a mis ojos , el laicismo, único que garantiza la libertad de creer o de no creer y neutraliza el espacio público que es el espacio común en que la libertad de unos no puede agredir a la de los demás. El ascenso de la fuerza del hecho religioso debe hacernos deber explicar que el laicismo es la forma más organizada de la tolerancia.
Creo que no basta con recordar el papel histórico de su corriente contra el estalinismo y el socialismo burocrático para ofrecer garantías sobre la adhesión insoslayable a esas libertades. Transigir sobre las libertades es admitir que el fin justifica los medios, cuando el fin está ya en los medios.
El NPA será un fracaso si no liga estrechamente su voluntad de transformación democrática, social y ecológica a la absoluta necesidad de conquistar esas libertades -pues para la inmensa mayoría de los seres humanos siguen por conquistar- y asegurar su perennidad.
No se le escapa quizá que entre quienes iniciaron el “No” de izquierdas al TCE (Tratado Constitucional Europeo) en octubre de 2004, soy uno de los pocos en no rechazar de entrada la oportunidad ofrecida por la decisión de la LCR de transformarse. Esto no significa que sea incauto o ingenuo. Respeto la historia y la cultura de los militantes de la LCR; pero quienes podrían participar con ellos en la creación de un nuevo sujeto político tienen derecho a la misma consideración. Y recíprocamente. Su entrevista nos da la medida de la dificultad de la tarea.
Muy cordialmente,
Raoul Marc JENNAR
7 de abril de 2008
* Traducción de Alberto Nadal. [Desde Corriente Alterna queremos agradecer a Alberto Nadal el gran trabajo que está haciendo con estas traducciones que realiza para la web de Espacio Alternativo, que sin duda están contribuyendo a que toda la gente de la izquierda anticapitalista del Estado español conozca de primera mano los debates que están teniendo lugar en Fancia sobre la creación de un nuevo partido anticapitalista.]
** Artículos relacionados: Entrevista a Bensaid en Lignes «Hacia la construcción de un nuevo partido anticapitalista [2]»; Respuesta de Daniel Bensaïd a Raoul Marc Jennar [3].