Esther Vivas / Público [1]
El
precio de los alimentos y, en especial, de los cereales básicos ha
aumentado espectacularmente en estos últimos meses. Los medios de
comunicación nos han mostrado nuevas revueltas del hambre en los países
del Sur que nos recuerdan aquellas que se llevaron a cabo a mediados y
finales de los ochenta contra los planes de ajuste estructural
impuestos por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
En
países como Haití, Pakistán, Guinea, Marruecos, México, Senegal,
Uzbekistán, Bangladesh… la gente ha salido a la calle para decir: “Ya
basta”. Pero, ¿qué se esconde detrás de la crisis alimentaria mundial?
¿Todo el mundo pierde? ¿Hay quien sale ganando?
El precio de sesenta productos agrícolas ha aumentado un 37% en el
último año en el mercado internacional. Un aumento que ha afectado
sobre todo a los cereales con una subida del 70%. Entre éstos, el
trigo, la soja, los aceites vegetales y el arroz han alcanzado cifras
récord. El precio del trigo, por ejemplo, suma hoy un 130% más que hace
un año y el arroz un 100%. Viendo estos datos no es de extrañar las
explosiones de violencia en el Sur para conseguir alimentos porque son
los cereales básicos, aquellos que alimentan a los más pobres, los que
han experimentado una subida sin parangón.
Pero el problema hoy no es la falta de alimentos en el mundo, sino la
imposibilidad para acceder a ellos. De hecho, la producción de cereales
a nivel mundial se ha triplicado desde los años sesenta, mientras que
la población a escala global tan sólo se ha duplicado.
Hay razones varias que explican este aumento espectacular de los
precios: desde las sequías y otros fenómenos meteorológicos en países
productores como China, Bangladesh y Australia que habrían afectado a
las cosechas; el aumento del consumo de carne por parte de pujantes
clases medias en América Latina y en Asia, especialmente en China; las
importaciones de cereales realizadas por países hasta el momento
autosuficientes como India, Vietnam o China, debido a la pérdida de
tierras de cultivo; el aumento del precio del petróleo que habría
repercutido directa o indirectamente, y hasta las crecientes
inversiones especulativas en materias primas.
Es aquí donde creo importante centrarnos en estas dos últimas causas.
El aumento del precio del petróleo ha generado el uso de combustibles
alternativos como aquellos de origen vegetal. Gobiernos como el de
Estados Unidos, la Unión Europea, Brasil y otros han hecho especial
énfasis en la producción de agrocombustibles como una alternativa a la
escasez de petróleo y al calentamiento global. Pero esta producción de
combustible verde entra en competencia directa con la producción de
alimentos. Por poner sólo un ejemplo, el año pasado en Estados Unidos
el 20% del total de la cosecha de cereales fue utilizada para producir
etanol y se calcula que en la próxima década esta cifra llegará al 33%.
Imaginémonos esta situación en los países del Sur. La FAO, la
Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la
Agricultura, ya ha reconocido que “a corto plazo, es muy probable que
la expansión rápida de combustibles verdes, a nivel mundial, tenga
efectos importantes en la agricultura de América Latina”.
Otra causa a resaltar es la creciente inversión por parte del capital
especulador en materias primas. En la medida en que la burbuja
inmobiliaria estalló en los Estados Unidos y se profundizó en la crisis
financiera, los especuladores empezaron a invertir en alimentos,
empujando al alza sus precios.
Pero esta crisis alimentaria mundial no es coyuntural, sino que responde al impacto de las políticas neoliberales que se vienen aplicando desde hace treinta años a escala global. Liberalización comercial a ultranza a través de las negociaciones en la Organización Mundial del Comercio y en los acuerdo de libre comercio y las políticas de ajuste estructural, el pago de la deuda externa, la privatización de los servicios y bienes públicos son sólo algunas de las medidas que se han venido imponiendo por parte del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional en las últimas décadas en los países del Sur.
Unas políticas que han permitido la invasión de estos mercados por
productos del agribusiness del Norte altamente subvencionados y que han
acabado con la agricultura y la ganadería autóctona; reconvirtiendo y
privatizando tierras destinadas hasta el momento al abastecimiento
local en tierras de producción de mercancías para la exportación. Unos
territorios en manos de la agroindustria, quien ha sacado provecho de
una mano de obra barata y de una laxa legislación medioambiental.
Este modelo de agricultura y alimentación no sólo tiene consecuencias
en el Sur global, sino también en las comunidades del Norte: acabando,
en ambos lados del planeta, con una agricultura familiar y un comercio
de proximidad vital para las economías locales; promoviendo una
creciente inseguridad alimentaria con una dieta que se abastece de
alimentos que recorren miles de kilómetros antes de llegar a nuestra
mesa, y fomentando una agricultura y ganadería intensiva,
desnaturalizada, drogodependiente (por el alto uso de pesticidas) y
donde el beneficio económico se antepone a los derechos sociales y
medioambientales.
La crisis alimentaria global beneficia a las multinacionales que
monopolizan cada uno de los eslabones de la cadena de producción,
transformación y distribución de los alimentos. No en vano los
beneficios económicos de las principales multinacionales de las
semillas, de los fertilizantes, de la comercialización y transformación
de comida y de las cadenas de la distribución al detalle no han parado de aumentar.
Los alimentos se han convertido en una mercancía en manos del mejor postor. Las tierras, las semillas, el agua… son propiedad de multinacionales que ponen un precio exorbitante a unos bienes que hasta hace muy poco eran públicos. Frente a la mercantilización de la vida, debemos de reivindicar el derecho de los pueblos a la soberanía alimentaria, a controlar su agricultura y su alimentación. No se puede especular con aquello que nos alimenta.
* Esther Vivas es co-coordinadora de los libros Supermercados, no gracias y ¿Adónde va el comercio justo?