Con pocos días de diferencia dos catástrofes naturales han golpeado a los pueblos de Birmania y de China. Aunque tanto el ciclón como el terremoto son fenómenos inevitables, no puede decirse lo mismo de una serie de circunstancias que, en ambos casos, han venido a favorecer la magnitud de los daños humanos y materiales padecidos por la población. El servicio de meteorología de la India previno a las autoridades birmanas de la llegada del ciclón con 48 horas de antelación, sin que éstas intentaran la adopción de medida alguna de evacuación. La cobertura del manglar, que proporciona protección frente a los ciclones, se ha ido perdiendo de manera progresiva en las últimas décadas a causa de la extensión descontrolada del cultivo de arroz y de los campamentos militares edificados en el delta del Irrawady. Finalmente, la Junta militar birmana ha impedido la llegada de ayuda material exterior y de los cooperantes internacionales.
La zona de Sichuán no estaba dotada ni de las infraestructuras urbanas y edificatorias adecuadas, ni de los planes de prevención que pueden ayudar a minorar los daños ocasionados por los sismos de gran magnitud. Ni en Birmania ni en China la protección de la población es una de las prioridades de las dictaduras gobernantes.



















