Aumento de los precios. Garantizar la seguridad alimentaria
dosier

Stéphanie Treillet

El aumento actual de los precios alimenticios a escala mundial es consecuencia de diversos mecanismos imbricados, que provocan una condensación del capitalismo neoliberal y una tendencia probablemente duradera. 

Tras varias décadas de descenso casi ininterrumpido y de sobreproducción latente crónica, se produce un aumento de los precios de las materias primas, sobretodo de los productos alimentarios. ¿Por qué actualmente se ha invertido la anterior tendencia?

Uno de los factores más inmediatos es la situación energética: el aumento de los precios del petróleo tiene un impacto directo importante y simultáneo sobre los costes de producción y sobre el coste del flete marítimo. Pero el principal efecto es indirecto: el boom petrolero ha fomentado, durante los dos últimos años, un rápido aumento de la producción de agrocombustibles. Superficies cada vez mayores de trigo en EEUU, de maíz y remolacha en Europa y de caña de azúcar en Brasil son utilizadas para la producción de etanol. En Malasia e Indonesia, el aceite de palma se utiliza para producir biodiesel, a costa de un incremento de la deforestación. De momento, la producción sólo cubre un 2% de la demanda mundial de combustible, pero provoca ya una competencia con el uso agroalimentario de las tierras. Para poder satisfacer la demanda actual de combustible sería necesario utilizar todas las tierras que hoy en día se cultivan en el mundo con esa finalidad. No obstante, tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea los gobiernos han fijado como objetivo un rápido aumento del consumo. ¡Claro que a la hora de reducir las emisiones de carbono, ello resulta menos caro que invertir en energías renovables y en el transporte colectivo!

Ahora bien, si el bomm de los agrocombustibles ha tenido un efecto tan brutal en los precios de los productos alimentarios es porqué ha actuado sobre un equilibro alimentario mundial que ha resultado frágil por diversas razones. En primer lugar, la demanda aumenta más rápido que la oferta, debido no sólo al crecimiento de la población mundial sino también al rápido cambio del modo de consumo de una parte de la población de algunos de los países “emergentes”, especialmente de China y de India. Además, la agricultura ultraproductivista, que había permitido un aumento considerable de los rendimientos a lo largo de los últimos cincuenta años, empieza a tener límites: por primera vez desde hace cinco años, las superficies irrigadas aumentan en menor medida que la población. 

Además, la agricultura de los países del Sur sufre, desde hace bastantes años, las consecuencias de las políticas de desregulación y de ajuste estructural: el pago de la deuda externa ha obligado a muchos países a reorientar la producción hacia la exportación, en detrimento de los cultivos destinados a la propia subsistencia de la población. Otros países, como India, son exportadores netos de cereales; pero los países más pobres han visto como se ha ido reafirmando su dependencia de importaciones alimentarias. La liberación de los mercados agrícolas impuesta por la Organización Mundial del Comercio (OMC) condena a la ruina a numerosos campesinos del Sur.

En este contexto, los stocks alimentarios mundiales se han visto reducidos. Dado el carácter fuertemente especulativo del mercado de materias primas, acompañado de la presencia de productos derivados, ha bastado un simple anuncio de esta reducción para provocar un alza brutal de los precios, de carácter básicamente especulativo. Las grandes fuentes de inversión, apartadas de los préstamos hipotecarios después de la crisis de las subprimas, ven en el trigo, el maíz, el arroz y los oleaginosos el nuevo paraíso. Así, los movimientos especulativos contribuyen a transformar las tensiones entre la oferta y la demanda en un aumento de los precios. En la mayoría de países donde una parte creciente de la población ya no tiene acceso a los productos alimentarios no es porqué falten estos productos, sino porqué son demasiado caros, y más aún cuando las políticas de ajuste estructural han suprimido las subvenciones políticas que permitían que los productos de primera necesidad fuesen accesibles a las poblaciones urbanas más pobres.

Actualmente, las instituciones financieras internacionales preconizan la continuación de la desregulación, interior y exterior, de los mercados. No hay ninguna duda de que las multinacionales que dominan el sector de las biotecnologías aprovecharán esta crisis para intentar expandir aún más los organismos modificados genéticamente, bajo el pretexto de garantizar la seguridad alimentaria de las futuras generaciones. Sin embargo, el planeta podría alimentar perfectamente los 9.000 millones aproximados de personas que tendrá el planeta el año 2050. Pero tendría que cambiar radicalmente el sistema. Tal como preconizan Attac y la Confédération Paysanne en un comunicado conjunto, es necesario acabar con la desregulación de los mercados agrícolas, reconocer el derecho a la soberanía alimentaria de los pueblos, anular la deuda de los países pobres e imponer una moratoria sobre la producción de agrocombustibles, con objeto de experimentar soluciones alternativas.