El fin del comunismo como sistema de poder
memoria histórica

kaosenlared.net img Pepe Gutiérrez-Ávarez / Kaos en la Red

El número 245 de junio de 2008 de El Viejo Topo resulta especialmente interesante para los amantes del estudio histórico, sobre todo por la entrevista con Enzo Traverso, un antiguo camarada italiano sobre cuya obra me atrevería a decir que es “indispensable”.   

Lo dicho. Aparte de una entrevista con otro viejo camarada (Tariq Ali con ocasión de la edición por Foca de Piratas del Caribe. El eje de la esperanza), de un interesante ensayo sobre Pierre Vilar (1), y de la reproducción de Las dos últimas cartas de Nikolái Ivánovich Bujarin (2), publica la entrevista que Máximo Modonesi hace a Enzo Traverso, y  que titula Historia, memoria y política cuando acaba de aparecer El pasado: instrucciones al uso que me espera sobre la mesa, y está a punto A fuego y a sangre. De la guerra civil europea, que preparan Prometo de buenos aires en castellano y PUV, Valencia en catalán.

De la entrevista me parece especialmente interesante el siguiente fragmento: —De la historia del comunismo se podría decir que se apoya en    una memoria fuerte porque penetró la cultura de enteras generaciones pero que es políticamente débil en relación con cierto desarrollo y punto de llegada. ¿Cómo podemos pensar la historia y la memoria del comunismo entre fuerza cultural y debilidad política?

—La historiografía tiene una dimensión institucional. Hay investigaciones sobre ciertos temas porque existen instituciones que, desde décadas, trabajan en direcciones determinadas y que tienen recursos para sostenerse. El comunismo ha marcado profundamente la historia del siglo XX en todos los continentes. Sería impensable que hoy conociera un eclipse historio- a gráfico y que se estudiara la historia del siglo haciendo abstracción del comunismo. Entonces es evidente que el fin del comunismo como sistema de poder, como régimen y como estado, no marca el final de la historiografía del comunismo. El problema es que el fin del comunismo realmente existente entre el    1989 y el 1991, la caída de la Unión Soviética pero también el declive de los partidos comunistas, ofrecieron un legitimación a posteriori de una vieja historiografía anticomunista que parecía obsoleta y debilitada. En    de la memoria los años 90 hubo una oleada de estudios De historias del comunismo que reproducían todos los estereotipos ideo lógico de la guerra fría. Empezó François Furet con El pasado de una ilusión, siguió Stéphane Courtois con el Libro negro del comunismo, en los Estados Unidos Richard Pipes con su historia de la revolución rusa, Martín Maria con su historia del socialismo. Fueron libros que marcaron y orientaron el debate en los años del postcomunismo y que no eran novedosos historiográficamente sino simples revanchas que los viejos cold war warriors (guerreros de la guerra fría) se tomaban, Y una historiografía que, por el contrario, intentaba mantener una mirada lúcida sobre el comunismo me parece que sufre el condicionamiento de este contexto y a menudo se concibe como respuesta. Esto es inevitable. Es una respuesta en términos historiográficos que reivindica la necesidad de mantener un acercamiento no ideológico, no hacer del anticomunismo la categoría inevitable de la literatura de la historia del comunismo, salir de los viejos esquemas, de una historiografía de partido y otra anticomunista. Salir de estos esquemas para pensar una historia social. En este contexto hay una memoria comunista que no desapareció porque es un pasado reciente, es una historia del tiempo presente: quien ha sido comunista en la posguerra está vivo y lleva su memoria. Sin embargo, esta memoria despareció del espacio público, es una memoria que ya no tiene visibilidad, lo cual es un grave problema.   

—¿En este sentido es débil?

—Sí, Un amigo cineasta propuso a varios canales de la televisión y a varias productoras financiar una película sobre los comunistas en Buchenwald y en Auschwitz. Nadie aceptó la propuesta No estaba proponiendo una película sobre la deportación de los judíos de la provincia de Alessandria en el norte de Italia—tema interesante pero limitado—, los comunistas en Buchenwald habían creado y controlaban una estructura en el campo, mantenían una negociación directa con las SS sobre una serie de cuestiones. Para entender cómo funcionaba el campo de concentración hay que tomar en cuenta la presencia de una fuerza política organizada entre los detenidos. Los comunistas en los campos organizaron las pocas rebeliones que hubo. Este rechazo es una consecuencia de un ocultamiento, en este caso voluntario, una operación política consciente. Hay una expansión de los estudios sobre el comunismo que es paralela a la eclipse de la memoria del comunismo en el espacio público. Esta dialéctica entre memoria y historia, que podría ser profundamente fructuosa, es una dialéctica que se debilitó, se fragilizó en los años.

En principio, no deja de ser natural que toda esta historia sea vivida muy parcialmente, pensemos en todo el peso del pasado en cualquiera de sus manifestaciones, por ejemplo, en la presencia del paganismo cuando –teóricamente- estaba enterrado por la Iglesia. En el caso del comunismo se dan elementos de religión, elementos que reproducen viejos arquetipos de pensamiento, y que confluyen especialmente en lo que se ha venido a llamar estalinismo, no en vano un poder codificado por un antiguo seminarista que se impone como principal representante del “partido del Estado” que, en el contexto de extenuación social que sigue la guerra civil, se impone sobre el “partido de la revolución”. La institucionalización se hace en nombre de Octubre, pero Lenin deja de ser un hombre extraordinario para convertirse en el Padre a cuya muerte, le sigue “el Lenin de hoy”. Entonces el nacionalismo sustituye al internacionalismo, el partido a los soviets, el Estado al partido, y el “Gran Hermano” o El Número Uno”, se yergue por encima de cualquier debate.  El PCUS asimila a la Internacional Comunista.

La teoría es sustituida por una dogmática que se modifica según las exigencias internas del equipo del poder, y éste se impone siguiendo una vieja normativa: la URSS pasa a ser la “patria del socialismo”, y cualquier otra revolución (Yugoeslava, China)  entrará en conflicto con dicha “patria”,  desde 1926-1927, la política de los partidos comunistas estuvo fuertemente supeditada a las exigencias de la política exterior soviética, por ejemplo, en Irán, donde tenía una gran importancia, no se opuso consecuentemente al Sha de Persia…La política de estos partidos básicamente tenía dos pies, de un lado eran partidos reformistas que dejaban la revolución socialista para una lejana etapa (un buen ejemplo sería el partido nicaragüense que se opuso a la insurrección sandinista), y al mismo tiempo hablaban del modelo de socialismo que representaba la URSS, eso sí debidamente realizada. En su estructura interna, estos partidos funcionaban con una fuerte verticalidad (Carrillo pudo pactar lo que quiso con un Buró hecho a su medida), y existía una rotunda división del trabajo, a la dirección le correspondían la línea general, y a la base aplicarla. El militante que se atenía a estas normas encontraba la fraternidad militante, pero si se apartaba de ella, eran condenados por hacer el juego al enemigo. Así por ejemplo, cuando los actuales componentes del L´Espai Marx (Joan Tafalla, Joaquin Miras, Pep Valenzuela, etc) comenzaron la aproximación del PC catalán a Iniciativa, Albert Escusa le dedicó una filipina…contra la desviación anarquista que se encuentra “colgada” en la WEB de este grupo…

Hubo un tiempo en que todo este entramado tenía cierta coherencia, y no quedaba casi nadie a su izquierda, pero justo en el momento cumbre de este potencial lo marca la revolución china de 1949 (en contra de las órdenes de Stalin), todo empezará a cambiar y ya nada será igual. En un repaso sucinto, la “película” de la descomposición del estalinismo se puede “visualizar” en los siguientes “planos”: cisma yugoslavo (1953);  muerte de Stalin; crisis en Alemania y Polonia (1953); XX Congreso del PCUS, revolución húngara (1959); revoluciones en Argelia y Cuba (1959-1940); caída de Jruschev cisma chino-soviético; mayos del 69, “primavera” en Praga, etcétera, etcétera. Una descomposición constante que concluirá en 1989-1990...Una caída que será –ciertamente- un desastre para muchos países, para el Tercer Mundo, que dará alas al ultracapitalismo, pero contra la que no hubo una maldita huelga, la menor movilización social, una resistencia digna de este nombre.   

No hay duda que el comunismo está pagando la derrota, pero también graves errores, no pocos de ellos señalados por sus críticos por la izquierda. Es muy posible que dado los servicios que presta y el tipo de adeptos que forma, que la Iglesia no necesite justificar nada, pero por su razón de ser y por la gente que representa, el comunismo será digno es digo de su nombre si pasa por alto los horrores perpetrados en su nombre por Stalin, Mao o Pol Pot, con todas sus secuelas. Uno de sus defectos más grave fue mirar hacia otro lado cuando las denuncias contra el estalinismo se basaban en pruebas contundentes, en la torpe intención de no darle balas al enemigo porque la complicidad era mucho peor que las balas.

Todavía subsisten partidos comunistas que persisten en ese esquema, que hablan de los "camaradas" de Corea del Norte, China o Vietnam (o Cuba aunque aquí haya que ser más cuidadoso), y que evocan su pasado estaliniano sin la menor voluntad reparadora, argumentando pro ejemplo que el asesinato de Andreu Nin le corresponde (en exclusiva)  a los agentes rusos.  Esta actuación suele ir acompañado con unas referencias normalmente bastante imprecisas a errores de pasado, sin entrar de lleno en el alcance de los hechos. Esto fue o que hizo el PCI hasta que entró en una fase de rebajas al final d la cual, después de haber sacrificado su historia (francamente manchado por el Togliatti al servicio de Stalin), acabaron tirándolo todo por la borda, alo que empezó a hacer el PCF cuando llegó en su descomposición a amalgamar vergonzosamente Lenin con Stalin. Sacristán decía que el eurocomunismo era una degeneración del estalinismo, pero después del eurocomunismo aparecía la nada disfrazada de difusas referencias progresistas que no obligaban a nada.

Se nos quiere convencer de que no existe una radical diferencia entre o que significo la revolución de Octubre y los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (que conocieron una participación amplia y extraordinaria, escenario de las más intensas aportaciones de Lenin y Trotsky,  sentidos plenamente como un proyecto internacionalista), con todo que vino después. Ahí están los datos, todos los estudios. De aquellos primeros años profundamente contradictorios (la revolución se concebía como un prólogo, combinaba la democracia y el ideal socialista, la hacían obreros  campesinos,  sus autores estaban divididos, incluso en el propio partido bolchevique...Este poderoso aliento de creatividad, de debates abiertos, de vanguardismo artístico y masiva difusión cultural,  de protagonismo por abajo,  estaba minado por el atraso, los desastres de la guerra, el cerco internacional, la clase obrera se había desestructurado, sus cuadros o habían muerto o se habían afianzado en el aparato, emergía una nueva administración...Stalin expresaba esta opción,  era el "más adaptado" al retroceso,. Su victoria significó el final de la fase digamos “clásica” de la historia soviética. 

En 1956 llego sin oposición digna de mención el XX Congreso del PCUS en 1956 que Nikita Jruschev abrió un proceso de revisiones  generalizadas (animada por millones de cartas en defensa de los purgados), que luego sufrirá un  duro  retroceso  en la  época de  Breznev, y se complicó con el cisma chino-soviético, creando una efímera corriente neoestalinista, a veces mucho más agresiva que los partidos oficiales. En muy pocos años el estalinismo empezó a hacer grietas por todas partes, pero en lo que se refiere a la historia, hacía tiempo que tenía la batalla perdida. Hoy se trata ante todo de comenzar sobe nuevas bases de contar la historia. Ahora era Stalin el que desaparecía de los manuales. 

Valga un ejemplo: en 1967, el PCE a través de Ediciones Ebro se limitó a publicar un torpe y embustero opúsculo firmado por Dolores Ibarruri, La revolución de Octubre que desde luego no creó escuela ya que “revisaba” los criterios de Koba por otros en los que éste desaparecía (literalmente) pero sus grandes adversarios seguían sin tener nombre, se encuadraban en un limbo llamado “Comité Central leninista”. Hasta estas  fechas no se había podido leer las obras de Lenin al completo, se desconocían las actas de las reuniones del Comité Central bolchevique de 1917...Solamente los militantes con la “fe del carbonero” se negaban a aceptar que todo estaba cambiando.

Dada su mayor implantación, los  partidos  comunistas  más evolucionados, se verán conmovidos por la suma de acontecimientos formada por la  crisis  del XX  Congreso del PCUS,  la revolución    húngara del mismo año,  1956, con  las revelaciones ulteriores sobre los crímenes de Stalin, sin olvidar la presencia constante de testimonios de disidentes desde la corriente trotskista pasando por Milovan Djilas (La nueva clase), representativo de la ruptura de Tito o por Arthur Koestler (El cero y el infinito) en una lista que se hace interminable. En los años siguientes, el fenómeno de los excomunistas se extendería con constantes aportaciones, algunas como las novelas iniciales del Soljenitsin “leninista” disidente, que habían podido “respirar” en las fases del “deshielo” de Jruschev. Ahora las disidencias provienen de todas partes, de la URSS, del Este, de los propios partidos, de los “compañeros de ruta”, y por ejemplo en Francia entre todos formaron un auténtico conglomerado crítico, sin el cual resulta difícil entender el mayo francés.

Algunos fueron tan impresentables como el cubano Valladares, pero otros no podían ser tachados como meros asalariados de Estados Unidos o de la derecha, por más estos no desaprovechan las ocasiones. Llega un momento en que parecía confirmarse la “boutade” de André Malraux –también atribuida a Ignazio Silone, y algún ignaro de por aquí, a Vázquez Montalbán-- según la cual la lucha final se dirimirá entre los comunistas y los excomunistas, aunque era únicamente un espejismo. Pero al final, los herejes eran cada vez menos y serían los renegados los que acabarían triunfantes (socialmente o sea debidamente recompensados), con un PCF en plena retirada, abjurando hasta de Lenin y 1917. En la  época “eurocomunista” (cuyo rostro patético será el muy estaliniano George Marchais), el historiador más controvertido fue Jean  Ellenstein, responsable de una serie de trabajos de revisión crítica (El fenómeno estaliniano) muy valorados por el PSUC hasta que desapareció de la escena por la derecha. 

En este contexto también  tiene lugar la emergencia de  un proceso de  revisión constante  que conoció con el  PCI del Palmito Togliatti, la propuesta del policentrista que  encontrará su expresión en el debate histórico con las rigurosas aportaciones de algunos de sus historiadores más serios como Valentino Gerratana, Vittorio Strada (autor de una minuciosa edición del ¿Qué hacer?, de Lenin), Guiseppe Boffa  o Guiliano  Procacci, que por su rigor sobrepasan el estrecho marco de un debate político que se irá deteriorando hasta que tras la caída del muro de Berlín, el mayor partido comunista de la segunda postguerra entra en una profunda crisis y su fracción mayoritaria trata de ocupar el hueco institucional dejado por el “socialismo” de Bettino Craxi (al que se le debe la definición según la cual “socialismo es lo que hacen los socialistas”), para situarse no precisamente a su izquierda, renunciando abiertamente para aceptar la normativa doctrinaria neoliberal, y dejar a Togliatti en el saco del “Gulag”, entre otras cosas por su papel como agente de Stalin en la guerra española.  También en Gran  Bretaña, el partido comunista inició por entonces un proceso que acabará con su práctica desaparición, y que intelectualmente animan entre otros Christopher Hill, Monthy Johnston y sobre todo, Eric J.  Hobsbawn... Todo este movimiento crítico, que en los sesenta fue englobado bajo la denominación general de “Nueva izquierda”,  fue de una extrema complejidad,  y tuvo una repercusión extraordinaria en las universidades y en las nuevas generaciones, aunque no alcanzó a la clase obrera, que en lo fundamental siguió controlada por los partidos de la izquierda tradicional.

Quizás por esta razón, esta labor crítica o autocrítica acabará mostrándose harto insuficiente para frenar la acelerada descomposición del “mundo comunista”, de unos regímenes cuyos presuntos errores, aparecen cada vez más claramente como horrores, y de unos partidos que no habían sabido romper su hilo u8mbilical con la parte oscura de su historia. En esta fase se da una constante controversia en los partidos comunistas que, desde diferentes grados, ya habían iniciado su propia “Glasnost” desde los años sesenta. También la “perestroika” da lugar a una impresionante bibliografía, pero en los noventa la veta reformadora acabará agotándose, lo mismo que ocurrirá con la corriente eurocomunista que fue bastante prolífica durante los años setenta para disolverse. En este cuadro resulta significativa cierta tentativa de adopción de otro legado bolchevique oposicionista, el representado por Nikolai Bujarin (sobre el que lector encontrará un amplio “dossier” en ww.espaimarx.org y en la www.fundanin.org), un gigante menor cuya altura ya no será permitida en el movimiento comunista al menos que se sitúe en los márgenes. Esto fueron los casos del último Lukács, Deustcher, Sartre, Marcuse, Bloch, Sacristán, Anderson, Reichs,  Dutscke, Mandel, etcétera, etcétera

En la lenta descomposición, los partidos comunistas se verán drásticamente obligados a resituarse, pero lo harán más bien por la derecha, tratando de encontrar un hueco a la izquierda de la socialdemocracia. Su historial marcado por los años de luchas sociales, por su papel en la resistencia antifascista, su peso en el movimiento obrero y su influencia entre la intelectualidad inconformista, comenzó a deteriorarse: su lado oscuro era cada vez más resaltado, y llegó un momento en que todo llegó a parecer una sucesión de caídas, en Gran Bretaña llegó a desaparecer. A lo mejor esto fue culpa de Orwell y de los orwellianos.

Aquí sucedió con el PSUC, PCI catalán, mientras que sobre el PCE planeó la sombra después del verdadero suicidio social y militante que había significado la Transición.  Carrillo no gozaba precisamente de un  buen “curriculum” para superar lo que venía. Cada vez que salía por la TV, una zafia cohorte de resabiados excomunistas del tipo de Arrabal, Sánchez Dragó o Bernard Henri-Levy, le preguntaban por sus víctimas, por comunistas de primera como León Trilla o Quiñones. Con un historial ciertamente oscuro, el líder indiscutido del PCE (que había pedido en su IX Congreso “todo el  poder” como secretario para pactar a su medida) naturalmente carecía también en este terreno de una respuesta convincente. En mi opinión, este historial estaliniano no fue ajeno a su indigna participación en el llamado “pacto entre caballeros” según el cual exfranquistas y exrepublicanos harían “tabula rasa” de sus respectivos pasados, aunque cada uno ocultaba cosas muy distintas ya que lo realmente contribuyó a archivar fueron las páginas del antifranquismo. Y al igual que estaba ocurriendo por todas partes, los justos pagaron por los pecadores.

Para acabar con esta dinámica destructora se impone la recuperación de la otra historia del comunismo, la militancia que no se doblegó, la que resistió, creó movimientos, la buscó la verdad por encima de las falsificaciones,...

Recuerdo que en lejano debate Teresa Pámies escribió que no se podía tratar a Ramón Mercader como si fuese un vulgar Dillinguer. Tenía razón en el sentido de que antes existió un Mercader idealista. Así parecen creerlo algunos muchachos notablemente embrutecidos por las sectas cuyos origines datan de principios de los años sesenta, y que siguen en los años treinta aunque no se les note por ningún movimiento vivo. Por mi parte, creo que eso pudo ser así pero que no es menos cierto que el famoso gángster norteamericano no comprometía ningún principio ni ideal, Mercader los destruía todos. Por eso se le utiliza como metáfora de una corrupción en Asaltar los cielos.  Un anarquista andaluz clamó en el Congreso de Zaragoza de la CNT, para habla de anarquismo hay que tener la boca limpia, y lo mismo se podría decir de la palabra comunismo sí se la quiere respetar y no atarla a una Iglesia.

Hay pues que limpiarlo tanto en la historia como en los hechos, porque de no hacerlo se está facilitando la tarea a los que tratan de enviarlo al basurero de la historia...Dicho de otra manera, no se puede hablar nuevamente de “comunismo” sin desarrollar un radical ajuste de cuentas con todo lo que significó el estalinismo..De hecho se trata de una precondición para poder avanzar de nuevo. Lo primero que hay que saber es todo lo no hay que hacer.   
   

Notas

---1) Vidal Castaño cita “como ejemplo la siguiente referencia de su particular desencuentro con la burocracia soviética, tanto la del PCUS como la del PCF. En 1939 (Vilar) propuso al editor Eduard Cogniot la traducción francesa de los estudios de Marx sobre España en 1842 y 1854, y éste aceptó ocuparse del asunto. “Me pidió que redactara una introducción, y cuando estuvo a punto ^me dijo, parta mi sorpresa: Es necesario que el texto sea aprobado por Moscú. El texto fue devuelto en tres meses´con indicación expresa de hacer un par de correcciones formales, y la supresión de una nota que dijera: aquí Marx se equivocó…” (p. 61)

---2) En su presentación, el autor (evidente Salvador López Arnal), escribe de Bujarin: “Su muerte, como la de tantos otros golpea insistentemente en la arista estalinista de la tradición y conciencia de todos aquellos que en algún momento coqueteamos con esa monstruosidad política, alejada siglos-luz de cualquier concepción emancipadora de la humanidad, que llamaos estalinismo” (p. 6).