Por Raimundo Viejo
Entre el estado actual de la guerra global permanente, el hundimiento del Prestige y el apagón de Norteamérica existe una relación que se complace en hacer públicas las entrañas del modelo económico de nuestro tiempo. Alimentados por un ritmo de consumo energético insostenible y cuya base el petróleo, los resortes maquínicos de esa parte del rizoma humano sita en las grandes metrópolis norteamericanas han terminado por hacer saltar los plomos. Al mismo tiempo, en los fondos marinos gallegos, la pesadilla negra del despilfarro chapucero de las grandes sociedades mercantiles transnacionales sigue proyectando la amenaza de futuros «accidentes» en la autopista náutica del Atlántico. Por eso mismo, la paradoja ecodestructiva de un número de aparatos de aire acondicionado cada vez mayor, cuyo único objeto es hacer frente a los efectos de un recalentamiento al que ellos mismos contribuyen, no es más que un ejemplo posible de la hegemonía devastadora que impone al planeta una especie herida de muerte en sus mecanismos relacionales. A resultas de todo esto, prosigue el saqueo imperial de Irak por la vía de una explotación intensiva de los engranajes coercitivos de renovada Polizeiwissenschaft auténtica «ciencia de la policía» cuyo fin no es otro que el de garantizar las reglas políticas de un consumo espasmódico, disfuncional y ecocida de bienes y servicios (ad maiorem gloriam Imperii).
Pudimos verlo en directo, como todos los acontecimientos de impacto en la matrix: dos de los países del G-8 parcialmente a oscuras por culpa de una infraestructura tercermundista. Hay algo en el apagón norteamericano que recuerda a una suerte de Chernóbyl posmoderno. Su tratamiento mediocrático operado a modo de Glasnost neokeynesiana, particularmente sobre la administración Bush, exigiendo una reorientación de las políticas securitarias que encauce el dispendio estatal que representa el mantenimiento del complejo industrial militar tradicional en beneficio de una inversión que confiera una mayor verosimilitud a las exigencias ideológicas de la guerra global permanente (porl « interior» que ha de inspirar un mejor funcionamiento de las infraestructuras eléctricas). A este caballo se ha apuntado en las últimas semanas la misma oposición demócrata que tanto facilitó a Bush los espaldarazos necesarios para su política exterior. A la espera de extraer réditos electorales a medio plazo, desde el otro lado del Atlántico empiezan a oirse las primeras voces discordantes dentro de cuyo interior resuenan los agónicos paralelismos de cierto patriotismo underground trasnochado que ven en Irak un nuevo Vietnam.
Y, sin embargo, la historia no se repite, por más que el capitalismo reincida en la voluntad exterminista de su modelo civilizatorio (así nos lo adelanta ya la cumbre de la OMC con nuevos paquetes de medidas privatizadoras: privatizada la tierra, en la agenda el agua, ya sólo nos falta el aire que respiramos). Por esto mismo, antes que incurrir en una tentación mistificadora de ciertas teleologías idealistas, capaces de vaticinar los signos premonitorios de la debacle más o menos inminente de un inexistente neoimperialismo americano (vid. el reciente libro de E. Todd y toda la panoplia de ortodoxias varias obcecadas con el texto de Hardt y Negri), deberíamos quizás preguntarnos cuál es el margen que la contingencia histórica nos deja a estas alturas para desplegar una estrategia verde en el marco de la acción colectiva de las multitudes. O lo que es lo mismo: cómo abrir un horizonte ontológico para la difusión de una ecología política autónoma; un horizonte que, más allá del desánimo coyuntural que pueda imponer la maquinaria fraudulenta de la política de la representación poliárquica (recuérdese cómo pesan todavía sobre el ecologismo gallego las hipotecas electoralistas de ciertos sectores de Nunca Máis), inaugure un devenir común de la vida sobre el planeta en el que los mecanismos relacionales de nuestra especie no impidan, cuando menos, la supervivencia de las demás. Desde la izquierda, hoy más que nunca, preguntarse por este margen de contingencia requiere reexaminar de manera crítica la construcción de ecoalternativas y asumir la futilidad espuria de la apropiación retórico-simbólica de la ecología política como paso previo al despliegue de una lucha verde radical.
Sólo desde un reajuste estratégico de estas características dejará de considerarse como accidental lo que no es más que pura decisión política; sólo así, desplegando la lucha de las multitudes sobre su eje verde, resultará posible vencer el fatalismo que hoy intentan imponer los defensores del principio TINA (There Is No Alternative). En la lucha verde, como en todas las luchas, la política y no la economía sigue siendo la clave.




















