Por Josu Egiruen
Del 10 al 14 de setiembre tendrá lugar la V Conferencia Ministerial de la OMC en Cancún, pero lo que sin duda resultará relevante esa semana será la confrontación social a la que va a estar sometida esta organización tanto en Cancún como a lo largo y ancho del planeta. A estas alturas resulta incontable la enormidad de iniciativas, foros y movilizaciones que hay programadas. Asistimos a un movimiento que refleja la consciencia de que el tiempo corre deprisa y que es necesario acumular fuerzas para poner freno a una globalización neoliberal que rueda desbocada por la pendiente de la privatización y liberalización mercantil, porque, entre otras razones, quienes están a la cabeza de ese proyecto (las corporaciones transnacionales) son consciente de que cuanto antes logren imponer su proyecto, mejor, porque de lo contrario a medida que avanza el tiempo, el movimiento de rechazo crece y se amplía de día en día.
Y no les falta razón. Este comienzo de siglo ha puesto de manifiesto que cada vez son más, y más renovados y activos, los sectores sociales que se oponen a la globalización neoliberal. Se inició el año con la sorpresiva asistencia de 100.000 personas al Foro Social Mundial y el aldabonazo fue la movilización del 15 de febrero contra la guerra en Irak. Pero no han sido las únicas. La quiebra social, política, económica, cultural y medioambiental que provoca la globalización neoliberal y las grietas que abre en la sociedad, alimentan a un movimiento que día a día, si bien de una forma más convulsiva que lineal y con diferencias de país a país, amplía el espacio de la acción social y el cuestionamiento del orden establecido. El último ejemplo lo ha constituido la enorme movilización contra la OMC en L'Arzac: cerca de 300.000 personas en pleno mes de agosto en un lugar apartado del sudeste francés, si bien esta movilización resulta incomprensible si no tomamos como referencia el hervor social en el que está instalado este país.
No es necesario insistir que a medida que el movimiento se amplía, los problemas a los que tiene que hacer frente son mayores, porque si bien hay que construir nuevas alianzas no hay que perder la vista de que la esperanza que ha alumbrado en el planeta desde que tomó carta de naturaleza reside tanto en la confrontación directa con el neoliberalismo, la ruptura con las políticas tradicionales de la izquierda, la construcción de consensos desde el respeto a la diversidad y pluralidad y una dinámica de movilización basada en la desobediencia civil y la acción directa no violenta. Elementos todos ellos que a medida que se amplían el espectro social y político que se va incorporando a las dinámicas de movilización va modificando la fisonomía del movimiento, pero a los que hay que prestar una atención permanente para ir desarrollando un movimiento en el que el binomio unidad-radicalidad no es un dato establecido, un punto de no retorno para el movimiento, sino un objetivo por el que trabajar que va a exigir un esfuerzo grande por hacer compaginar un consenso amplio con la preservación de espacios diversos para la movilización.
Pero el movimiento, la movilización no es un objetivo en sí mismo. Tiene razón de ser en la acumulación de fuerzas que genera para un cambio social radical, para el que es necesario desarrollar, también, el debate, la reflexión y la construcción de alternativas. Un espacio para ello han sido (y son) las contracumbres que se articulan ante eventos como el de Cancún, pero, cada vez más, este espacio está vinculado a la construcción de los Foros Sociales (mundiales, continentales o temáticos). Foros que se articulan como un espacio de encuentro para la reflexión en común,. la construcción de redes o la elaboración de agendas de lucha y movilización, y que permiten la participación de miles de activistas que por no formar parte de algún colectivo u organización (aún es muy grande el abismo entre el nivel de movilización y el de organización de los sectores más activistas y militantes) carecen de marcos estables de reflexión y debate. Esto hace que, en cierta medida, los Foros se conviertan en verdaderas escuelas de formación.
La rebelión zapatista de enero del 94 abrió un ciclo en la lucha de clases que revolucionó el espacio de la izquierda y de los movimientos sociales. No se una forma abierta, directa o lineal, sino a través los muy diversos túneles de la resistencia que irrumpieron de súbito en Seattle. Fue una irrupción que puso patas arriba todos los dogmas que se construyeron sobre la derrota del movimiento social, política y moral de los movimientos en el último cuarto del siglo pasado y hicieron de la TINA (There is not alternative) la religión de moda del stablishement y del postmodernismo el refugio de la derrota. Hoy cuando estamos a la puerta del décimo aniversario de este ciclo de lucha, los progresos dados son fuertes y lo aprendido mucho, pero aún seguimos instalados en la resistencia y la iniciativa sigue en manos del sistema.
Es cierto que cada vez el filo de la navaja es más estrecho, que el sistema se ve obligado al recurso de la guerra permanente y que quienes rigen las políticas neoliberales no se hartan de decir que uno de sus instrumentos fundamentales, la OMC, es como una bicicleta: si deja de correr, se cae. Por eso es importante ¡parar la OMC!, como rezan los slóganes de este año ante su V Conferencia Ministerial. Y lo podemos lograr: no en su próxima cumbre y durante una semana, sino tomando conciencia de que la OMC la constituyen los gobiernos y que la oposición que logremos levantar ante la cumbre de Cancún ha de servir de acicate para construir redes de movimientos que articulen la lucha en torno a los objetivos por los que nos vamos a movilizar del 9 al 13, pero enfrentados a los respectivos Gobiernos.
En vísperas de la cita en Cancún, las contradicciones dentro de la OMC auguran una cumbre difícil. Seria imprudente hablar de un nuevo fracaso como el de Seattle porque la historia nunca se repite y ellos aprende rápido, pero el hecho de que existan esas contradicciones es un exponente de su debilidad y un aliciente para empujar con más fuerza. Porque no somos mercancías y porque el mundo nos pertenece. A todas y a todos.
















