El "nuevo" curso político y social se anuncia especialmente conflictivo tanto a escala global como en el Estado español. En el plano internacional y bajo los efectos cada vez más visibles del despilfarro energético y del cambio climático como verdaderas amenazas, nos encontramos con que a la creciente inestabilidad que se está generando en Oriente Medio y al consiguiente desgaste interno de Bush y Blair por sus mentiras (repetidas por Aznar) sobre las armas de destrucción masiva de Sadam y las falsas promesas de la "hoja de ruta" en Palestina, se añaden la incertidumbre sobre las expectativas de recuperación económica y las tensiones entre los distintos polos de la "tríada" y las de éstos con el "Sur", como se ha podido comprobar en la "cumbre" de la OMC.
Ante ese panorama, movilizaciones como la de Larzac y, ahora, la de Cancún demuestran que nuestro "movimiento de movimientos" sigue adelante desafiando este (des)orden global. En Eurolandia nos vamos a encontrar también con un 2004 decisivo para el futuro de la Unión Europea ante el intento de las elites gobernantes de hacer aprobar, con el menor debate ciudadano posible, un proyecto de Tratado de Constitución Europea antidemocrático y neoliberal.
Aquí, la sucesión plebiscitaria de Aznar (deseoso ahora de copilotar el eje "euroatlántico" dentro de la UE) por Rajoy confirma la voluntad de una "derecha sin complejos" de continuar adelante en su política neoliberal en lo económico y social, autoritaria en el plano político y moral y neocentralista en el ámbito territorial. En esas condiciones, y aprovechando el "talante" del nuevo candidato (el de los "hilillos" del Prestige) para conectar mejor con el "cinismo político" dominante en amplios sectores de la población, que no ha hecho más que reforzarse ahora por las crisis de la Comunidad de Madrid y Marbella, el PP parece estar convencido de poder salir bien parado de las sucesivas confrontaciones electorales que vamos a vivir en los próximos tiempos.
Frente a una derecha presidida ahora por alguien que no ha ocultado en su primer discurso su voluntad de continuar defendiendo la "unidad de España", la alianza con Bush, la lucha contra la "inseguridad ciudadana" y la reducción de los gastos sociales, seguimos encontrándonos con una relativa frustración de la izquierda social tanto por la falta de éxitos sustanciales en el más masivo ciclo de luchas vivido desde la transición como por la incapacidad de la izquierda política para transformar esas movilizaciones en una derrota electoral del PP y en un cambio de rumbo. El retorno a primer plano de la corrupción y la consiguiente revelación televisiva de cómo funcionan los partidos y del escaso peso que tienen en ellos los ideales y valores que dicen defender no han hecho más que acentuar la crisis de credibilidad de la "clase política" y volver a una situación que había sido parcialmente superada el pasado 25-M por el deseo de castigar a Aznar entre muchos sectores abstencionistas. La tendencia al divorcio, cuando no al choque abierto, entre dos tipos de legitimidades -la electoral e institucional del partido en el gobierno, por un lado, y la de la movilización y la autoorganización social que en determinados temas puede obtener el apoyo de una mayoría de la ciudadanía, por otro- corre así el riesgo de acentuarse en el futuro.
Pero es precisamente la resignación de los y las de abajo la que pretende imponer el poder para así aumentar esa distancia entre lo que se expresa en la calle y lo que se refleja en las instituciones: el fracaso de ese proyecto depende de nuestra capacidad colectiva para relanzar la movilización social, para avanzar hacia la construcción de una "izquierda de izquierdas" y para saber poner en el centro de la agenda política la lucha por otra democracia, por los derechos sociales y por otra Europa solidaria con el "Sur" y, especialmente, con los pueblos iraquí y palestino. Un breve repaso a acontecimientos recientes y cercanos basta para recordar que no faltan razones para la protesta y la desobediencia social: la evidencia pública del poder de la burguesía inmobiliaria en el desarrollo de crisis como la de Madrid y Marbella mediante la configuración de lo que alguien ha definido como una nueva "clase pública-privada", producto de la asociación creciente entre el mundo de "la política" y el de los negocios; nuevos escándalos financieros como el de Eurobank, que confirma la creciente vulnerabilidad de un capitalismo "popular" en manos de especuladores; las muertes de trabajadores subcontratados en Puertollano, producto de la criminal impunidad de que hace gala la multinacional Repsol aprovechando la "flexibilización" del mercado laboral; la ola de despidos en grandes empresas y el deterioro creciente de la educación, la sanidad pública y las pensiones; la elaboración de una Ley de Movilización del Ejército español, que pretende encubrir el rotundo fracaso que ha supuesto la campaña publicitaria tan costosa para reclutar a un puñado de mercenarios de un Ejército profesional cada vez más inseguro (recordemos el accidente aéreo e Turquía) y que aparece ya como el subalterno de las tropas USA ocupantes de Iraq; o la campaña gubernamental por el aumento de la tasa de natalidad "autóctona", mientras se sigue poniendo trabas a la inmigración. Por no hablar de la obsesión por criminalizar no sólo el Plan Ibarretxe sino también intentos moderados de reforma del Estado de las autonomías como el de Maragall, pretendiendo así fomentar un nacionalismo español con un tinte cada vez más cerrado tanto frente a las otras identidades nacionales de base territorial existentes en el Estado como ante las nuevas identidades culturales de las que es portadora la población inmigrante. O, en fin, la vergonzosa campaña desatada contra Fermín Muguruza y Manu Chao acusándoles, directa e indirectamente, de "cómplices de los terroristas"...
Urge, por tanto, un reforzamiento de las redes ciudadanas que han ido desarrollándose en el último ciclo de luchas y, en particular, un mayor protagonismo de la nueva generación que se ha incorporado a ellas, con el fin de ir promoviendo una nueva cultura política crítica del capitalismo, capaz de contrarrestar las basadas en el cinismo, la resignación o la desesperación. También habrá que contar, si realmente queremos ir cambiando las relaciones de fuerzas, con los sindicatos, los partidos de izquierda y las diferentes organizaciones sociales que estén dispuestas a alcanzar la mayor unidad de acción posible en torno a los ejes que deberían guiar la voluntad común de frenar las políticas del PP y de la coalición de fuerzas actualmente hegemónica dentro de la UE -y en la que no podemos ignorar la presencia de gobiernos socialdemócratas y verdes y de personajes como Solana, autor de la traducción europea de la doctrina de la "guerra preventiva". En ese marco de construcción de espacios de resistencia y de nuevos "laboratorios" para el ensayo de alternativas, la celebración del próximo Foro Social Europeo en noviembre en París y el debate sobre la Constitución Europea a lo largo del próximo año serán dos pruebas fundamentales para valorar hasta qué punto habremos avanzado también en el desarrollo de otra política y de otra izquierda, a la altura de los retos imperiales. En ese contexto también se debería situar el debate preparatorio de la VII Asamblea Federal de IU, ya que habrá que optar entre dejarse deslizar por la pendiente de una izquierda subalterna del social-liberalismo o, por el contrario, decidirse a apostar, sin complejos, por un proyecto diferente, autónomo y al mismo tiempo alejado de sectarismos, anticapitalista y alternativo. Por este último camino estamos convencidos de que será más fácil combatir las tendencias abstencionistas ante las próximas confrontaciones electorales de Madrid y Catalunya.
















