Iraq: la lucha de la resistencia por la liberación nacional
antiguerra | Iraq

G. Buster

A medida que se acercan las elecciones presidenciales en EE UU, el próximo 2 de noviembre, es cada vez más evidente que las tropas de ocupación aliadas han perdido no solo el control militar sino también el político en Iraq. Basta con mirar los informativos en televisión para ver cada día como se suman a la resistencia contra las fuerzas de ocupación distintos sectores de la población iraquí, cada uno de ellos con sus métodos y forma de lucha específicos y, también, con objetivos distintos.

Desde la insurrección del Ejercito del Mahdi chiita, que acabó con la ruptura del cerco de Nayaf por los decenas de miles de manifestantes encabezados por el Ayatollah Sistani, hasta los últimos atentados en el corazón mismo de la “zona verde” de Bagdad, las tropas de ocupación aliadas se han visto reducidas cada vez mas a la opción de retirarse y perder el control de zonas enteras del país o recurrir a métodos de terrorismo colonial indiscriminado desde el aire.

En cualquier caso están perdiendo la batalla política, que es la más importante. El Gobierno provisional títere de Iyad Allawi no cuenta con otro apoyo que el del exilio pro-norteamericano –engrasado en las comisiones de los contratos de reconstrucción- y las tropas de ocupación. Cada vez que la policía iraqui se ha enfrentado a las distintas fuerzas de la resistencia, se ha dividido y una parte importante ha desertado con armas y bagajes. El objetivo de EE UU era la celebración de elecciones en enero. Pero hasta el propio Kofi Annan ha salido a la palestra para afirmar que Naciones Unidas considera que estas elecciones son imposibles y, de paso, para denunciar como ilegal la guerra y la invasión de Iraq.

Objetivo, bloquear las elecciones

El principal objetivo táctico de la resistencia es hacer imposible las elecciones amañadas del Gobierno de Allawi y bloquear todo proceso de legitimación institucional de la ocupación. Y esta teniendo éxito, sin lugar a dudas, aunque a un terrible coste de vidas humanas iraquíes. Queda abierta la cuestión de que pasará después.

Se trata de algo que también se esta dilucidando en la resistencia. Iraq se ha sumido en la anarquía y los distintos grupos étnicos, religiosos y sociales luchan por establecer su correlación de fuerzas a través de grupos armados y movilizaciones de masas. El elemento terrorista islámico rádical de Al Qaeda está sin duda presente, sobre todo en los ataques indiscriminados contra la población civil iraquí. Pero lo mismo hacen las fuerzas de ocupación en sus represalias. La mayoría de la resistencia, sin embargo, esta detrás de las distintas fuerzas nacionalistas y religiosas que llevan a cabo una guerra político-militar de liberación nacional. Es utópico pensar que esta situación pueda surgir un modelo consensuado de solución política, pero no es indiferente que sí haya un amplio consenso sobre que debe ser una estructura federal, con amplia autonomía para todas las minorías, y legitimado en las urnas.

La lucha de la resistencia, además de bloquear el proceso de institucionalización del régimen títere, busca tener un efecto indirecto en las elecciones presidenciales de EE UU y contribuir a la derrota de Bush. Ello haría más difícil, a medio plazo, el mantenimiento del despliegue de las tropas de ocupación ante el acoso militar de la resistencia y las movilizaciones pacíficas de protesta. Es probable también que si hay una derrota electoral de Bush, los grandes países de la zona, Iran y Siria, incrementen rápidamente su influencia dentro de Iraq.

Organizar la solidaridad

En Europa y EE UU, aunque el movimiento contra la guerra ha perdido en parte capacidad de movilización y los secuestros y asesinatos de cooperantes criminalizan la acción de toda la resistencia, es fundamental mantener la solidaridad con el pueblo iraqui en su lucha de liberación nacional. A medida que esta avance las distintas opciones políticas que la componen se irán definiendo con mayor claridad. Y la solidaridad política también deberá perfilar sus objetivos tanto sobre el futuro de Iraq como el de la región, en especial sus conexiones con el conflicto árabe-israelí y la crítica situación en Palestina tras la construcción del muro.

Por ello las formas de organización de la solidaridad también deben adaptarse a las nuevas circunstancias. Mantener las movilizaciones más amplias con la solidaridad específica de comités en los que sea posible una discusión política en profundidad y la coordinación para tareas concretas de solidaridad humanitaria con el pueblo iraqui y con las fuerzas de izquierdas de la resistencia que, aunque débiles, también existen en Iraq y en todo Oriente Medio.