De qué hablamos cuando hablamos de productividad
ecología

Jorge Riechmann

Una tendencia histórica del capitalismo industrial ha sido producir cantidades crecientes de bienes y servicios con cantidades decrecientes de trabajo. Ahora bien, los comienzos de la Revolución Industrial tuvieron lugar en un “mundo vacío” en términos ecológicos, y –consiguientemente— la preocupación por la productividad de las materias primas y la energía fue solamente marginal. Los recursos naturales y el capital natural se consideraban prácticamente “bienes libres”. La situación ha de cambiar radicalmente en un “mundo lleno” o saturado (en términos de espacio ambiental).

Observemos que la racionalidad económica requiere que se maximice la productividad del factor de producción más escaso. Ahora bien: entre los tres factores clásicos de producción --trabajo, capital y tierra/naturaleza--, a largo plazo –y ya en nuestro “mundo lleno”-- la naturaleza es el factor de producción más escaso. En efecto: la fuerza de trabajo es reproducible si existen alimentos y recursos naturales; el capital es reproducible si existe trabajo y recursos naturales; pero la naturaleza no es reproducible de la misma forma. Existen recursos naturales --los combustibles fósiles, por ejemplo-- que se están agotando irreversiblemente, los recursos renovables se vuelven en la práctica no renovables cuando se sobreexplotan, muchos ecosistemas están degradándose irreversiblemente. “La evolución de la economía humana ha conducido de una era en la que el capital manufacturado era el factor limitante para el desarrollo económico a otra era en la que el restante capital natural se ha convertido en el factor limitante”, ha escrito Herman E. Daly.

Ecoeficiencia: El incremento de la productividad en el uso de la naturaleza

En el “mundo vacío” de los comienzos de la industrialización, donde el factor trabajo escaseaba y el factor naturaleza abundaba, tenía sentido concentrarse en la productividad humana; en un “mundo lleno” en términos ecológicos, donde la situación es inversa (el factor trabajo abunda y el factor naturaleza escasea), hay que invertir en protección y restauración de la naturaleza, así como buscar incrementos radicales de la productividad con que la empleamos. Se trata de la importante cuestión de la ecoeficiencia.

Me parece importante insistir en este punto precisamente en la España de 2004, cuando se ha generalizado el diagnóstico de que el modelo productivo de los últimos decenios está agotado y se buscan salidas por el lado de la productividad. El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y –por ejemplo— fuerzas sociales como los sindicatos CC.OO. y UGT comparten un análisis que más o menos es el siguiente: España tiene que sumarse al objetivo europeo de desarrollar una economía más productiva e innovadora, fortaleciendo el tejido productivo sobre la base de competir con calidad y valor añadido –y no en el ajuste de precios a la baja--. Jaime Montalvo –presidente del Consejo Económico y Social-- pide “nuevas especializaciones productivas con mucho más valor añadido”, y CC.OO. en su 8º Congreso Confederal se ha dado el objetivo de “promover un modelo de desarrollo sostenible, basado en la gestión adecuada de los recursos, en el conocimiento, en la inversión tecnológica, en la empresa innovada y socialmente responsable, y en la mejora de la productividad del factor trabajo”.

Esto último es sin duda importante, en un país donde la productividad laboral casi se ha estancado desde 1996 (con crecimientos en torno a un magro 0’5% anual). Se confía en que una política decidida de aumento de la productividad laboral conducirá a reducir los costes laborales unitarios, aumentar la competitividad y con ella las ventas de las empresas, y por esta vía consolidar y hacer crecer el empleo. Ahora bien: hay que insistir en que todavía más se ha descuidado, y no durante años sino durante decenios, la productividad del factor naturaleza: la eficiencia con la que empleamos los materiales y la energía para producir bienes y servicios.