Familia y opresión sexual
mujeres

Estela Fernández

En los últimos años se ha puesto de actualidad, casi diaria, la violencia contra las mujeres, generalmente en el entorno familiar. Desde las instituciones se intenta abordar el tema y dar respuestas que minimicen las repercusiones nefastas que esta violencia tiene para las mujeres. De todas las medidas tomadas hasta ahora la más significativa es, sin duda, la Ley Integral contra la violencia de género.

Todas las medidas que se toman para evitar las agresiones y la muerte de mujeres, así como las campañas de sensibilización, son bien acogidas por la sociedad, pero a pesar de ello las agresiones no desaparecen y persiste, en una gran parte de la sociedad masculina, pero también femenina, la tendencia a la exculpación del agresor y a culpabilizar a la víctima, incluso en algunas sentencias: “ella se lo habría buscado”, “alguna cosa habría hecho”, “era provocativa”... En el mejor de los casos hay una respuesta solidaria, de denuncia y de demanda de soluciones.

Hoy por hoy no se vislumbra una solución que pueda acabar con las agresiones a las mujeres ya que no se analiza cual es la causa y el origen psicológico y sociológico de las mismas y cuales son los mecanismos por los que se trasmiten de generación a generación.

Cuando hablamos de “género” nos referimos a los aspectos psicológicos, sociales y culturales que se le asignan a cada sexo y que varían según las sociedades, el tiempo y el lugar donde se desarrollan. Se simboliza lingüística y culturalmente en “masculino”, hombre y “femenino”, mujer. Es decir el género es una construcción social y cultural que se hace en base a la diferencia biológica. Estas construcciones socioculturales, en un momento dado se tornan en desigualdad social dando lugar a relaciones de poder entre hombres y mujeres. Esta desigualdad es aprovechada por los hombres para poner en desventaja a las mujeres en unas relaciones de sometimiento dando origen a la “opresión sexual”.

Estas relaciones de poder se aprehenden en el proceso de socialización comenzando en la familia y continuando en otras instituciones, escuela, iglesia...

Origen de la opresión sexual

F. Engels en “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado” (1884),
afirma que la opresión de la mujer surge con la implantación de la familia patriarcal y monógama, el desarrollo de la propiedad privada, la consiguiente división del trabajo, y la creación de las superestructuras estatales que aparecieron para proteger dicha propiedad privada.

El desarrollo en la producción, especialmente en la ganadería y la agricultura, permitieron acumular más fortuna lo que a su vez conllevó nuevas relaciones sociales que cambiaron las relaciones de género. La riqueza pasó de colectiva a privada y a pertenecer al hombre; la mujer reproductora de nuevas vidas empezó a ser intercambiada por productos de valor, es decir a ser comprada. El derecho materno y la filiación femenina son sustituidos por la filiación masculina y el derecho hereditario paterno, dando origen a la familia patriarcal que junto al paso del matrimonio sindiásmico a la monogamia asegura la “fidelidad de la mujer, y por consiguiente, la paternidad de los hijos”; la mujer es entregada sin reservas al poder del hombre; “cuando éste la mata, no hace más que ejercer su derecho”.

Bajo el capitalismo, con el desarrollo de las máquinas y la nueva tecnología la mujer accede al trabajo fuera del marco familiar y se crean las condiciones para superar la división del trabajo entre hombres y mujeres, y la situación empeora. Además de la explotación asalariada, éstas han de soportar una doble jornada; su trabajo productivo es secundario y socialmente poco valorado, su trabajo en el hogar no es reconocido (mi madre no trabaja), su función primordial continua siendo la reproducción biológica y la atención a las necesidades físicas, afectivas y morales de toda la familia y a la organización y mantenimiento del hogar, su espacio es privado. Como en el capitalismo el valor viene dado por la posesión de dinero y el trabajo doméstico no produce valor, la mujer tiene menos poder y sigue sometida al hombre. Los maridos consideran a sus mujeres propiedad privada y como tal pueden hacer con ellas lo que quieran, incluso la agresión y la muerte, “la maté porque era mía”.

Cabría pensar que con la desaparición de la propiedad privada y la división social del trabajo la situación de la mujer cambiaría pero ello no ha sido así, porque el lugar de su opresión es el hogar y las relaciones que se establecen en él; la mujer antes que trabajadora es madre y esposa. Si bien hay constancia de que en los primeros años de la Revolución Rusa se hicieron esfuerzos por abolir el patriarcado, posteriormente, bajo Stalin, se retomaron los valores de la familia patriarcal.

La opresión sexista se da en el marco de la familia patriarcal y los roles de género han sido impuestos por ésta y por las leyes, la iglesia, la escuela... a través del proceso de socialización. De acuerdo al sexo y al lugar donde vivimos, la sociedad tiene una idea de cómo debemos comportarnos por ser hombres y mujeres. Esta idea va cambiando y actualmente hay muchas mujeres que no piensan en el matrimonio y el hogar como la forma de realizarse; así mismo, cada vez son más los hombres que quieren asumir los trabajos domésticos y se corresponsabilizan del cuidado de los hijos e hijas; pero la supresión de la discriminación sexual pasa por la supresión de las estructuras sociales: familia, propiedad privada, estado... que producen dicha discriminación y por la modificación de los códigos de comportamiento y lingüísticos que orientan hacia una determinada concepción de la organización social e individual.

Depende de las y los jóvenes el transformar ésta realidad. Pero en una sociedad capitalista es imposible erradicar la opresión de la mujer por completo. Es necesario derrocar el sistema capitalista y sus instituciones y construir un sistema libre de opresión.