El Imperio Americano: ¿Pax Americana o Pox Americana?
antiguerra | resistencia

John Bellamy Foster y Robert W. McChesney
/ Monthly Review *

El 10 de junio, 1963,
el presidente John F. Kennedy hizo un discurso en un acto de colación
de grado en la Universidad Americana de Washington, D. C., donde
declaró que la paz que los Estados Unidos anhelaban no era “una Pax
Americana imponiendo al mundo las armas americanas de guerra”. Su
aclaración fue una respuesta a las críticas al avance estadounidense en
un texto soviético sobre estrategia militar recientemente publicado.
Kennedy desmintió la acusación de que “los círculos imperialistas
americanos” estaban “preparándose para lanzar diferentes tipos de
guerras” incluyendo la “guerra preventiva”. El texto soviético, señaló,
declaró que “los objetivos políticos de los imperialistas americanos
eran y son esclavizar económica y políticamente a los europeos y a
otros países capitalistas y, luego de que éstos sean transformados en
herramientas obedientes, para unificarlos en varios bloques
político-militares y grupos dirigidos contra los países socialistas. El
principal objetivo de todo esto es lograr la dominación del mundo”. En
palabras de Kennedy, estas “son declaraciones completamente infundadas
e increíbles”, obra de “propagandistas” marxistas. “Estados Unidos,
como el mundo sabe, nuca comenzará una guerra”. (1)

A pesar de las rotundas negaciones, la noción de una
“Pax Americana” que imponga las armas americanas se convertiría en la
designación preferida para aquellos que intentaban justificar lo que
era retratado como un Imperio Americano benévolo. Así, en este libro
muy leído, Pax Americana, publicado por primera vez en 1967 durante la
guerra de Vietnam, Ronald Steel escribió sobre “el imperialismo
benévolo de la Pax Americana” caracterizado por “la construcción de un
imperio por fines nobles en lugar de por motivaciones como la ganancia
y la influencia”. Hay un capítulo del libro de Steel sobre la ayuda
exterior como un “elemento del imperialismo” titulado “El Peso del
Hombre Blanco”, retomando el celebrado poema de Rudyard Kipling que
llamaba a que Estados Unidos ejerciera un rol imperialista en Filipinas
luego de las guerras hispano-americanas de 1898 (2) . Esas explícitas
visiones imperiales, suprimidas en su mayor parte en los Estados Unidos
después de la derrota americana en Vietnam, ahora han vuelto a la
surgir en un mundo de post-Guerra Fría marcado por las guerras
estadounidenses en Afganistán e Irak y por un “Guerra contra el
Terrorismo” permanente liderada por EE.UU. Nuevamente oímos al
establishment llamar a la “defensa de la Pax Americana” e incluso la
vuelta del viejo clamor a retomar “El Peso del Hombre Blanco”.

Kennedy pintó a la expansión militar de los Estados
Unidos como un intento de contener al comunismo. Hoy ya no hay Guerra
Fría. Ya no está la Unión Soviética. Sin embargo, a principios del
siglo XIX Estados Unidos es visto por la población mundial, más que
nunca antes, como una potencia imperialista, imponiendo su voluntad
unilateralmente por la fuerza de las armas. Después de la caída de la
Unión Soviética hemos visto las más grandes intervenciones militares
por parte de Estados Unidos en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
La máquina militar estadounidense ha lanzado guerras convencionales a
escala completa en Medio Oriente. Estados Unidos ahora tiene bases
militares en sitios como el Asia Central que antes estaban fuera del
alcance del Imperio Americano. En la invasión de 2003 a Irak,
Washington dejo en claro que estaba dirigiendo una guerra preventiva a
la luz de la amenaza potencial representada por las armas de
destrucción masiva que podrían ser utilizadas contra Estados Unidos. El
hecho de que no hubiera evidencia de la existencia de tales armas antes
de la guerra no pareció importar porque se consideró suficiente una
declaración de la administración diciendo que existían. Y tampoco
pareció importar que luego de la guerra no se encontraron esas armas ya
que una vez que la invasión tuvo lugar la nueva realidad en Irak lo
dictaba todo. De este modo el imperialismo produjo sus propias
justificaciones.

Más que romper con la historia previa de EE.UU.
estas acciones militares recientes representan la continuación y la
aceleración de un viejo patrón -que viene desde por lo menos la segunda
mitad de lo años '40. Las principales intervenciones norteamericanas,
tanto abiertas como encubiertas, incluyen: China (1945),
Grecia (1947–49), Corea (1950–53), Irán (1953), Guatemala (1954),
Indochina (1954–73), Líbano (1958), el Congo (1960–64), Cuba (1961),
Indonesia (1965), República Dominicana (1965–66), Chile (1973), Angola
(1976–92), Líbano (1982–84), Granada (1983–84), Afganistán (1979–1989),
El Salvador (1981–92), Nicaragua (1981–90), Panamá (1989–90), Irak
(1991), Somalia (1992–94), Haití (1994), Bosnia (1995), Yugoslavia
(1999), Afganistán (2001–presente), e Irak (2003–presente). La enorme
escala de intervención militar estadounidense se hace evidente en el
hecho de que sus bases militares rodean el planeta. Chalmers Johnson
escribió en sus Dolores del Imperio, "A diferencia de otros pueblos en
esta tierra, la mayoría de los americanos no reconoce -o prefieren no
reconocer- que Estados Unidos domina el mundo a través de su poderío
militar. Debido a los secretos del gobierno, muchas veces ignoran el
hecho de que su gobierno vigila el planeta. No se dan cuenta de que una
vasta red de bases militares americanas en todos los continentes
excepto el Antártico de hecho constituye una nueva forma de imperio.”
(3)

Los objetivos primarios del imperialismo
norteamericano siempre han sido abrir oportunidades de inversión para
las corporaciones estadounidenses y permitir que esas corporaciones
obtuvieran acceso preferencial a recursos naturales cruciales. En tanto
que esa expansión promueve la hegemonía norteamericana, tiende a
incrementar la competitividad internacional de las firmas
estadounidenses así como los beneficios de los que gozan. Al mismo
tiempo el imperialismo norteamericano promueve los intereses de otros
países centrales y del capitalismo de conjunto, siempre y cuando esto
esté en concordancia con los requerimientos de EE.UU. Tales metas, sin
embargo, ponen frecuentemente a Estados Unidos en conflicto con otros
estados imperialistas ya que un imperio, por definición, es una esfera
de explotación en la cual un solo poder imperial juega un rol
dominante. Además, la lógica del imperio milita en contra de todos los
intentos por cambiar el status quo en la periferia del sistema –si no
en el mismo centro.

Por estas razones el militarismo y el imperialismo
son inseparables para el capitalismo estadounidense, como lo son para
el capitalismo de conjunto. A pesar de tener un gasto militar que es
casi tan grande al de los otros estados combinados, Estados Unidos se
encuentra constantemente con la necesidad de más armamentos, nuevos
sistemas de armas, y más soldados. Como se apoya cada vez en lo militar
para mantener, y donde es necesario restituir, su hegemonía económica y
política a escala global el problema de la expansión imperial se hace
crónico y avasallante.

Al final de la Guerra de Vietnam se le había caído
la máscara al Imperio Americano. En 1970 Steel sacó una edición
revisada de Pax Americana con un nuevo capítulo final titulado “¿No más
Vietnams?” La idea fuerza de este nuevo capítulo, escrito en un período
marcado por la alarmante derrota estadounidense en Vietnam, se oponía
completamente a la de los capítulos que le precedían. “Después de
Vietnam, la República Dominicana, y la junta griega”, escribió Steel,
“no es tan fácil para un presidente norteamericano hablar con la frente
en alto de la política exterior de la nación basada en la ‘liberación
del hombre’ o la ‘supervivencia de la libertad’.” (4) Pax Americana fue
revelado como un puro y simple imperialismo.

No obstante, el Imperium Americano no se desvaneció
con esta pérdida de “rostro”. El momentum detrás de ese imperialismo
permaneció. Washington se aferró a su imperio esperando nuevas
oportunidades de expansión. El imperio contraatacó a fines de los años
’70 y en los ’80 bajo Carter y Reagan. La rápida decadencia y caída de
la Unión Soviética a principios de los ’90 abrió el camino para una
intervención militar estadounidense a escala completa en Medio Oriente
por primera vez, que comenzó en la Guerra del Golfo de 1991 entre
Estados Unidos e Irak. Ya no sólo interviniendo contra momentos
revolucionarios, Estados Unidos, ahora la única superpotencia, hizo
saber al mundo que cualquier cambio sustancial en el status quo global
en cualquier dirección se enfrentaría a la avasalladora fuerza. Tomando
nota de esto, Harry Magdoff y Paul Sweezy escribieron en un artículo de
julio-agosto de 1991 titulado “Pox Americana”:

Estados Unidos, al parecer, se ha encerrado en un
curso con las más graves implicaciones para todo el mundo. El cambio es
la única verdad certera del universo. No puede ser detenido. Si a las
sociedades no se les permitiera tratar de resolver sus problemas a su
propia manera, seguramente no los resolverán de la manera en que otros
se lo indiquen. Y si no pueden ir hacia delante, inevitablemente irán
hacia atrás. Esto es lo que está sucediendo en una gran parte del mundo
hoy, y Estados Unidos, la nación más poderosa con ilimitados medios de
coerción a su disposición, parece estar diciéndoles a los otros que
esto es un destino que debe ser aceptado so pena de la destrucción
violenta. (5)

Con el creciente número de muertes tanto de iraquíes
como de soldados norteamericanos durante otra guerra y ocupación, con
las atrocidades y la tortura inflingidas por Estados Unidos en la
prisión de Abu Ghraib y en otras partes que provocaron protestas en
todo el planeta, con el crecientemente evidente barbarismo de la
intervención americana en Irak en todos sus aspectos, es más difícil
que nunca mantener la ilusión de una “imperialismo benévolo de Pax
Americana”. El Imperio Americano realmente se ha convertido en Pox
Americana ante los ojos del mundo, se ha convertido en una necesidad
urgente exponer su funcionamiento interno. Si Estados Unidos parece
retorcido, como lo sugirieron Magdoff y Sweezy hace más de una década,
al interpretar “Sansón en el templo de la humanidad” al menos ahora hay
una conciencia creciente de este hecho a nivel mundial. La tarea
inmediata es profundizar esta comprensión crítica de las formas que
ayudarán a la humanidad prepararse para las más grandes luchas
anti-imperialistas que están por venir.


Notas

1) John F. Kennedy, “Discurso del Acto de Colación
de Grado en la Universidad Americana” [“Commencement Address at
American University”] 10 de junio, 1963.
http://www.jfklibrary.org./j061063.htm; V. D. Sokolovskii, Estrategia
Militar Soviética [Soviet Military Strategy] (Englewood Cliffs, N.J.:
Prentice-Hall, 1963), 149; publicado originalmente en la Unión
Soviética en 1962 bajo el título Estrategia Militar. En este discurso
Kennedy sustituyó elipses de la parte principal de la cita ofrecida.
Aquí citamos el mismo pasaje, reubicando las elipses en el texto
original.
2) Ronald Steel, Pax Americana (New York: Viking Press, 1967), 16–17, 268, 336.
3)
Chalmers Johnson, Los Dolores del Imperio: Militarismo, Secreto y el
Fin de la República [The Sorrows of Empire: Militarism, Secrecy and the
End of the Republic] (New York: Henry Holt, 2003), 1.
4) Ronald Steel, Pax Americana (New York: Viking Press, 1970), 334.
5) Harry Magdoff and Paul M. Sweezy, “Pox Americana,” Monthly Review, 43: 3 (Julio-Agosto 1991), 1–13.

 
* Traducción de Victoria Rouge, especial para Panorama Internacional