Elecciones presidenciales en Estados Unidos: Una perspectiva desde la izquierda
política | Estados Unidos

James Petras / Rebelión
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El aspecto más significativo de las elecciones presidenciales en Estados
Unidos es el desastroso deslizamiento de todo el espectro político hacia la
derecha. Los reaccionarios cambios fundamentales en la Constitución de
Estados Unidos, la legislación social, la política y las leyes
internacionales, así como la experiencia histórica se han convertido en el
lenguaje común de los dos principales candidatos en estas elecciones, sin
que ello haya provocado manifestaciones populares masivas o protestas de
intelectuales de la mayoría de la izquierda.

La Patriot Act en su versión original y en las revisiones posteriores, ha eliminado de hecho los derechos fundamentales y la seguridad de los ciudadanos ante detenciones arbitrarias por parte del Estado. Pero ambos
candidatos la han respaldado. La Seguridad Nacional del Estado se ha
convertido en el eje de las campañas de los dos partidos.

Ni los candidatos ni los partidos han afrontado los problemas de los
trabajadores afro-estadounidenses o Latinos, excluidos de hecho de los
debates públicos. La exclusión programática de las "minorías" tiene mucha más importancia que la exclusión del registro de electores de la que tanto
se ha hablado en los medios de comunicación, y la consecuencia, según
estiman los expertos, es que cerca del 60% de los electores de esas minorías
no votarán. Los resultados de la exclusión de hecho en la participación
electoral nacional serán un poco más altos que los que se producían durante
la época de la exclusión legal en el Sur.

El tema central del debate económico entre Bush y Kerry ha sido el déficit presupuestario federal, no la pobreza, la vivienda, la sanidad, el salario mínimo o los insuficientes ingresos familiares. Ambos candidatos defienden la austeridad fiscal aunque pretenden aumentar el gasto militar; y, aunque los Demócratas anuncian un pequeño incremento del gasto en educación, su
insistencia en reducir el déficit público y en aumentar los presupuestos
militares convierten sus promesas electorales en una farsa.

No se ha presentado propuesta alguna de nuevas leyes laborales que faciliten la organización de los sindicatos en el 91% del sector privado, que se
encuentra sometido por completo a la clase capitalista. Pero, a pesar de la
indiferencia absoluta de los candidatos a la presidencia, la mayor
confederación sindical- la AFL-CIO- ha gastado diez veces más dinero en el
millonario candidato del partido Demócrata, John Kerry, que en el trabajo de
afiliación de los trabajadores más pobres durante un año. El denominado "
Solidarity Institute" (Instituto de Solidaridad ) invirtió más dinero en la
financiación de los golpistas contra Chávez que en proteger los derechos de
los extremadamente explotados obreros agrícolas de Estados Unidos.

La última reforma social del pasado todavía vigente- el programa de
jubilaciones del estado, la Seguridad Social (SS)-, se va a privatizar: Bush
defiende públicamente la privatización mientras Kerry afirma que la
Seguridad Social está en "crisis" y precisa de "ajustes". El anterior presidente demócrata, Clinton, inició el proceso de privatización con el nombramiento de una Comisión de los dos partidos que abrió la puerta a la
privatización "parcial" y propuso la prolongación de la edad de jubilación hasta los 67 años.

Pero incluso ante una inminente crisis sanitaria como la amenazadora
epidemia de gripe y la escasez de vacunas, ninguno de los candidatos se ha
mostrado dispuesto a tomar medidas que vayan más allá de la "solución que dé el mercado". Mientras millones de vulnerables ciudadanos estadounidenses van a enfrentarse a la enfermedad y se van a producir decenas de miles de
muertes evitables entre niños, mujeres embarazadas, ancianos y enfermos
crónicos, ninguno de los candidatos presidenciales ha propuesto que
intervenga el Estado para proteger la salud pública.

Los dos candidatos principales y sus partidos defienden las guerras
coloniales y las ocupaciones, no sólo las actuales en Irak, Afganistán y
Haití, sino las futuras en Irán, Corea del Norte, Cuba, Venezuela, Sudán y
dondequiera que el imperio exija. Ambos, asimismo, defienden que Estados
Unidos e Israel incumplan las leyes internacionales, y apoyan las
arbitrarias y masivas detenciones ilegales, los secuestros y asesinatos
extra-territoriales llevados a cabo por las "fuerzas especiales", y los ataques militares en lugares habitados por población civil. Así que, hoy en
Estados Unidos, la falta de respeto a las leyes se ha convertido en requisito para ser "presidenciable" y las diferencias entre los dos
candidatos se reducen a la forma de gestionar la imagen pública del Imperio
y en consultar o no con los aliados europeos. Todo el debate público
presidencial se ha centrado en cómo entablar las guerras coloniales, en cómo
acabar con la resistencia popular y en cómo aumentar la eficacia del
ejército, no en los aspectos legales, éticos o políticos de esas guerras. En
otras palabras, todo el espectro político ha quedado reducido a un marco
ideológico en el que la única preocupación es la eficacia en el gasto de
EE.UU. y no los millones de personas sin hogar, los parados, y las víctimas coloniales, muertos y heridos, ni los centenares de miles de familias
aterrorizadas que viven entre escombros en Gaza e Irak.

Apenas ha habido debate sobre la política en Latinoamérica: los dos partidos respaldan el Plan Colombia, el Plan Andino, la instalación de más bases
militares estadounidenses y el ALCA. Las diferencias entre uno y otro
candidato se reducen a que Kerry quiere hacer compatibles una mayor
protección a los poco competitivos productores estadounidenses con el
supuesto "Mercado Libre" en Latinoamérica.

Es evidente que el giro hacia la derecha de la política estadounidense, que combina el liberalismo económico con el militarismo imperialista, comenzó
con la guerra de Afganistán en época de Carter, y con la desregulación
interior; se agudizó después con las guerras sucias de Reagan en
Centroamérica, la invasión de Granada y el masivo gasto militar; Bush padre,
extendió el imperialismo con la Guerra del Golfo y Clinton invadió los
Balcanes y desmanteló los programas de bienestar social para madres solteras
y sus hijos menores. El actual Gobierno de Bush ha codificado, formalizado y
explicitado las políticas liberales en el interior y las políticas bélicas
imperialistas llevadas a cabo por los presidentes que le precedieron,
republicanos y demócratas, de forma que cada vez que la izquierda opta por
el "mal menor" el espectro político se mueve más aún hacia la derecha.

La actual campaña electoral tiene lugar mientras se llevan a cabo dos
dilatadas guerras coloniales en las que EE.UU. se enfrenta a una masiva
resistencia, a un continuo incremento de víctimas y a un incremento de los
déficits comercial y presupuestario. Aún así, no existe una oposición
política a esas actuaciones coloniales. El dramático deslizamiento desde una democracia oficial burguesa a un estado colonial de seguridad se ha llevado
a efecto sin una oposición política significativa ni en el interior de los
dos partidos ni en los "movimientos sociales".

Desde una perspectiva histórica, uno de los aspectos más sorprendentes de
estas elecciones presidenciales- además del extremado giro hacia la derecha-
es el desmoronamiento de la "izquierda" y de los movimientos progresistas de oposición, ya que más del 90% de la izquierda y de los progresistas se han
concentrado en la campaña de apoyo a Kerry.

Los movimientos progresistas estadounidenses han experimentado un continuado
declive desde los días de las masivas protestas en la calles de Seattle
(1999) contra la Organización Mundial del Comercio (OMC), y las
manifestaciones multitudinarias de febrero de 2003 contra la guerra. Ahora,
en octubre de 2004, no hay gente en las calles para protestar- a pesar de
las brutales guerras coloniales y de la ocupación de Irak, Afganistán,
Palestina y Haití. ¿Dónde están todos los que protestaban? ¿ Adónde se han
ido los intelectuales "libertarios"? Los han encauzado con éxito para
apuntalar la candidatura de Kerry, que está a favor de la guerra y que apoya
a Sharon. En el corto espacio de dos años, se ha producido la transformación
de un movimiento pacifista masivo y vibrante, que aspiraba a la paz y la
justicia, en el apéndice frívolo de una campaña electoral a favor de un
multimillonario belicista. Esta "transformación" es el resultado de la falta de coraje y de dignidad de los más destacados líderes ideológicos de la
izquierda y de su miopía política. "Cualquiera menos Bush" es una "solución"
a corto plazo que sacrifica las posibilidades estratégicas y tácticas de los
movimientos de masas de los años 1999-2002. Y Lo más lamentable en esta
capitulación de la izquierda es el hecho de que existe una tercera opción
real: Ralph Nader y Peter Camejo. Nader y Camejo está realizando una
decidida y valiente campaña por todo lo que peleaban los manifestantes de
Seattle y los pacifistas antes de su subordinación a Kerry: la oposición a
las guerras de Irak y Afganistán; la defensa de la soberanía de Venezuela
contra los Kerry-Bush que promovieron el golpe; la encendida defensa de los
palestinos contra el terrorismo de estado de Israel, y la exigencia de un
servicio nacional de salud de cobertura universal. Ante la oportunidad de
unirse a los dos o tres millones de votos que apoyarán a Nader/Camejo, los
"progresistas", las ONG, profesores, periodistas e intelectuales de Nueva York, Boston, Los Angeles, etc., no sólo apoyan a Kerry sino que difaman a
Nader y Camejo con las más graves descalificaciones personales. Una
izquierda avergonzada por su rendición ante el poder, trata de destruir a
los únicos candidatos que les recuerdan los principios en los que, al fin
cabo, se basa la política de izquierdas.

Ni la izquierda ni los progresistas muestran ningún tipo de oposición cuando Kerry defiende orgullosamente sus proezas bélicas en la guerra colonial de Vietnam. Para muchos progresistas de mediana edad, que consideran el éxito a
la oposición a la guerra colonial en Indochina uno de los hitos más
importantes de sus vidas, debe parecerles la más vergonzosa capitulación
ante una grotesca revisión de la historia. También los políticos negros
demócratas y conocidos creyentes permanecen mudos mientras Kerry ignora las
reivindicaciones de los trabajadores negros, y concentran sus esfuerzos en
los que denominan "electores de clase media" (blancos). El movimiento
feminista aclama a Kerry- incluso tras haber prometido que nombrará jueces
que están en contra del aborto libre. Ni las ONG de Seattle, ni los líderes
del movimiento pacifista ni los del movimiento "No en mi nombre" han
denunciado ninguna de las declaraciones belicistas de Kerry, ni tan siquiera
ante su propuesta de enviar otros 40.000 soldados estadounidenses a Irak. En
lugar de ello, muchos de los supuestamente "intelectuales progresistas" han
lanzado ataques difamatorios contra el demócrata e izquierdista Ralph Nader
por su programa pacifista. Cuando Kerry hizo público su apoyo incondicional
a Israel, en momentos en que Sharon mataba decenas de niños palestinos y se
estaba investigando a gentes del lobby judío por espiar en el Pentágono, la
izquierda estadounidense permaneció muda. Cuando las principales
organizaciones judías de Estados Unidos expresaban su apoyo a Bush y a Kerry
para convertir en objetivos a Irán y Siria y para suministrar a Israel
bombas de 2.000 libras de peso (N.T. cerca de una tonelada), los más
prominentes y prestigiosos intelectuales críticos judíos mantuvieron sus
bocas cerradas o las abrieron para atacar a Nader por sus críticas al
salvajismo de Israel.

Una de las más graves consecuencias de estas elecciones presidenciales ha
sido el espectacular colapso y desaparición de la izquierda durante el
enfrentamiento de los dos candidatos de la derecha. En elecciones
precedentes, incluso entre la izquierda que se decantó por la oportunista
estrategia del "mal menor", se produjeron continuas presiones de los
progresistas para incluir en la campaña electoral algunos temas sobre la
"paz" y las reformas sociales. En la actual, Kerry ignora por completo a la
izquierda, y acepta su apoyo sin tan siquiera reconocer su existencia. La
izquierda se ha desacreditado a sí misma, y ha hecho lo posible para dar a
Kerry un cheque en blanco con el que, si es elegido, pueda profundizar e
incrementar el colonialismo militar y las políticas retrógradas internas.

Tras las elecciones, la izquierda no podrá exigir nada a Kerry porque el
candidato no les ha hecho promesa alguna y podría contestar honradamente que
los "progresistas" sabían de antemano lo que iba a hacer: "continuar la
guerra (colonial) hasta conseguir la victoria".

Si aceptamos la discutible afirmación de que Estados Unidos es una
democracia, y los candidatos, de forma explícita y pública, defienden las
guerras coloniales, entonces habremos de admitir que todos los ciudadanos, y
en especial los intelectuales progresistas que voten por un candidato
belicista, asumirán una grave responsabilidad personal por las matanzas y el
pillaje que tienen lugar en Irak, Palestina, Haití y en otros lugares.
Después de las elecciones, sería indecente proclamar que la devastación
colonial que se lleva a cabo no se hace "en nuestro nombre".

El hundimiento de la izquierda en Estados Unidos no es una mera cuestión de
la campaña presidencial ya que tanto si gana Bush como si lo hace Kerry,
cualquiera de ellos continuarán con nuevos bríos las sangrientas guerras
coloniales tal como han prometido, y la izquierda habrá perdido su
credibilidad y respeto. Enfrentados a un futuro de guerras, represión y
regresión social la cuestión que se plantea es la de cuándo, dónde y cuánto
tiempo pasará hasta que emerja una nueva generación política que se niegue a
ser cómplice de las guerras imperiales y grite la verdad ante los poderosos
sobre Palestina, la resistencia iraquí, los empobrecidos haitianos, y la
necesidad de nuevos movimientos sociales y políticos en Estados Unidos.
 

* Traducido para Rebelión por Felisa Sastre