El "efecto Stoiber"... y el "defecto Schroeder"
política | Alemania

Las elecciones bávaras del 21–S y el colapso electoral de la "terceira vía"

Por Mundo

El domingo pasado se celebraron en Baviera las elecciones al parlamento regional o Landtag. Con un mínimo histórico de participación (57,3%), los escaños se reparteron como sigue: el partido conservador, Unión Social Cristiana (CSU), obtuvo 124 escaños (60,7%); el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), 41 escaños (19,6%); y Los Verdes, 15 escaños (7,7%). Las restantes formaciones políticas, incluido uno de los cuatro partidos del establishment berlinés (el liberal FDP), se quedaron sin representación parlamentaria al no superar la barrera del 5% que fija la ley electoral. Pero el principal dato es que, por vez primera en la historia de la República Federal de Alemania, un partido, la CSU, consigue la maioría parlamentaria cualificada de dos tercios que le permitiría promover reformas constitucionales en su propio Estado federado (land). Se trata de un hecho sin precedentes en la historia electoral y constitucional de la posguerra que sorprende incluso en un Land en el que, de hecho, esta misma derecha había conseguido ya porcentajes mayores (en 1974, por ejemplo, obtuvo el 64,7% y en 1982, el 65,2%).

Lo sorprendente del resultado, por tanto, no radica tanto en la dimensión cuantitativa del mismo como en su aspecto cualitativo, esto es, en la crisis abierta entre las constituciones formal y material bávara y alemana que podemos constatar en variables como las posibilidades constitucionales de una mayoría cualificada de 2/3 de los escaños, la ausencia de una oposición fuerte, etc. (para una contextualización en el conjunto de la política alemana véase, Viento Sur, n° 65, p. 7). Considerada la dimensión cualitativa de estas elecciones, las claves explicativas del resultado más parecen apuntar a lo ocurrido en el polo izquierdo del espectro político que en su polo opuesto.

De hecho, si tenemos en cuenta el espectacular incremento de la abstención (+12,5% respecto a las anteriores elecciones; +25,1% respecto al máximo histórico de participación) parece evidente que la CSU no incrementa su potencial movilizador electoral directo. El resultado social-cristiano, aún considerado en todas las ventajas que sin duda ofrecerá al gobierno representativo un gobieno sostenido por 2/3 de la cámara de representantes, es un resultado extremadamente inseguro y que apunta más bien a un importante incremento de la conflictividad social fruto del abuso de las enormes posibilidades gubernamentales (no deja de ser interesante considerar comparativamente lo que ha sido el caso francés desde la abrumadora victoria de Raffarin).

Por su parte, el SPD bávaro se derrumba y obtiene el peor resultado de toda su historia (–9,1 % respecto a las elecciones precedentes; –19,2 % en relación al mejor resultado histórico socialdemócrata). Este fracaso tan estrepitoso sólo puede ser comprendido por una deserción masiva de los sectores tradicionales del electorado socialdemócrata; deserción que lo es también de un régimen político que durante décadas exhibió el modelo más acabado de Estado capitalista neocorporativo. Con todo, creer en una eventual reactivación reivindicativa de los segmentos de la clase trabajadora implicados en este abandono masivo del proyecto de la tercera vía, dista mucho de lo que a día de hoy podrían constituir las bases sociales de un proyecto alternativo.

Unas elecciones en clave federal.

En un ambiente claramente marcado por la política federal, estos resultados no escapan a una lectura que va más allá de las fronteras del llamado Estado libre de Baviera. En efecto, un año después de las elecciones federales que tan ajustadamente prolongaron el gobierno roji-verde de Gerhard Schroeder, el por entonces candidato de la oposición democristiana y presidente de Baviera, Edmund Stoiber, también sometía a las urnas su trabajo al frente de la fracción parlamentaria del centro-derecha alemán, CSU/CDU. Al igual que en anteriores ocasiones, estas elecciones regionales se han convertido en un test importante para el gobierno de Berlín. Sin duda, la candidatura de E. Stoiber constituía todo un aliciente para enfocar el debate electoral como un pulso de ámbito federal particularmente propicio a la candidatura social-cristiana. Concebidas, por lo tanto, como unas elecciones de inequívocas implicaciones estatales, su resultado no puede ser más favorable al político democristiano; dentro, claro está, de los parámetros tradicionales de la política de la representación.

Cosa bien distinta es, no obstante, la crisis en la que se encuentra inmersa esta última, pues, por más que los grandes medios de comunicación de masas se hayan apurado en presentar el resultado como un llamamiento ciudadano al pacto con la derecha, en realidad, las cosas parecen apuntar más bien a un agotamiento de esta misma forma de hacer política, esto es, de la modalidad de gobierno representativo que lleva operando en la política alemana (desde la posguerra para el Oeste, desde la II Unificación de Alemania para el Este).

Algunos elementos para un análisis crítico.

En cierto sentido, la Socialdemocracia alemana (como el resto del social-liberalismo europeo) es víctima de una estrategia de la que vienen abusando desde hace mucho tiempo los dos grandes partidos alemanes, a saber: tensar al máximo las relaciones con sus respectivos electorados con el objeto de legislar con el máximo de libertad en los menguantes límites de la política que caracterizan la crise del parlamentarismo en la era de la globalización. Así, considerando que los principales efectos de este pulso al propio electorado no son otros que el incremento de la volatibilidad electoral y la disminución de la fidelidad de partido (desde que comenzó el actual ciclo electoral asistimos a una reducción constante de los índices de fragmentación del sistema de partidos), los partidos se saben en condiciones de desafiar a sus respectivos electorados dada la ausencia de opciones alternativas en el cuadro de la política de la representación.

Se trata, en principio, de una estrategia de costes calculados que procura optimizar los márgenes gubernamentales: si el votante va para la abstención y el adversario no moviliza lo suficiente, siempre cabe la posibilidad de seguir en el poder con un máximo de rentabilidad. Desde el [i]modus operandi[/i] de la política de la República de Bonn es un riesgo asumible, desde lo que está siendo la política de la República de Berlín, esto mismo no resulta tan evidente. La consecuencia, en fin, de la persistencia en esta estrategia produce resultados muy contrapuestos e incluso paradójicos: por una parte, resultados muy ajustados (por ejemplo, las pasadas elecciones federales en Alemania, las elecciones presidenciais en los EE.UU. o las municipales españolas), fruto de un electorado que no distingue ya entre las dos grandes opciones posibilistas y reparte su voto a partes iguales; por otra, resultados electorales tan contrastados como el de las últimas presidenciales francesas entre Chirac y Le Pen o el que se viene de producir en Baviera con máximos y mínimos históricos y un debate poselectoral que se sitúa en la dimensión de la crisis del régimen (politics) antes que en la elaboración de políticas públicas (policy).

La razón de este contraste es bien sencilla: a base de intentar disciplinar al propio electorado con el mantenimiento a todo coste de las políticas neoliberales diseñadas en las instancias que gobiernan la globalización se arriesga a sobrepasar el límite de resistencia del votante (especialmente en la izquierda) y, por ende, las bases sociales del propio régimen. En este caso, habida cuenta de las bajas cotas de participación electoral, la deserción de ciertos sectores tradicionales puede traducirse en un error fatal de cálculo. Esto último es lo que acaba de ocurrir con amplios sectores de la clase trabajadora alemana: tras meses de huelgas y un durísimo pulso entre el Gobierno Federal y los sindicatos, buena parte de los apoyos tradicionales del SPD han desertado de su partido de siempre camino de la abstención. Una situación que ya era ajustada de por sí en las anteriores elecciones, en esta convocatoria se ha traducido en una auténtica catástrofe electoral, haciendo buena aquella vieja máxima del movimiento obrero que decía: «con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes».