Andrea D’Atri / *
“Marxismo y feminismo son una sola
cosa: marxismo”.
Heidi Hartmann y Amy Bridges
“Una revolución no es digna de
llamarse tal si con todo el poder y todos los medios de que dispone no
es capaz de ayudar a la mujer –doble o triplemente esclavizada, como lo
fue en el pasado– a salir a flote y avanzar por el camino del progreso
social e individual”.
León Trotsky
Desde lo que se ha dado en llamar “la segunda ola” del feminismo,
las controversias entre esta corriente y el marxismo estuvieron a la
orden del día. Creemos que no hubiera podido ser de otra manera: si el
feminismo de la primera ola tuvo como interlocutor privilegiado al
movimiento revolucionario de la burguesía –discutiendo sus parámetros
de ciudadanía y derechos del Hombre que no incluían a las mujeres de la
clase en ascenso–, el de los años ‘70 dialogó –y no siempre en buenos
términos– con el marxismo, abordando cuestiones que van desde la
relación entre opresión y explotación hasta la reproducción de los
valores patriarcales al interior de las organizaciones de izquierda y
el fracaso de los llamados “socialismos reales”.
En este período se advierten los esfuerzos teóricos de parte del
feminismo de unificar clase y género en el intento de subsumir los
análisis sobre las mujeres a las categorías marxistas ortodoxas. “Algunas feministas mantenían que el
género era una forma de clase, mientras que otras afirmaban que se
podía hablar de las mujeres como clase en virtud de su posición dentro
de la red de relaciones de producción ‘afectivo-sexuales’” (1).
Este intento se basaba en que la mayoría de las teóricas feministas
radicales provenían de las filas de la izquierda (2) “y más específicamente de la izquierda
marxista. El feminismo radical se desarrolla como un enfrentamiento con
la izquierda ortodoxa. [...]. Así apuntan a una serie de problemas en
las concepciones marxistas sobre la opresión de la mujer,
sustituyéndolas por la tesis central de que la mujer constituye una
clase social. En respuesta a esta tesis se desarrolla el feminismo
socialista que intenta combinar el análisis marxista de clases con el
análisis sobre la opresión de la mujer. En sentido más general, lo que
se ha dado en llamar la relación entre la sociedad patriarcal y la
sociedad de clases” (3).
Otras autoras señalan que fue el mismo “desencanto ante
el socialismo surgido de la revolución [lo que] ha dado un impulso a la
aparición de la teoría feminista” (4). Incluso, postulando que el
análisis de Kate Millet, en su reconocido libro Sexual Politics,
fue lo que permitió al feminismo radical llegar a la conclusión de que “era
necesaria una revolución para cambiar el sistema económico, pero no
suficiente para liberar a la mujer” (5).
Si estas interlocuciones eran ineludibles es porque el
feminismo, como movimiento que aspira a la emancipación de las mujeres
de toda opresión, debe necesariamente dialogar con las corrientes
teóricas y políticas que expresan las tendencias revolucionarias de la
época.
Y en este sentido, que el feminismo haya tenido que ubicar al
marxismo como un interlocutor necesario –aún en el enfrentamiento agudo
de posiciones divergentes–, es un reconocimiento implícito a que la
clase obrera, la lucha de clases y el socialismo son categorías que dan
cuenta del modo de producción en el que vivimos, basado en la
explotación de millones de seres humanos por parte de un puñado de
capitalistas. Horizonte de la discusión y de las controversias
suscitadas entre feminismo y marxismo, mientras no desaparezca la
propiedad privada de los medios de producción.
Además, históricamente, feminismo y marxismo nacieron en el
modo de producción capitalista, aún cuando la opresión de las mujeres y
de las clases fueran anteriores a la explotación del trabajo
asalariado. El desarrollo del proletariado y la destrucción de la
economía familiar precapitalista se encuentran en el origen de ambas
corrientes de pensamiento.
Por eso, quien aspire a acabar con la opresión, y no sólo a
lograr sesudas elaboraciones teóricas abstractas de dudosa capacidad
emancipatoria, debe dar cuenta de esto. Y así lo hicieron el feminismo
radical, el feminismo socialista, el feminismo materialista, el
feminismo de la igualdad, el de la diferencia e incluso el
postfeminismo, en un diálogo controversial pero también, en algunos
aspectos, fructífero, durante los últimos treinta años. ¿Cuáles son los
nudos centrales de esa controversia?
Las feministas liberales prestaron poca atención sobre los
orígenes de la desigualdad sexual y más bien sostuvieron que la
sociedad “moderna” (es decir, capitalista), con sus avances
tecnológicos, sus riquezas y abundancia y con el desarrollo de la
democracia como régimen político, es condición de posibilidad para la
lucha por la equidad de género, la que alcanzará sus resultados
progresiva y gradualmente6.
Las feministas radicales, por el contrario, enfatizaron la
existencia de la dominación masculina (patriarcado) en todas las
sociedades existentes. Desde este punto de vista, aunque parecieran
compartir con el socialismo la premisa de que en el sistema capitalista
es imposible plantearse la liberación humana; lo cierto es que se
muestran escépticas sobre la capacidad del socialismo para crear una
verdadera democracia basada en la abolición de la esclavitud asalariada
y sobre la cual pueda asentarse la emancipación definitiva de las y los
oprimidos.
Para el feminismo radical no habrá cambio social sin una
revolución cultural que lo preceda. Por ello, cada uno debe empezar por
cambiarse a sí mismo para cambiar la sociedad.
De allí el énfasis en constituir organizaciones no
jerarquizadas y espontáneas de mujeres, donde el objetivo central es la
“autoconcienciación” que develaría el significado político de los
sentimientos, las percepciones y las prácticas naturalizadas en la vida
cotidiana. Este ejercicio de autoconciencia daría paso a la liberación
sexual y la creatividad que permitirían entonces transformar las
relaciones opresivas. Como señala MacKinnon: “... la concienciación
es a la vez expresión de sentido común y definición crítica de los
conceptos. [...] A través de la concienciación, las mujeres
comprenden la realidad colectiva de su condición desde dentro de la
perspectiva de esa experiencia, no desde fuera” (7).
Pero, tanto desde el punto de vista teórico como del
político, hay diferentes sectores dentro del feminismo radical. Desde
quienes se ven como parte y en alianza con otros sectores del
movimiento socialista, hasta quienes absolutizan la recuperación de una
cultura femenina, con valores propios y, por lo tanto, incluso llegan a
plantearse políticas separatistas, intentando crear comunidades en
donde se recree otra cultura opuesta a la cultura dominante, a la que
consideran masculina (patriarcal). Hay quienes sostienen posiciones
teóricas acerca del ser mujer que rozan con el esencialismo
biologicista, hasta quienes adhieren a posiciones materialistas
economicistas que recaen en nuevos idealismos.
Con estas diversas corrientes feministas, que numerosas
autoras –y en este caso, haremos lo mismo– engloban bajo la
denominación de feminismo radical, es que intentaremos debatir,
señalando algunos de esos ejes controversiales que se mantuvieron en el
diálogo con el marxismo durante los últimos treinta años.
I. Capitalismo y patriarcado, un matrimonio bien avenido
(O el por qué de la necesidad de la revolución socialista)
“Tanto las feministas radicales como las feministas
socialistas están de acuerdo en que el patriarcado precede al
capitalismo, mientras que los marxistas creen que el patriarcado nació
con el capitalismo” (8). En sencillas palabras, Z. Eisenstein señala una de los malos entendidos más reiterados en relación al marxismo, por parte de las feministas. A pesar de que en este artículo, la feminista socialista norteamericana hace un análisis pormenorizado de los textos de Marx y Engels, culmina con este grueso error de apreciación.
Si la citamos no es por el valor que tenga en sí mismo este
pequeño párrafo, sino porque es uno de los sentidos comunes más
divulgados: el de que, para el marxismo, sólo existiría opresión
patriarcal en el sistema capitalista. Por el contrario, Marx y Engels
–pero sobre todo este último– insistieron en la existencia de la
opresión de las mujeres en todas las sociedades con Estado –y no sólo
en el capitalismo–, vinculando el patriarcado a la existencia de las
clases sociales.
Más aún, Engels señala –en su conocida obra sobre el origen
de la familia y con un tono que podría considerarse más radical que el
de las feministas radicales, teniendo en cuenta el momento de su
escritura– que “la monogamia no aparece de ninguna manera en la
historia como un acuerdo entre el hombre y la mujer, y menos aún como
la forma más elevada de matrimonio. Por el contrario, entra en escena
bajo la forma del esclavizamiento de un sexo por el otro, como la
proclamación de un conflicto entre los sexos, desconocido hasta
entonces en la prehistoria. En un viejo manuscrito inédito, redactado
en 1846 por Marx y por mí, encuentro esta frase: ‘la primera división
del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la
procreación de hijos.’ Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de
clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del
antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera
opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino. La
monogamia fue un gran progreso histórico9, pero al mismo tiempo
inaugura, juntamente con la esclavitud y con las riquezas privadas, la
época que dura hasta nuestros días y en la cual cada progreso es al
mismo tiempo un regreso relativo y el bienestar y el desarrollo de unos
se verifican a expensas del dolor y de la represión de otros. La
monogamia es la forma celular de la sociedad civilizada, en la cual
podemos estudiar ya la naturaleza de las contradicciones y de los
antagonismos que alcanzan su pleno desarrollo en esta sociedad” (10) [las negritas son nuestras].
Ahora bien, si el malentendido subsistió – y por largo
tiempo– hay que buscar la razón que lo sustenta. Lo que sí es cierto es
que, para el marxismo, patriarcado y capitalismo establecen una
relación diferente y superior a la establecida en los anteriores modos
de producción. Como señala Celia Amorós: “Lo que sí es muy cierto,
restringiéndonos ahora al modo de producción capitalista, es que, como
ya señaló Rosa Luxemburgo, el capitalismo es un sistema de
discriminación en la explotación –al mismo tiempo que de explotación
sistemática de toda forma de discriminación, podríamos añadir” (11).
Como diría la feminista española, para las mujeres obreras,
la opresión introduce un incremento diferencial en su explotación.
Pero, por el contrario, hay opresiones que, no sólo no implican, sino
que descartan la combinación con la explotación e incluso, convierten a
la mujer en integrante de la clase explotadora (por ejemplo, en el caso
de una mujer casada con un varón burgués).
Como ya hemos señalado en otras oportunidades, el capitalismo
arrancó a la mujer del ámbito privado. Acabó con los designios
oscurantistas de la Iglesia que naturalizaban el rol de las mujeres
como garantes del “fuego” del hogar. Consiguió el desarrollo médico y
científico que permitió que, por primera vez, la separación entre la
reproducción y el placer pudiera ser efectiva. Permitió el más amplio
conocimiento sobre el aparato reproductor femenino. Con el desarrollo
de la técnica y la maquinaria, desmitificó el supuesto de tareas,
trabajos y profesiones masculinos o femeninos, basados en las
diferencias anatómicas. Y también ha convertido en un hecho al alcance
de la mano la socialización de las tareas domésticas (12).
Pero, como ha señalado Trotsky –en discusión sobre otros
términos–, “el capitalismo ha sido incapaz de desarrollar una sola
de sus tendencias hasta el fin” (13). Eso significa que mientras
empuja a las mujeres al ámbito de la producción, lo hace con salarios
menores a los de los varones por la misma tarea, para de ese modo
también presionar a la baja el salario del conjunto de la clase.
Significa que, mientras impulsa la feminización de la fuerza de
trabajo, lo hace sin quitarle a las mujeres la responsabilidad
histórica por el trabajo doméstico no remunerado, recargándolas con una
doble jornada laboral. Que mientras tira por la borda, con los hechos
mismos del desarrollo científico y técnico, los prejuicios más
oscurantistas sostenidos por el clero y los fundamentalismos
religiosos, se apoya en la ideología reaccionaria de la Iglesia para
mantener el sometimiento y el dominio terrenal en aras de una futura
libertad infinita en el más allá. Que mientras desarrolla los lavaderos
automáticos, la industrialización de la elaboración de alimentos, etc.,
mantiene la privatización de las tareas domésticas para que, de ese
modo, el capitalista se vea exento de pagar gran parte del esfuerzo con
el cual se garantiza la reproducción de la fuerza de trabajo.
Muchas veces se habla del progreso de las mujeres en las
últimas décadas. Inversamente, también en el capitalismo, bajo el cual
se han desarrollado las mayores riquezas sociales que ha dado la
humanidad en toda su historia, existen actualmente 1300 millones de
pobres, de los cuales el 70% son mujeres y niñas. Las mujeres son las
que más sufren las consecuencias de los planes de hambre que imponen
los organismos multilaterales y el imperialismo a través, incluso, de
sus mejores especialistas en “género y desarrollo”.
El capitalismo encierra éstas y otras paradojas. Mientras
recrea permanentemente su propio sepulturero, también crea, para las
mujeres, las condiciones de posibilidad de una igualdad de género nunca
antes alcanzada, pero a la que luego no le permite acceder a millones
de mujeres explotadas en el planeta.
De aquí se concluye en otra de las controversias que han
recorrido este diálogo entre marxismo y feminismo desde los años ’70:
la situación en la que vivimos bajo el capitalismo pareciera indicar
que es necesaria la revolución social para acabar con tanta injusticia,
pero ¿la revolución proletaria es suficiente para la emancipación de
las mujeres?
El conocido diálogo entre Bárbara Ehrenreich y Susan
Brownmiller de 1976 se refería a este mismo dilema (14). En el diálogo
entre las feministas norteamericanas, donde una festejaba la revolución
celebrando las diferencias existentes entre una sociedad en la que el
sexismo se expresa en forma de infanticidio femenino y una sociedad en
la que el sexismo toma la forma de una representación desigual en el
Comité Central, agregando que esa diferencia es una por la cual vale la
pena morir; la otra respondía con que “un país que ha hecho
desaparecer la mosca tse-tsé puede introducir un número paritario de
mujeres en el Comité Central por decreto” (15).
Consideramos que ninguna de las dos responde a la complejidad
del problema planteado. En primer lugar, porque si bien, en apariencia,
el infanticidio femenino resulta de una gravedad diferente a la falta
de representación femenina en un gobierno, la solución a uno de los
problemas no es razón suficiente para dejar de ver el segundo. Pero,
suponer que siglos de opresión que pesan sobre el género femenino
podrían eliminarse drástica y mágicamente con decretos revolucionarios
es absurdo.
Las feministas que abogan por los cambios culturales en aras
de una nueva contracultura no patriarcal, desdeñan la necesidad de esos
cambios cuando adhieren sin cuestionamientos a los regímenes
burocráticos que han expropiado la revolución a las masas, o bien, son
impacientes frente a la experiencia del poder obrero que transforma
radicalmente la estructura económica y social y, por primera vez en la
historia, permite a las masas lanzarse audazmente a la creación de
nuevos valores y una nueva cultura.
La idea de que un cambio profundo de los valores y de la
cultura son necesarios no es un invento de las feministas radicales de
los ’70. Ya Lenin planteaba, en 1920, que “la igualdad ante la ley
todavía no es igualdad frente a la vida. Nosotros esperamos que la
obrera conquiste, no sólo la igualdad ante la ley, sino frente a la
vida, frente al obrero. Para ello es necesario que las obreras tomen
una participación mayor en la gestión de las empresas públicas y en la
administración del Estado. [...] El proletariado no podrá
llegar a emanciparse completamente sin haber conquistado la libertad
completa para las mujeres” (16). Y Trotsky escribía, en 1923, su
célebre Problemas de la vida cotidiana, donde incluso discute
hasta el uso del lenguaje procaz, el bajo nivel cultural de las masas
en la Unión Soviética y su relación con la situación de opresión de las
mujeres. No son meros resabios de “sensibilidad” individual lo que los
ha llevado a pronunciarse sobre tales cuestiones. La teoría de la
revolución permanente, cuya autoría le pertenece a León Trotsky, esboza
entre otras cuestiones el carácter permanente de la revolución
socialista como tal; es decir, como un proceso de “duración
indefinida y de una lucha interna constante, [en el que] van
transformándose todas las relaciones sociales. [...] Las
revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la
familia, de las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción
recíproca que no permite a la sociedad alcanzar el equilibrio” (17).
No concluimos que la emancipación de las mujeres está
garantizada automáticamente con la revolución socialista o con algunas
leyes y decretos progresivos que pueda promulgar la clase obrera en el
poder. Pero afirmamos que lo contrario sí es cierto. Por eso,
contraponer la necesidad de un cambio cultural a la necesidad de
trastocar el sistema capitalista desde su raíz, sólo puede servir a los
fines de desestimar la idea de la revolución social. Es en los
estrechos marcos del sistema capitalista donde la emancipación de los
oprimidos adquiere el carácter de una verdadera utopía.
Creemos que todos los derechos formales que las mujeres hemos
arrancado al capitalismo con nuestra lucha se convierten en papel
mojado si no se apunta a transformar el corazón de este sistema, basado
en la más abyecta de las jerarquías que es la de que un puñado de
personas viva a expensas de la explotación descarnada de millones de
seres humanos. Pero a pesar de esto, no consideramos que haya etapas
“obligadas” en la lucha por nuestra emancipación. Creemos que, mientras
luchamos por un sistema donde no existan la explotación ni la opresión,
es nuestro deber irrenunciable impulsar y ser parte de las luchas de
las mujeres por las mejores condiciones de vida posibles aún en este
mismo sistema, por los derechos democráticos más elementales, incluso
en alianza con todos y todas las que luchen por esos derechos –aún
cuando no compartan la idea de que otro sistema de verdadera igualdad y
libertad es posible.
Pero hoy, cuando tantas mujeres se incorporan a los
parlamentos y los organismos multilaterales de “desarrollo”, mientras
tantas otras mueren por hambre, por abortos clandestinos y por bombas
de uranio empobrecido, la reflexión se hace urgente y más necesaria que
nunca.
Porque no se trata de violencia simbólica e, incluso, porque
la revolución cultural que reclama la mayoría de las feministas no
puede limitarse a una simple conversión de las conciencias y de las
voluntades, ya que el fundamento de esa opresión no reside en las
conciencias engañadas a las que bastaría iluminar, sino en lo que
Pierre Bourdieu llamaría “una inclinación modelada por las
estructuras de dominación que las producen” (18). Algo que nos obliga a poner en cuestión la necesidad de una transformación radical de las condiciones sociales de producción de esas inclinaciones.
Por eso creemos que no plantearse la relación estrecha entre
capitalismo y patriarcado, a esta altura de la historia, además de
miopía teórica, es ceguera política.
II. Una discusión sobre el sujeto de la emancipación
(O el por qué de la necesidad de unir las filas obreras en la
lucha contra toda explotación y opresión)
Una de las controversias más importantes es la que refiere al
sujeto de la emancipación. ¿Son las mujeres mismas o es la clase
obrera? En esta dicotomía se sustentan largos debates. En ninguna de
estas objeciones se señala el hecho categórico de la tendencia a la
feminización de la fuerza de trabajo, que constituye a las mujeres en
uno de los sectores más explotados de la clase obrera, no sólo porque
pesan sobre ellas los apremios de una doble jornada laboral –remunerada
en la fábrica y no remunerada en el trabajo doméstico–, sino porque sus
condiciones laborales son las de mayor precarización y flexibilización.
Este hecho, sólo para demostrar que el antagonismo entre los
términos parte de una omisión: las mujeres constituyen un grupo
interclasista y la clase es una categoría que remite a un agrupamiento
intergénerico; es decir, no son términos que se contraponen porque no
son categorías del mismo nivel explicativo.
Dicho esto, entonces, la formulación más precisa debería ser:
¿quién es el sujeto de la emancipación de las mujeres? ¿Las mujeres de
las distintas clases sociales asociadas en base a su interés de género?
¿O bien las mujeres de la clase obrera, asociadas con los varones de su
misma clase, y conduciendo una alianza con las mujeres oprimidas de
otras clases subalternas que deseen acabar verdaderamente con esta
situación de opresión?
Para las marxistas, si la emancipación de las mujeres no
puede realizarse sin la destrucción del sistema capitalista, por tanto,
el sujeto revolucionario será el proletariado (lo que incluye mujeres y
varones). Pero en esta lucha específica, las mujeres obreras
encabezarán el combate por su propia emancipación y por conseguir que
los varones de su propia clase incorporen la lucha contra la opresión
en el programa revolucionario de las filas proletarias, como uno de los
aspectos integrados a la lucha de clases más amplia. Todos los ejemplos
históricos muestran la relación existente entre el desarrollo de la
conciencia emancipatoria y el logro de conquistas relativas en los
derechos de género, con situaciones más generales de la lucha de
clases. Y también, ejemplos contrarios: cómo las situaciones más
reaccionarias, de retroceso de la lucha de clases, anticiparon y fueron
el marco de un retroceso también agudo en los derechos conquistados por
las mujeres.
Muchas veces las feministas han discutido que en la izquierda
prima la idea de que cualquier objeción sobre la opresión de las
mujeres, rompería la unidad necesaria de las filas obreras para
enfrentar al enemigo de clase.
Es cierto, lamentablemente se trata de un prejuicio populista
muy extendido entre las filas de la izquierda. Sin embargo,
parafraseando a Marx, sostenemos que no puede liberarse quien oprime a
otros. Porque no hay posibilidad de que la clase, que es en sí
revolucionaria por el lugar que ocupa en la producción, pueda erigirse
en la dirección revolucionaria del conjunto del pueblo oprimido, sin
considerar también que existe la opresión en sus filas; que millones de
mujeres trabajadoras y del pueblo pobre sufren la humillación, el
sometimiento y el desprecio de la mano de los miembros masculinos de su
clase.
Porque los revolucionarios consideramos que cada vez que una
mujer es abusada, golpeada, humillada, considerada un objeto,
discriminada, sometida, la clase dominante se ha perpetuado un poco más
en el poder. Y la clase obrera, en cambio, se ha debilitado. Porque esa
mujer perderá la confianza en sí misma y por lo tanto en sus propias
fuerzas. Atemorizada, creerá que la realidad no puede cambiarse y que
es mejor someterse a la opresión que enfrentarla y poner en riesgo su
vida. Y la clase obrera se debilita, también, porque ese hombre que
golpeó a su compañera, que la humilló, que la consideró su propiedad,
está más lejos que antes de transformarse en un obrero conciente de sus
cadenas, está un poco más lejos de reconocer que, en la lucha por
romper sus cadenas, debe proponerse liberar a toda la humanidad de las
cadenas y contar a todos los oprimidos como sus aliados.
Por esa razón, el programa del trotskismo plantea lo opuesto
a lo que sostienen los populistas: si la unidad de las filas obreras es
necesaria, entonces es imperioso erradicar los prejuicios contra los
inmigrantes, las barreras que se alzan entre efectivos y contratados,
combatir contra la ideología que impone la represión del adulto sobre
el joven y, en este mismo sentido, luchar denodadamente contra la
opresión de las mujeres. Ellas deberán dejar de ser “las proletarias
del proletario”19, las personas sumisas y consideradas objetos de la
propiedad del varón.
Por eso el programa del marxismo revolucionario señala: “Las
organizaciones oportunistas, por su naturaleza misma, centran
principalmente su atención en las capas superiores de la clase obrera,
y por consiguiente, ignoran tanto a la juventud como a la mujer
trabajadora. Ahora bien, la declinación del capitalismo asesta sus
golpes más fuertes a la mujer, como asalariada y como ama de casa” (20). Y culmina con la consigna “¡Paso a la mujer trabajadora!”.
Conclusiones
Revisionismo antifemenino vs. Marxismo revolucionario y
emancipatorio
Las controversias serían menos si, en todo caso, las diversas
corrientes del feminismo radical reconocieran que, bajo la denominación
de marxismo, no se halla una corriente homogénea y monolítica. Por
empezar, habría que diferenciar entre reformistas y revolucionarios;
algo que no es de menor importancia cuando tratamos la cuestión de la
opresión de las mujeres.
Porque no creemos casual que, entre los movimientos de los
trabajadores que han adoptado posiciones reformistas, los problemas
específicos de la superexplotación de las mujeres hayan sido resueltos
desde una tónica anti-femenina. Sin ir más lejos, es sabida la historia
de la dirigencia tradeunionista británica, los proudhonianos de la Iº
Internacional o el mismo Lassalle del Partido Obrero Alemán
(pre-marxista) que cuestionaban la incorporación de las mujeres a la
producción y, por lo tanto, se manifestaban contrarios a su
organización como trabajadoras.
En la IIº Internacional, el mismo revisionista Bernstein (21)
del Partido Socialdemócrata Alemán, defendió la igualdad legal para la
mujer, pero se opuso con ataques satíricos a la organización militante
de las mujeres trabajadoras que encabezaba Clara Zetkin, la que sin
embargo, en ocasión de dividirse el partido por la traición de sus más
altos dirigentes a los principios de clase, se mantuvo en el ala
revolucionaria (22).
Por otra parte, nada menos que Augusto Bebel, autor de La
mujer y el socialismo, fue quien atacó con los más duros epítetos
misóginos a Rosa Luxemburgo, una de las más grandes dirigentes mujeres
–sino la más grande– del proletariado revolucionario que se negó,
pícaramente, a dedicarse a las tareas de organizar la sección femenina
–donde el ala derecha quería confinarla para que no interfiriera en el
rumbo revisionista– y sin embargo, participó en los Congresos
Internacionales de Mujeres Socialistas intentando convencer a las
mujeres socialdemócratas de su punto de vista sobre la guerra mundial y
sus críticas al curso que tomaba la dirección del partido frente a
estos acontecimientos. Fueron sus batallas inclaudicables por los
principios revolucionarios las que le valieron que Bebel se refiriera a
ella con estas palabras: “Hay algo raro en las mujeres. Si sus
parcialidades o pasiones o vanidades entran en escena y no se les da
consideración o, ya no digamos, son desdeñadas, entonces hasta la más
inteligente de ellas se sale del rebaño y se vuelve hostil hasta el
punto del absurdo. Amor y odio están uno al lado del otro y no hay una
razón reguladora” (23).
Para el ala reformista que luego claudicó ante el
imperialismo en la Iº Guerra Mundial, Rosa Luxemburgo merecía ser
tratada de este modo: “La perra rabiosa aún causará mucho daño,
tanto más teniendo en cuenta que es lista como un mono” (24) Por eso, no es extraño que Bebel respondiera: “Con todos los chorros de
veneno de esa condenada mujer, yo no quisiera que no estuviese en el
partido” (25).
Como señala Thonnessen: “Hay una conexión íntima entre el
antifeminismo proletario y el revisionismo, así como la hay entre el
movimiento radical por la emancipación de la mujer y la teoría ortodoxa
socialista. El feminismo marxista ha llevado a cabo,
característicamente, una lucha en contra del reformismo y el obrerismo
por una parte, y contra el carácter limitado y elitista del feminismo
burgués por otra parte” (26).
Esa “conexión íntima” entre antifeminismo y revisionismo
volvemos a encontrarla en el período de la burocratización del estado
obrero surgido de la revolución de 1917.
Bajo el régimen thermidoriano de la burocracia stalinista,
mientras se fusilaba en los juicios de Moscú a todos los bolcheviques
de la generación de Octubre y se perseguía a los opositores de
izquierda acusándolos de “trotskistas”, enviándolos a los campos de
concentración o al exilio, se volvió a prohibir el aborto en la Unión
Soviética, se condenó la prostitución y se criminalizó la
homosexualidad. Todo esto, acompañado con la reproducción de los
estereotipos tradicionales de las mujeres como madres dedicadas al
hogar y el entronizamiento de la familia, a través de la propaganda del
Estado.
Fue el trotskismo quien combatió la idea stalinista de que
con la conquista del poder, la sociedad socialista se consumaba en “sus
nueve décimas partes”, advirtiendo sobre decenas de problemas
económicos, políticos, sociales y culturales que no se podían resolver
mecánicamente y que incluían, entre otros, las relaciones entre varones
y mujeres. Particularmente Trotsky fue quien, mucho antes de que las
feministas radicales de la segunda ola concluyeran que “el socialismo
real era antifeminista”, denunció la situación de las mujeres en la
Unión Soviética en su reconocido trabajo titulado La Revolución
Traicionada: “La condición de la madre de familia, comunista
respetada que tiene una sirvienta, un teléfono para hacer sus pedidos a
los almacenes, un auto para transportarse, etc., es poco similar a las
de la obrera que recorre las tiendas, hace las comidas, lleva a sus
hijos al jardín de infancia. Ninguna etiqueta socialista puede ocultar
este contraste social, no menos grande que el que distingue en todo
país de Occidente a la dama burguesa de la mujer proletaria” (27).
Mientras Stalin declara en 1936: “El aborto que destruye
la vida es inadmisible en nuestro país. La mujer soviética tiene los
mismos derechos que el hombre, pero eso no la exime del grande y noble
deber que la naturaleza le ha asignado: es madre, da la vida”,
Trotsky responde: “el poder revolucionario ha dado a la mujer el
derecho al aborto, uno de sus derechos cívicos, políticos y culturales
esenciales mientras duren la miseria y la opresión familiar, digan lo
que digan los eunucos y las solteronas de uno y otro sexo” (28). Y
criticando los argumentos reaccionarios que esgrime la burocracia para
reinstalar la prohibición del aborto agrega: “Filosofía de cura que
dispone, además, del puño del gendarme” (29).
Ya en 1926, bajo el régimen de Stalin, se había vuelto a
instituir el matrimonio civil como única unión legal. Más tarde se
suprimió la sección femenina del Comité Central del PCUS y sus
equivalentes en los diversos niveles de la organización partidaria.
Para 1934 no respetar a la familia se convierte en una conducta
“burguesa” o “izquierdista” a los ojos de la burocracia. En 1944 se
aumentan las asignaciones familiares, se crea la orden de la “Gloria
Maternal” para la mujer que tuviera entre siete y nueve hijos y el
título de “Madre Heroica” para la que tuviera más de diez. Los hijos
ilegítimos vuelven a esta condición, que había sido abolida en 1917, y
el divorcio se convierte en un trámite costoso y pleno de dificultades.
En 1953 nos encontramos con legislación sobre derechos de la
madre y el niño en la Unión Soviética que señala: “Huelga demostrar
en detalle que los intereses de la mujer como madre –bien sea con hijos
o futura madre- están tanto mejor asegurados cuanto más sólidas y
constantes sean las relaciones entre los esposos. Garantiza, ante todo,
tal solidez en las relaciones la existencia de la familia. Precisamente
la familia asegura las condiciones normales para el nacimiento y la
educación de los hijos, crea las premisas más favorables para que la
mujer cumpla con su noble y alto deber social de madre” (30).
Nada más lejos del pensamiento de los revolucionarios que,
desde los tiempos de Marx y Engels, propagandizaron los verdaderos
orígenes y funciones de la familia, denunciando la opresión que se
ejerce sobre las mujeres.
Esa es la tradición en la que nos inscribimos. Pueden
debatirse cada uno de nuestros postulados, pero para hacerlo se debe
partir del reconocimiento de que no aceptamos ser arrojados junto al
agua sucia del stalinismo, la misma corriente que masacró, encarceló y
persiguió a miles de trotskistas, entre ellos a valerosas mujeres como
Eugenia Bosch, Nadejda Joffe, Tatiana Miagkova, etc.
Hoy, quien decida enfrentar este sistema de dominación debe,
necesariamente, plantearse la pregunta acerca de cuál es el sujeto
capaz de emprender tamaña empresa. Ese sujeto, que para los marxistas
es el proletariado, fue fragmentado y se encontró a la defensiva
durante los últimos treinta años en que este debate entre marxismo y
feminismo ha tenido lugar. Pero esas condiciones empiezan a cambiar
relativamente.
Como decía Trotsky, la burguesía no ha hecho más que
transformar al mundo en una sucia prisión. Las luchas de las clases
subalternas, los pueblos y grupos oprimidos han arrancado conquistas,
aún en medio de un sistema putrefacto que hunde cada vez más a millones
de personas en la miseria. Pero la tendencia, en última instancia, de
este sistema de explotación, es a la degradación infinita de los
oprimidos y explotados del mundo, mientras un puñado de apenas unas
pocas familias concentran en sus manos las riquezas que producen los
expoliados. Frente a ese cuadro terrible, que es el fin último del
capitalismo, “las reformas parciales y los remiendos para nada
servirán” (31).
Entre quienes consideramos que estas aseveraciones encierran
algo de verdad y aspiramos a la emancipación de las mujeres y de la
humanidad toda, un renovado debate, eximido de malos entendidos pero
abierto a honestas controversias, está nuevamente a la orden del día.
En este debate, las marxistas revolucionarias pretendemos
exponer nuestras ideas no como si se tratara de un académico ejercicio
meramente retórico, sino con el objetivo de que las mismas entusiasmen
a una nueva generación de jóvenes con avidez por las ideas
revolucionarias y que penetren a la clase obrera: a esos millones de
mujeres y varones que sufren las cadenas de la explotación capitalista
y las otras cadenas, las menos visibles, de los prejuicios con los que
la ideología dominante inficiona sus conciencias.
* Publicado en Revista Lucha de clases Nº 4, noviembre
2004. Andrea D’Atri es responsable de la sección MUJER del periódico
electrónico de información alternativa Rebelión www.rebelion.org y colaboradora de
las revistas de teoría política y cultura Estrategia Internacional y
Lucha de Clases: www.ft.org.ar/
Ha dictado numerosos cursos y seminarios sobre Género y Clase
en universidades nacionales y, recientemente, publicó Pan y Rosas.
Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo, Ed.
Armas de la Crítica, Bs. As., 2004.
Notas
1 S.Benhabib y D.Cornell, “Más allá de la política de
género”, en Teoría feminista y teoría crítica (comp.),
Barcelona, Alfons el Magnánim, 1990.
2 “Si bien el feminismo radical tiene un origen de clase
media, no se le puede asimilar con el feminismo burgués del siglo XIX.
En realidad, hay muchas variantes del feminismo radical. Pero la
mayoría de ellas emerge de mujeres que han militado en los movimientos
progresistas e izquierdistas, encontrando en ellos una absoluta
subordinación y una falta de respuesta a sus reivindicaciones.”
Judith Astelarra: ¿Libres e iguales? Sociedad y política desde el
feminismo, Santiago de Chile, CEM, 2003.
3 Judith Astelarra, “El feminismo como perspectiva teórica y
como práctica política”, en Teoría Feminista (selección de
textos), Santo Domingo, CIPAF, 1984.
4 Batya Weinbaum, El curioso noviazgo entre feminismo y
socialismo, Madrid, Siglo XXI, 1984. Se refiere al desencanto
producido por la burocratización de los estados obreros, bajo el
régimen stalinista.
5 Ídem. En el citado libro de Kate Millet se postula, tomando
como ejemplo a la Unión Soviética bajo el régimen stalinista, que una
revolución socialista puede dar lugar a una contrarrevolución
feminista. Conclusión superficial que parte de premisas erróneas, pero
no difícil de entender teniendo en cuenta que bajo el régimen de Stalin
se prohibió el derecho al aborto, se persiguió a los homosexuales y se
erigió a la familia en célula básica del Estado, otorgando premios y
medallas a las mujeres que tuvieran gran cantidad de hijos.
6 Paradójicamente, los llamados postmarxistas se inclinan a
pensar más en estos términos.
7 Catharine MacKinnon, Hacia una teoría feminista del
Estado, Madrid, Cátedra, 1989.
8 Zillah Eisenstein, “Hacia el desarrollo de una teoría del
patriarcado capitalista y el feminismo socialista”, en Teoría
Feminista (selección de textos), Santo Domingo, CIPAF, 1984.
9 Como progreso se refiere a que esta forma de relación entre
los sexos para la reproducción estuvo asociada al desarrollo de las
fuerzas productivas y nuevas relaciones sociales de producción en la
historia de la humanidad. No hay aquí una valoración “ideológica” de la
mogogamia, como puede advertirse por los párrafos que suceden y por los
numerosos textos en que tanto Marx como Engels criticaron el matrimonio
y la familia, como instituciones burguesas (ver Manifiesto Comunista, etc.).
10 Federico Engels, El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado, México, Premiá Ed., 1989.
11 Celia Amorós, Hacia una crítica de la razón patriarcal,
Barcelona, Anthropos, 1991.
12 Presentación del libro de Andrea D´Atri, Pan y Rosas.
Pertenencia de género y antagonismo de clases en el capitalismo,
Santiago de Chile, Universidad ARCIS, octubre 2004.
13 León Trotsky, “El marxismo y nuestra época”, en Naturaleza
y dinámica del capitalismo y la economía de transición, Bs. As.,
CEIP, 1999
14 Remite a un diálogo en particular pero que es muy
representativo de las discusiones entre feministas y marxistas y aún
entre las mismas feministas en relación a la revolución socialista y la
emancipación de las mujeres. El eje central de este debate consiste en
pensar si es necesario pronunciarse y defender la revolución socialista
incondicionalmente, inclusive cuando no dé muestras de solucionar
íntregramente la cuestión de la opresión de género, o bien, si es
menester desestimarla íntegramente por demostrar que no cumple con este
requisito.
exChina fan, en Village Voice, 1976.
16 V. Lenin, A las obreras, discurso de 1920.
17 León Trotsky, “La revolución permanente” en La teoría
de la revolución permanente (comp.), Bs. As., CEIP, 2000.
18 Pierre Bourdieu, La dominación masculina,
Barcelona, Anagrama, 2000.
19 Es una expresión de Flora Tristán, escritora y ardiente
defensora de los derechos de la mujer y de la clase obrera. Vivió en
Francia a principios del siglo XIX.
20 Documento La agonía del capitalismo y las tareas de la
Cuarta Internacional, más conocido como Programa de Transición. Fue escrito definitivamente en 1938, dos años antes del asesinato de León Trotsky en manos de un agente stalinista.
21 Bernstein, actualmente reivindicado por Laclau y otros
intelectuales que se autodenominan postmarxistas, fue el primero en
propagandizar la idea de que era posible llegar al socialismo por la
vía de introducir reformas en el capitalismo.
22 Nos referimos a la votación de los créditos de guerra en
el Parlamento, lo que aceleró la crisis al interior del Partido
Socialdemócrata Alemán que se dividió entre un ala derechista
revisionista y un ala izquierda que mantuvo los principios del
internacionalismo proletario y más tarde formó parte del reagrupamiento
internacional que dio origen a la IIIº Internacional encabezada por
Lenin.
23 Carta de Bebel a Kautsky, 1910.
24 Carta de Adler a Bebel, 1910.
25 Carta de Bebel a Adler, 1910.
26 Werner Thonnessen, The Emancipation
of Women: the Rise and Decline of the Women’s Movement in German Social
Democracy 1863-1933, Londres, Pluto Press, 1969.
27 León Trotsky, La Revolución Traicionada, Bs. As.,
Claridad, 1938.
28 Ídem.
29 Íbídem.
30 Citado en Andrea D’Atri, Pan y Rosas. Pertenencia de
género y antagonismo de clase en el capitalismo, Bs. As., Armas de
la Crítica, 2004.
31 León Trotsky, “El marxismo y nuestra época” en Naturaleza
y dinámica del capitalismo y la economía de transición, Bs. As.,
CEIP, 1999.
Remite: Correspondencia de Prensa - Boletín Informativo / Edición y
suscripciones, Ernesto Herrera: germain@chasque.net



















