Vicente Cervantes *
El Movimiento Nacionalista del Perú, más conocido como Movimiento Etno-Cacerista (etn o por lo indígena, cacerista en memoria del general-guerrillero-presidente Andrés Avelino Cáceres) ha emprendido una acción psicológica desencadenante, típica de la guerra de guerrillas, aunque calculando audazmente la minimización de costo humano, colocando al adversario en una difícil situación y buscando la adhesión emotiva y afectiva de sectores populares amplios.
La rebelión actual tiene su epicentro en Andahyuaylas, una de las provincias más pobres en el Sureste de Perú y cuna del escritor José María Arguedas, emblemático representante del indigenismo peruano. Está participada por mujeres y hombres. Y no había sido detectada por los Servicios de Información policiales ni militares, a pesar de que se habían estado concentrado en los cerros de la zona centenares de personas, con armas largas e indumentaria inequívoca, en los días previos. Las fuerzas insurgentes mantienen como rehenes a 10 policías y otros cuatro han muerto en enfrentamientos. El grupo rebelde está siendo defendido por un cordón civil que desafía y hostiga a las fuerzas de seguridad y militares que rodean el edificio.
Antauro Humala, líder insurgente, exmilitar, se proclama seguidor de la revolución "bolivariana" del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Justifica su accionar señalando que "todo tiene un límite y éste ya se colmó, con tanta corrupción en las esferas gubernamentales". Esgrime un discurso nacionalista que amenaza con incendiar Los Andes peruanos si persiste lo que califica de “entreguismo colonial a Washington”, tal como sucedía con el Imperio Español hace más de 500 años.
Los Etnocaceristas reivindican el indigenismo, denuncian "la invasión de capitales extranjeros" y defienden al campesinado cocalero, lo que les ha valido acusaciones del gobierno de estar ligados al narcotráfico. Muy parecido a lo que sucede con el indigenismo boliviano y ecuatoriano, por cierto.
La denominación Etno-Cacerista alude al general Andrés Avelino Cáceres, un héroe militar peruano de la guerra con Chile (1879-1883) que se refugió en los Andes y combatió bajo la modalidad de guerrillas a las tropas chilenas.
El movimiento reivindica el imperio incaico que en el siglo XV bajo el nombre de Tahuantinsuyo se expandió por Perú, Ecuador, Bolivia, Colombia y Chile. Enarbolan la wiphala (bandera originaria indígena, de varios colores, antecedente de la bandera arcoiris) y otros símbolos incas.
Reivindica también al general Juan Velasco Alvarado, quien protagonizó un golpe de Estado en 1968 tras derrocar al presidente constitucional Fernando Belaúnde y dirigió un régimen militar de corte izquierdista y nacionalista hasta mediados de 1975 en que fue reemplazado por el general Francisco Morales, quien gobernó hasta el retorno a la democracia representativa en 1980.
A pesar de que en Perú la población indígena es mayoritaria, ésta no está organizada políticamente como tal, por ello trabajan especialmente con este sector para nutrir su movimiento.
Esta operación insurgente (“crisis”) está siendo utilizada por la clase política peruana (hablamos de todo el espectro institucional, de derecha a izquierda) para cerrar filas en defensa de la democracia representativa, lo que puede ayudar al presidente Toledo a sortear con mejor pie los 18 meses que le restan para dejar el poder a su sucesor, en julio del 2006. Claro que está por ver la sintonía (o la divergencia) de los diversos sectores sociales con esa clase política, habida cuenta de la tremenda impopularidad del “cholo” Toledo.
El Teniente Coronel Ollanta Humala, hermano del líder insurgente fue pasado al retiro, a finales de diciembre de 2004, junto a 269 oficiales como parte de las “podas anuales” (depuraciones) que hace el Ejército de Perú, aduciendo la renovación de sus filas por causas que van desde límites de edad hasta faltas disciplinarias y decisiones políticas.
El antecedente de este episodio fue una carta enviada el 18 de diciembre pasado por Humala, al nuevo jefe del Ejército, Luis Muñoz, donde lo acusa de corrupto por haber estado presuntamente vinculado con el hoy encarcelado Vladimiro Montesinos, ex asesor de inteligencia del régimen de Alberto Fujimori (1990-2000).
Después de conocerse la acción insurgente liderada por su hermano, Antauro Humala, el pasado 1 de enero, los medios peruanos difundieron un comunicado procedente de Corea del Sur (donde era agregado militar hasta su licenciamiento forzoso) y atribuido a Ollanta Humala, en el que éste se niega a aceptar su retiro.
Ollanta Humala -a través del documento, difundido por el periódico El Comercio, de Perú- cuestiona la autoridad del flamante comandante general del Ejército, Luis Muñoz Díaz, y convoca a las Fuerzas Armadas a no acatar sus órdenes.
Además, cuestiona la legitimidad de Toledo para ejercer la presidencia y lo relaciona con actos de corrupción.
Los hermanos Antauro y Ollala Humala, encabezaron en octubre de 2000 el levantamiento de una guarnición militar contra el gobierno del presidente Alberto Fujimori (1990-2000), cuya gestión agonizaba en medio de un escándalo de corrupción que incluyó a la cúpula de las fuerzas armadas. Un mes más tarde, gracias a movilizaciones unitarias, efectivamente “el chino, cayó”.
Esa acción de los Humala fue castigada, pero tras la caída de Fujimori en noviembre de 2000, el nuevo gobierno de transición del presidente Valentín Paniagua los rehabilitó por haber sido los únicos militares en alzarse contra el fujimorismo.
Ollanta volvió a la actividad militar tras liderar la revuelta de octubre de 2000, mientras que Antauro, un mayor retirado del Ejército, fue puesto en libertad.
Antauro funda entonces el Movimiento Etnocacerista captando a los reservistas del ejército, que vestidos con el uniforme militar venden en plazas y calles el panfleto de la agrupación.
Ollanta fue designado por el gobierno del presidente Alejandro Toledo como agregado militar de Perú en la embajada de Francia y luego en la de Corea del Sur, donde la semana pasada fue pasado al retiro forzoso.
Ahora, la pelota está en el terreno del “campo popular”, según ciertos análisis. Cabe tomar iniciativas unitarias, y retomar las movilizaciones críticas con el gobierno de Alejandro Toledo. Hasta hacerlo caer.
Por lo pronto grupos de manifestantes salieron a las calles de las ciudades sureñas de Arequipa, Tacna y Puno en respaldo al grupo armado. En las marchas también participan jubilados, jóvenes y maestros que corean gritos hostiles contra el gobierno del presidente Alejandro Toledo.
Una de las manifestaciones se realiza en Llave, en el departamento de Puno, fronterizo con Bolivia, ciudad que saltó a la notoriedad en abril del año pasado cuando una asonada de indígenas aymaras concluyó con el linchamiento del alcalde provincial Cirilo Robles, acusado de presunta corrupción.
En Arequipa, segunda ciudad de Perú, unas 500 personas marcharon por la plaza principal en apoyo a los etnocaceristas, mientras que en Tacna, ciudad limítrofe con Chile, otro grupo similar salió a las calles.
¿Cómo era aquello de marchar separados, golpear juntos? Le toca mover ficha a la izquierda social y política del Perú. Quizá sea este un tren que tarde en volver a pasar. Sería positivo y operativo fijarse en los acuerdos y las coincidencias, para cimentar un futuro alternativo. Vacilar es perdernos, dijo Bolivar.
Hay quienes piensan que Otro Perú es posible. Y hay quienes, por generosidad y altruismo, han sufrido cárcel, torturas, exilio. Incluso quienes dieron su vida como Néstor Cerpa y sus camaradas para alumbrar la paz con justicia social. Ahora toca articular constructivamente el campo popular. Confiemos en la responsabilidad, la madurez y la audacia generosa de quienes intervienen en la escena peruana antagonista.
La unidad que nos sirve es la que nos une en la lucha, con tu puedo y mi quiero,...
* Desde el Sureste Ibérico. 03.01.05.




















