Ladislao Martínez
A principios del año 2002 no existía ninguna central de gas en ciclo combinado en el sistema peninsular del estado español. A finales del 2004, funcionaban, según Red Eléctrica 8259 MW de estas centrales. Más potencia que los casi 7800 MW de origen nuclear que operaban en ese mismo momento. Además entre las centrales de gas en ciclo combinado que ya funcionan y las que disponen de derechos de emisión de acuerdo con el Plan Nacional recientemente aprobado, suman más de 17.000 MW. Finalmente unos 60 proyectos adicionales de centrales del mismo tipo, con más de 40.000 MW de potencia, se encuentran en fases tempranas de su tramitación.
Como puede verse de esta ristra de cifras, una tecnología apenas conocida hace unos años, ha crecido de forma espectacular, y, si no hay cambios inesperados en el horizonte energético, se convertirá en el principal mecanismo de generar electricidad antes de que finalice el decenio.
Las razones de este “éxito” son diversas. El elevado rendimiento de estas plantas es una de ellas. Estas centrales emplean la tradicional turbina de vapor y una turbina de gas que aprovecha la energía de los gases de escape de la combustión. Con ello se consiguen rendimientos termoeléctricos del orden del 55%, muy superiores al de las plantas convencionales.
Otro factor es el relativamente reducido coste de instalación que se sitúa entre 0,40-0,50 millones de euros/MW, muy inferior al de las centrales nucleares que puede ser 8-10 veces mayor y al de las instalaciones eólicas que duplican esta relación. Vinculado a lo anterior están los cortos períodos de duración de las obras, aproximadamente tres años. A lo que hay que unir la alta disponibilidad de estas centrales que pueden funcionar sin problemas durante 6.500-7500 horas equivalentes al año. Todo ello se traduce en unos precios de producción del kWh mucho menores que los de la mayoría de las demás centrales termoeléctricas del sistema peninsular. En un marco de "oferta competitiva", donde la electricidad se adquiere a quien la produce más barata pero se retribuye en función de la oferta más cara de las necesarias para cubrir la demanda, esto se traduce en unos elevados márgenes de beneficio que permiten amortizar la planta en tiempos muy cortos y entrar rápidamente en período de beneficios. Además el grueso de los costes son variables por lo que, de no ser necesario el funcionamiento de la planta, no se incurre en ellos.
La explicación de porque no se había acometido antes la construcción de estas plantas está en el hecho de que se trata de una tecnología relativamente reciente y en que en nuestro país la infraestructura gasista estaba en mantillas. En parte debido a la distancia de los centros de producción europeos de gas natural (Noruega, Reino Unido y en menor medida Holanda) y en parte a decisiones políticas del pasado en el que primó el recelo sobre los suministradores africanos más próximos (Libia y sobre todo Argelia), bajo regímenes que no ofrecían garantías a nuestros gobernantes. En los últimos años ha aumentado mucho el suministro de otros países como Nigeria, Trinidad y Tobago, Abu-dhabi, Qatar.... La construcción de los gasoductos de unión con europa (por los Pirineos), y la conexión a través del estrecho con Argelia, así como el crecimiento acelerado de las planta de regasificación y de la red de gasoductos peninsulares, han convertido al gas en la materia energética con mayor crecimiento en los últimos años.
LOS IMPACTOS AMBIENTALES
Estas centrales suelen presentarse como tecnologías limpias debido a la reducción de las emisiones de contaminantes que en ellas se consiguen. Se alude en primer término al vertido casi nulo de Dióxido de Azufre (SO2) debido a que este elemento (S) es prácticamente inexistente en el gas natural. Y se insiste mucho en las reducciones que comportaba en las emisiones de Dióxido de Carbono (CO2)por kWh producido, con el consiguiente alivio del efecto invernadero. Se omite señalar que nuestro país ya superó en el año 2004 los límites fijados para el ¡2010! por el compromiso firmado en Kioto1 de emisión de gases de invernadero, y que la producción de electricidad ha sido -y muy probablemente seguirá siendo- uno de los responsables de este crecimiento. El abaratamiento de la electricidad desde 1996 y la existencia de una etapa de fuerte crecimiento económico ha hecho crecer la demanda de electricidad a tasas de más del 6% en este período. Algo desconocido desde los 70. Un objetivo político de primer orden del gobierno del PP fue trasladar a los precios finales de la energía la profunda reducción que se había operado en los costes. Con ello reducía de forma significativa la inflación y ganaba votos. El "único" problema ha sido el aumento desbocado de los impactos ambientales. Y por supuesto de las emisiones de CO2. El PSOE no ha mostrado cambios sustanciales en este campo. Por ello, aunque se produjera un proceso de sustitución acelerada de centrales de carbón por grupos de gas en ciclo combinado, el crecimiento de la demanda-pasada y previsiblemente futura- superaría al efecto combinado de mejora de la eficiencia y sustitución de combustibles. Las emisiones no se contienen.
No deben ignorarse tampoco, por su contribución al cambio climático, las fugas accidentales de metano (CH4,componente casi exclusivo del gas natural) cuyo potencial de calentamiento a 20 años es 56 veces mayor que el de una cantidad igual de CO2. Según el IPCC (Panel Intergubernamental de expertos en Cambio Climático) la tasa de aumento anual de este gas es del 0,6% y es responsable, aproximadamente, del 16% del calentamiento terrestre actual. Un balance similar ofrecen las emisiones de óxidos de Nitrógeno (NOx). Estas sustancias son componentes de las llamadas lluvias ácidas y se producen por reacción directa del Nitrógeno y el Oxígeno del aire al elevarse la temperatura. Una central de 1200 MW. emite 375 kg/hora de estos contaminantes. La misma cantidad que 300.000 automóviles que recorren unos 10 km2. Estas sustancias son también precursores de la formación de Ozono troposférico, un peligroso contaminante que está alcanzando valores alarmantes en la atmósfera de ciertas zonas del territorio peninsular (Aranjuez, Huelva, Tarragona, Puertollano...). En bastantes de estos sitios se están superando los límites establecidos cuando las condiciones meteorológicas facilitan su formación(elevada insolación y temperatura). No es nada aventurado suponer que el caudal de emisión que representa la planta agravará de forma significativa el fenómeno hasta convertirlo en un problema grave de difícil o imposible control. Se provocarán con ello daños significativos sobre la salud de quienes allí habitan y sobre la productividad agraria.
Un problema que deben enfrentar estas plantas son sus necesidades de refrigeración. Como quedó dicho más arriba necesitan evacuar aproximadamente el 45% de su potencia térmica total. Las técnicas propuestas son dos: torres húmedas y refrigeración por aire. Las torres húmedas "aprovechan" el calor residual para evaporar agua. Este es un uso consuntivo del agua de difícil encaje en cuencas que no pueden definirse en modo alguno como excedentarias. El consumo, para los rangos de potencia demandados, se sitúa entre 0,15 y 0,7 m3/seg. A la limitación en la disponibilidad del recurso hay que añadir la necesidad de purgar las sales contenidas en el agua evaporada que en todas las circunstancias degrada su calidad y que en algún caso puede llevar el impacto hasta valores inasumibles. Tampoco deben olvidarse entonces las alteraciones del microclima del lugar debido a las nubes formadas. Hay compañías promotoras de proyectos que aseguran ser capaces de evacuar el calor residual con la ayuda sólo del aire en cualquier época del año, con un mecanismo no muy diferente del de los radiadores de los coches. Esto exige una superficie de contacto muy grande que lleva a la necesidad de ingentes cantidades de terreno3 y al empleo de elaboradísimas estructuras de ingeniería. En ambos casos se traduce en sustanciales incrementos de los costes de construcción. Es preciso además estudiar el impacto sobre los ecosistemas y cultivos cercanos de este aire recalentado.
LA OPOSICIÓN SOCIAL
La desmesura en el desarrollo de esta tecnología ha provocado un buen número de movilizaciones sociales de oposición, aunque algunos proyectos no han encontrado rechazo, sobre todo cuando se ubicaban en emplazamientos en los que ya existían otras instalaciones de generación. La suerte de estas luchas ha sido bastante desigual. Se han dado desde rotundas victorias, con la retirada de los proyectos en Mora de Ebre (Tarragona) o la prevista cerca de Medina del Campo, hasta amargas derrotas en proyectos que habían provocado profundas movilizaciones. Quizá los casos de Amorebieta, donde a las decenas de movilizaciones se sumó un referéndum convocado por las plataformas opositoras y con notable participación, o de Arcos de la Frontera, en los que la lucha social provocó un cambio electoral que después no respondió a los compromisos adquiridos4. En situación intermedia, con las espadas aún en alto, decenas de proyectos cuentan con plataformas de oposición con niveles de respaldo social muy variables. Las perspectivas para muchas de estas luchas no son malas. A la propia capacidad de presión hay que sumar el evidente exceso de proyectos que permite a los promotores abandonar aquellos en los que encuentra mayor rechazo sin un coste excesivo, y la evolución del precio internacional del gas. Este combustible está, en la mayor parte de los contratos de compra-venta vinculado a los precios de petróleo. Un barril de petróleo por encima permanentemente de los 50 dólares hace mucho menos atractivas las inversiones en estas centrales. Y no es previsible que el precio del petróleo baje. Aunque esto, es otra historia.




















