Jaime Pastor
La catástrofe del “Katrina” se ha convertido en el espejo en el que podemos ver reflejada la crisis global civilizatoria por la que estamos atravesando. Porque en ella no sólo se ha podido comprobar de nuevo (Mike Davis ha recordado que ya ocurrió lo mismo hace un año en la misma Nueva Orleans cuando se anunció el huracán Iván) el desprecio a las vidas humanas de las gentes afroamericanas, hispanas, asiáticas y pobres por parte de ese racismo “wasp” (blanco, anglosajón y protestante) preconizado por Huntington y practicado por Bush y compañía, en contraste escandaloso con el esfuerzo económico y el despliegue militar y humano dedicado a mantener la ocupación de Iraq y Afganistán; o la anorexia de un Estado de “bienestar” que da vía libre a la imposición de un estado de sitio y del “derecho a matar” (“primero, disparar; luego, preguntar”) en defensa de la propiedad privada, frente a quienes se limitaban en la mayoría de los casos a buscar alimentos para las decenas de miles personas que luchaban por sobrevivir. Además de todo eso, también hemos visto las nefastas consecuencias que están teniendo el mantenimiento de un “modelo” energético insostenible, basado principalmente en el carbón, el petróleo y el gas natural, y la construcción de ciudades y viviendas en zonas y condiciones que siguen despreciando y desafiando la tendencia al calentamiento global del planeta que están fomentando.
Porque éste es el problema central de la humanidad: la relación cada vez más estrecha entre la alteración del clima del planeta por la emisión de gases de ‘efecto invernadero’ derivados del actual modelo de producción, transporte y consumo, por un lado, y una globalización neoliberal, por otro, que deja el camino libre a una nueva fase de acumulación de capital mediante la privatización de bienes comunes de la humanidad y de la naturaleza y la sobreexplotación de todo tipo de trabajo (incluidos los “invisibles” del cuidado y el afecto, generalmente realizados por mujeres), está conduciendo a una sucesión de catástrofes que pueden acabar con la vida en el planeta; sobre todo, si van acompañadas, como ya ocurre, de guerras y de la continua fabricación de armas de destrucción masiva por parte de grandes y pequeñas potencias.
Es cierto que esa combinación destructiva de produccionismo, consumismo y neoliberalismo encuentra sus manifestaciones más extremas en el imperialismo militarista y racista de Bush junior, quien ni siquiera está dispuesto a aplicar las tímidas propuestas del Protocolo de Kioto y amenaza ahora con el uso preventivo de armas nucleares contra el “terrorismo”; pero también en muchas otras partes podemos encontrar manifestaciones de ese mismo “modelo”. Por no ir muy lejos, en la misma Europa estamos comprobando tanto los efectos de ese calentamiento global (la temperatura media aumenta en tierra y mar, las olas de calor y las lluvias torrenciales se alternan, las sequías son más prolongadas...) como las fuertes resistencias de los poderes económicos y empresariales –con los españoles a la cabeza- a cumplir incluso con las moderadas directivas ambientales procedentes de la UE. Y también en Europa estamos viendo, con Blair a la cabeza, la misma tendencia a desmantelar derechos sociales y libertades básicas y a imponer un “apartheid” interior contra la inmigración “no comunitaria”.
Urge, por tanto, forzar un cambio de rumbo, sin tener que esperar a nuevas catástrofes para empezar a sentar las bases de otro proyecto civilizatorio basado en el fomento de energías renovables, en otro modelo de producción, transporte y consumo al servicio de todas las personas y no de los grandes beneficios privados, y respetuoso de la biodiversidad planetaria.
Es obvio que ese proyecto no puede hacerse en el marco de un capitalismo cuya naturaleza estructuralmente depredadora de la naturaleza salta a la vista cotidianamente. Incluso ahora estamos viendo cómo, en medio de la crisis energética y ante el fin del petróleo barato, se está emprendiendo una nueva ofensiva mediática desde determinados “lobbies” a favor de la energía nuclear, recurriendo para ello a las peores falsificaciones de tragedias como la de Chernóbil.
Hay por tanto razones de peso para luchar con firmeza y sin concesiones contra el “doble asalto al espacio y al tiempo” (Riechmann) que practica el capitalismo realmente existente contra la vida en el planeta. Por eso la izquierda, si quiere ser consecuentemente ecologista, tiene que ser también contraria al concepto dominante de “competitividad”, basado en la búsqueda del máximo beneficio privado a corto plazo y en la “externalización” de los costes ecológicos que ello supone. Tampoco puede dejarse arrastrar por discursos como el del “crecimiento económico” (aunque luego le añadan el adjetivo “sostenible”), mal medido además mediante los indicadores oficiales del PIB; ni ceder ante las presiones de grupos empresariales para incumplir el Protocolo de Kioto o relanzar las nucleares (como ha hecho, lamentablemente, el Secretario General de CCOO). Sabemos que las incomprensiones que desde el propio mundo del trabajo surgen frente a una apuesta coherente y audaz por otro modelo energético y de consumo pueden ser muchas; pero es aquí donde la ética de la responsabilidad con el planeta y las futuras generaciones ha de estar por encima de los intereses particulares y de la constante creación artificial de nuevas “necesidades” para esa “mayoría satisfecha” del Primer Mundo, a la que el resto de la especie humana, gracias al poder persuasivo de la publicidad que nos invade, tendría que imitar o, simplemente, envidiar.
Resaltar el color verde de la izquierda no significa menospreciar el rojo de la cuestión social en un mundo cada vez más desigual. Al contrario, la crisis es hoy ecológica y social y está asociada a la “deuda ecológica” creciente del Norte con el Sur; basta ver una película como La pesadilla de Darwin para comprobar todo esto como resultado de la acción del capital transnacional, en este caso europeo. El último Informe sobre desarrollo humano 2005 del PNUD (que, sin embargo, sigue sin incluir dentro del “desarrollo humano” factores no susceptibles de cuantificación, como los emocionales y afectivos, resaltados desde ese color violeta del feminismo que también ha de asumir la izquierda) ha venido a recordarnos la gravedad de la injusticia social global: 2.500 millones de personas sobreviven con menos de 2 euros al día, cada tres segundos muere un niño, se gasta diez veces más en armas que en ayuda, hay 110 millones de menores sin escolarizar, la esperanza de vida en un país como Zimbabue es de 36 años... Frente a este panorama, ¿qué podemos esperar de Cumbres como las del G-8 o de la ONU que ni siquiera se comprometen a cumplir con el 0,7 % de Ayuda al Desarrollo? Nuestra mirada de esperanza tiene que estar, más bien, en ese movimiento global de resistencia y protesta que se extiende por muy distintas partes del planeta, y en particular en Estados Unidos y América Latina. Es aquí, en el corazón y en lo que era “patio trasero” del Imperio, donde puede empezar el fin de la “era Bush” y, con él, abrirse un nuevo horizonte en el que, frente a los previsibles reajustes entre potencias imperialistas para seguir gobernando el mundo, gane credibilidad la idea de que otro modo de producir, de vivir, de “desarrollo humano sostenible”, como ha argumentado recientemente Enric Tello en un excelente libro (La Historia cuenta, El viejo topo) es posible. Sólo así podrán quizás las nuevas generaciones aprender a vivir sin tener que asustarse ante la sucesión de catástrofes que cada vez tienen menos de “naturales”.


















