Resulta inquietante pensar que nuestra vecina pueda ser un asesina en serie.
Aunque es algo más tranquilizador si lo que sospechamos es que lo único que hace es apoyar con sus votos bombardeos masivos de otras gentes. De todas formas, es difícil evitar un escalofrío al imaginar que esa persona que nos saluda en el ascensor, o esa otra que nos encontramos, amable, comprando naranjas en la verdulería, sean indiferentes a la corrupción hecha ley e institución por el Partido Popular, o que hayan refrendado con sus votos la barbarie bélica y social que éste ha protagonizado en los últimos años. ¿Mi tendero también?, me figuro que muchos deben estar preguntándose todavía.
Pero claro, para entender un poco estas cosas debemos buscar algunas razones históricas. Al fin y al cabo, casi 40 años de dictadura no pasan en balde. Una dictadura que nos privó de lo mejor de la sociedad, de la savia tanto altruista como solidaria que hubiera podido ir gestando una, ¿cómo le llaman ahora?, "sociedad civil", fuerte, crítica, participativa. Un tejido social con otros valores y otra formación política. Justo todo lo que este país, a diferencia de otros europeos, no tuvo, y apenas tiene.
Una guerra desigual y 40 años que se llevaron por medio luchadores sociales, sindicalistas y toda una generación que creía y peleó por un mundo mejor. Los que ganaron, como hoy sus hijos, eran antidemócratas, no hay que olvidarlo. Y enseñaron antidemocracia a una población amedrentada que se había quedado sin otros referentes, como se quedó sin ilusión.
Cuando este país-Estado llamado España empezó a atisbar vientos de cambio, allá por finales de los años 70 y principios de los 80, fue justo cuando el Gran Capital emprendía su ofensiva globalizadora neoliberal, de desmantelamiento del Estado que algunos llamaron del "Bienestar", de ataque a las conquistas de la población tanto en el terreno laboral como en el social en general, y de amorfización de individuos. La crisis de productividad y la creciente financiarización de la economía que se produjo en las sociedades centrales, generaron además un aumento espectacular del paro. Eran precisamente los años en que el PSOE había asumido el gobierno y encandilado a una buena parte de la población con sus promesas de "cambio".
Pero el PSOE se plegó a los designios del Gran Capital, realizando toda su obra desmanteladora de derechos, al tiempo que pagaba el precio del atasco en que se encontraba el sistema capitalista en su conjunto en forma de creciente inestabilidad y descontento social. Su posterior descomposición y corrupción, además de sus luchas fraticidas, muy especialmente en el caso valenciano, terminaron de hundir su credibilidad.
Y claro, la memoria colectiva no le ha perdonado. No al menos, todavía (y con él, tampoco a todo el conjunto de la izquierda, a la que a sus ojos, aquél representaba).
Los residuos socialdemócratas que quedan en esta formación política deberían intentar recordárselo a la liberal-democracia imperante hoy en el aparataje del PSOE. Y en vez de intentar ser una maquinaria atrapa votos, dedicarse a procurar otras condiciones socioeconómicas que propicien también otro tipo de ciudadanos. Ese otro tipo de ciudadanos que sí les podrían votar, a diferencia de los que "hace" el actual capitalismo salvaje. Las conciencias, señoras y señores del PSOE, son siempre de alguna forma fruto de las condiciones de existencia (algo que, junto al resto de la dialéctica, probablemente olvidaron ustedes también a partir de Suressnes).
En cuanto a la izquierda, ¿qué decir?. Su única posibilidad, y razón de ser, radica en dedicarse realmente a crear o fortalecer ese tejido social que nos escamotearon, colaborar en la formación de sujetos colectivos que sean capaces de cuestionarse y cuestionar todo lo que está pasando, y de enfrentarlo organizadamente. Algo de lo que Esquerra Unida parece estar cada vez más lejos. Se han puesto detrás de las pancartas, sí, pero han movido muy pocos dedos para posibilitar el movimiento que a su vez posibilitó esas pancartas. Con sus energías puestas en las dinámicas internas de poder para ocupar concejalías o escaños, pocas fuerzas restaban para la calle.
Y eso por no hablar de esas otras formaciones políticas de color indefinido que compiten más o menos por los mismos votos que EU, y a las que una y otra vez la población las pone en su sitio en cada elección, que es siempre por debajo del 5% de los votos. Listón que ya sabemos que es antidemocrático, pensado para el bipartidismo (para que sólo existan los dos partidos que en cada sitio estén de acuerdo en lo fundamental: la ley del Gran Capital), pero que no debería ser utilizado como excusa ante la falta de cooperación. Ante la urgente necesidad de una refundación de la izquierda.
Por su parte la (ultra)derecha española, encarnada por los hijos del franqusimo, en el PP, sabe perfectamente que sus políticas antisociales generarán mayor y mayor ingobernabilidad. Por ello tiene preparados ya nuevos paquetes de represión, tanto laboral (para garantizar la desunión y la desconcienciación de los trabajadores), como policíaco-judicial (y si no, por ejemplo, que se lo digan a las decenas y decenas de miles de vascos a los que no han dejado votar por su opción en estas elecciones). Aquí en España no tenemos que temer que los Le Pen o los Haider suban al poder. Ya están. Procuran no decir muchas "racistadas", simplemente las hacen con cada reforma de la "Ley de extranjería". Intentan no hacer alarde clasista, sólo que no pueden evitar reírse cuando alguien desvela su propia corrupción (Terra Mítica, leyes sin dotación presupuestaria, agujeros negros en las contabilidades, ausencia de subvenciones para todo lo público, especulación urbanística, etc, etc.).
Hoy, los últimos momentos de la globalización próspera que empezó a mediados de los 90 (justo con el ascenso al poder político del PP), refuerzan a muchos su creencia (ilusa creencia) de que sus intereses están mejor guardados y su futuro asegurado si se ponen del lado de los poderosos (aunque entre ellos estén los legionarios de Cristo Rey que invaden las instituciones valencianas bajo el emblema de las gaviotas y el cielo azul). No importa si para ello hay que tirar una tonelada que otra de bombas sobre las cabezas y casas de unos cuantos pobres del mundo, e incluso taparse la nariz cada vez que los barcos nos llenan de caca negra las playas, o mirar para otro lado cuando tántos de nuestros chiquillos tienen que ir a barracones por falta de escuelas.
Sin embargo, alguien que vea más allá de su tarjeta Visa tendrá que ir pensando en ayudar a construir sociedad, en levantar una fuerza social desde abajo, o sumarse a la que ya ha empezado a emerger, y que está ahí, aunque las urnas no la dejen ver. Esa "fuerza" está integrada por lo que se salvó de nuestro triste siglo XX, así como por parte de una nueva generación que quiere empezar de nuevo, que va saliendo poco a poco del egoísmo feroz en que nos educaron. Alguien, de entre toda esta locura electoral, tendrá que ir apostando de verdad por estas ansias de transformación social (que no de alternancia). Para barrer de una vez tanta miseria.
Porque el 25-M perdimos todos, incluso la mayoría de los que creen que ganaron votando al PP.
[Algo de lo que también debiera darse cuenta la izquierda "pura", la que dice y se dice a sí misma que "está en la calle", mientras mira todo desde la altura de su honradez autoatribuida en exclusiva. Esa "izquierda" (roja o negra) debería reflexionar sobre su "vanguardismo" camuflado de compromiso intransigente, para darse cuenta de que tampoco está haciendo gran cosa por generar una opción alternativa de mayorías, sino más bien, muchas veces al contrario. ¿Será que se complace en los pequeños círculos de iniciados?].
Andrés Piqueras / Espai Alternatiu