(VII Congreso Español de Sociología. Grupo de Trabajo 27: Movimientos sociales y acción colectiva, Sesión 3ª, Salamanca, septiembre 2001)
La relativa novedad que está suponiendo el desarrollo de movimientos convencionalmente denominados "antiglobalización" en diferentes partes del planeta supone un reto para la actualización y revisión del estudio y la investigación de los movimientos sociales y sus características contemporáneas. En este trabajo se va a intentar hacer una aproximación a la realidad de los mismos en los países del "Centro", tratando de resaltar el contexto, los rasgos comunes y el repertorio de acciones que están poniendo en pie, incluyendo una referencia al caso español.
Si bien no hay acuerdo unánime sobre cuál es la fecha de partida en la aparición de este nuevo tipo de movimientos, es fácil llegar a un amplio consenso de que ésta se puede situar a comienzos de la década de los años noventa del ya pasado siglo: más concretamente, en torno a la revuelta neozapatista de Chiapas en 1994 y, sobre todo, debido a su impacto global, en la llamada "batalla de Seattle" en noviembre de 1999. No obstante, su emergencia pública casi generalizada no sería comprensible sin el proceso paralelo de acciones que se iniciaron en la década anterior, especialmente a través de las sucesivas denuncias y revueltas frente a las políticas de "ajuste estructural" dictadas por el FMI en el Sur, las protestas contra el proceso de "relocalización" de las empresas-red de las multinacionales (a través, sobre todo, de las llamadas "Zonas de Procesamiento para las Exportaciones" en países periféricos) y contra su política de "imagen" basada en una cultura consumista y privatizadora de los espacios públicos en el Norte, o ante el creciente deterioro ecológico del planeta, tal como se expresó en la Cumbre Alternativa de Río de 1992.
Su definición periodística como movimientos "antiglobalización", aunque simplificadora y rechazada por muchos de los sectores que forman parte de los mismos, sirve en todo caso para entender que responden a una serie de cambios en el escenario internacional que se han dado en llamar "globalización". No obstante, se correspondería más con su realidad caracterizarlos como movimientos que se oponen al actual proceso de globalización bajo hegemonía neoliberal y que, aun dentro de su enorme diversidad, rechazan sus consecuencias sociales, ecológicas y políticas.
Pero no se pretende en este texto entrar a fondo en el estudio y comentario crítico de las distintas interpretaciones que de ese proceso han surgido ya sino destacar principalmente lo que afecta a nuestro objeto más concretamente. A este respecto, sí importa subrayar que lo que atañe fundamentalmente a decisiones en la vida económica, política y cultural, en aspectos nada secundarios de esa "globalización", se produce muchas veces en marcos e instituciones que están por encima o más allá de las fronteras y ámbitos de cada Estado. Esa reducción de la autonomía en lo económico-financiero que ha ido acompañada por una desrregulación en lo social y una sobrerregulación en funciones de control ciudadano- de la mayoría de los Estados ha sido asumida activamente por los mismos, mientras que paralelamente han ido favoreciendo el nuevo protagonismo que han ido alcanzando las instituciones financieras internacionales así como los nuevos bloques regionales que se están configurando alrededor de los polos de una Tríada, en la que predomina la superpotencia estadounidense y se sitúan en un segundo plano la Unión Europea y Japón. Es precisamente la constatación de que la mayoría de los gobiernos "nacionales" no tienen ya un poder de decisión sobre cuestiones centrales como la política económica o la crisis ecológica una de las razones principales que explican la emergencia de unos movimientos sociales que, desafiando las respuestas en esos ámbitos y comprobando la necesidad de ir "más allá" de sus fronteras estatales, empiezan a ver con "gafas globales" sus problemas nacionales o locales.
Dentro, pues, de este contexto en notable mutación se está conformando una nueva estructura de oportunidad política transnacional, la cual presenta nuevas constricciones y nuevas posibilidades o "ventanas" para la extensión de movimientos sociales que puedan poner en cuestión las políticas que se propugnan por parte de esas instituciones y/o "corporaciones" también transnacionales. En ese proceso de cambio la conmemoración del 50 aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos en 1998 puede ser vista también como otro punto de inflexión a partir del cual va extendiéndose un nuevo debate sobre la conciencia de ciudadanía global y la necesidad consiguiente de globalizar el conjunto de las sucesivas generaciones de derechos por encima de la soberanía de los Estados; todo ello está reflejándose ya no sólo en la redefinición de conceptos como "crímenes contra la humanidad" o en la puesta en pie de un Tribunal Penal Internacional sino también en la presión para que derechos civiles, políticos y sociales básicos sean considerados derechos fundamentales de todos los seres humanos en cualquier parte del planeta. Esta dinámica encuentra su ejemplo más visible en la evolución de una organización como Amnistía Internacional y en su opción reciente por poner el acento en la defensa de los derechos sociales y económicos frente a las desigualdades agravadas por la "globalización", especialmente ante fenómenos crecientes como las migraciones transnacionales y las poblaciones "desplazadas" de sus países de origen.
Esta tendencia se produce simultáneamente a lo que algunos investigadores han calificado como una "desafección" significativa hacia las democracias realmente existentes, especialmente allí donde parecían más asentadas: en los países de la llamada Trilateral o del "Centro". En efecto, según las conclusiones extraídas de estudios empíricos por Putnam, Pharr y Dalton, "los ciudadanos en la mayoría de las democracias trilaterales están menos satisfechos con la actuación de sus instituciones públicas representativas que hace un cuarto de siglo"; la tendencia a la volatilidad y al escepticismo del electorado ha aumentado, el alineamiento partidario sigue en descenso, y en 11 de los 14 países estudiados la confianza en el parlamento también ha bajado .
Partiendo de la relevancia de estos procesos, no es arriesgado sostener que la crisis de la democracia representativa a escala nacional-estatal, del parlamento como sede de un poder efectivamente legislativo y del sistema de partidos en el que se apoya (con su tendencia dominante a competir en el "centro" político y a verse afectados por escándalos de corrupción) generan un escepticismo ciudadano respecto a la eficiencia de esas instituciones, con mayor razón cuando se produce un proceso paralelo de crisis del Estado social y del modelo de integración del mundo del trabajo, de las mujeres y de la juventud a través del empleo estable.
Es obvio que esa "desafección" tiene que ver, aunque no sólo, con las tendencias antes descritas, las cuales contribuyen a hacer más visible la concentración de poderes económicos, políticos y mediáticos en una minoría del planeta cuya transparencia y control escapa a la gran mayoría de la ciudadanía. En ese marco se puede entender mejor las posibilidades contradictorias que se ofrecen a los movimientos sociales: "por un lado, se debilita su capacidad de presentar sus demandas a su propio Estado; por otro, se ofrecen nuevas oportunidades y recursos para influir en los actores estatales y no estatales". En efecto, la conciencia de que la esfera de la política sustantiva (politics) se encuentra fuera del ámbito estatal puede provocar cierta frustración ciudadana, pero simultáneamente la verificación de que las "políticas" (policies) concretas se manifiestan de forma similar en distintos países empuja a la coordinación y a la confrontación o al diálogo con instituciones, grupos de interés o los mismos gobiernos para que también actúen a escala regional o global.
Nos encontramos, por tanto, ante la creciente configuración de lo que también se ha denominado como una "esfera pública transnacional" en la que si, por un lado, tienen mayor protagonismo las instituciones financieras internacionales y los principales grupos económicos y de comunicación en detrimento de la mayoría de los Estados, por el otro, también lo van conquistando, aunque de forma más desigual y todavía relativamente fragmentada, las diferentes redes de los movimientos que cuestionan las decisiones que toman esas instituciones y poderes. Los mismos acuerdos y políticas neoliberales aplicadas de forma casi indiscriminada a numerosos países conducen a su rechazo a escala transnacional, precisamente porque se constata que los propios gobiernos "dependen cada vez más de una legitimación orientada hacia el output y no hacia el input ", es decir, y sobre todo, de los resultados que puedan ganar la confianza de actores poderosos extraestatales; porque "uno de los rasgos de la actual fase de globalización es el hecho de que un proceso que sucede dentro del territorio de un Estado soberano no significa necesariamente que sea un proceso nacional. Esa localización de lo global o de lo no-nacional dentro de lo que ha sido construido como nacional choca abiertamente con muchos de los métodos y marcos conceptuales que prevalecen en las ciencias sociales".
Otro elemento también nuevo a destacar es que la interacción entre las redes de poderes transnacionales y las de los movimientos sociales se plantea dentro de un marco de referencia distinto al que pudo caracterizar etapas históricas anteriores. Así, si el viejo contexto de la política daba un peso determinante a la dinámica de conflicto entre cada movimiento y el Estado nacional respectivo, ahora la complejidad y la relación de fuerzas tan desigual entre los principales actores en liza conducen a hablar en términos de redes de poderes y de resistencias (es decir, en plural) en marcos regionales y/o globales, sin que aparezca en el horizonte una idea de confrontación por la toma de un poder político cuya sede espacial aparece ahora mucho más difusa. Probablemente, el primer discurso alternativo que empezó a captar ese redimensionamiento de la política (al igual que la necesidad de un nuevo lenguaje y de un uso distinto de las nuevas tecnologías de la comunicación) haya sido el del EZLN, al poner el acento en su aspiración a desarrollar una "contrahegemonía" y un nuevo internacionalismo rebelde y anticapitalista, pero no "revolucionario", al menos en el sentido en que pudieron entenderlo la mayoría de los movimientos del siglo XX. Ese cambio de coordenadas explica también las dificultades que van a tener en esta nueva fase de la humanidad unos movimientos construidos a partir de unas identidades de resistencia para poder dar el salto hacia "identidades-proyecto" capaces de articular nuevos bloques sociales y de reformular nuevos horizontes utópicos.
Dentro de esa búsqueda de un nuevo paradigma y de nuevos marcos para la acción política colectiva cabe entender igualmente que los discursos y las prácticas de estos movimientos hayan empezado deslegitimando las "Cumbres" y reuniones internacionales oficiales para poder así hacer llegar su mensaje de rechazo de las políticas y decisiones que se toman en ellas, esforzándose por autolegitimarse y ocupar espacios de "contrapoder", en lugar de plantearse una estrategia política partidaria o de toma de esas instituciones. Esto último no impide, sin embargo, que la mayoría de quienes participan en estos movimientos busquen compartir una denuncia común del marco de injusticia generalizada que supone el actual proceso de "globalización" y sitúen como principales responsables de aquélla a las instituciones financieras internacionales, a las grandes empresas multinacionales o/y a las grandes potencias; tampoco supone ignorar que dentro de esos movimientos participan sectores vinculados a corrientes políticas determinadas. Pero lo que parece ya innegable es que estamos asistiendo a un redescubrimiento de la acción política dentro de un marco que supera el viejo paradigma en el que aquélla se desarrollaba desde que, hace ya unos cuantos siglos, se empezó a extender el "modelo" de Estado-nación al conjunto del planeta.
Esta estructura de oportunidad política está, sin embargo, incompleta en muchos aspectos: no existen instituciones políticas representativas a escala global, más allá de lo que pueda significar la ONU como organización "mediadora" entre las grandes instituciones financieras, económicas y militares internacionales, por un lado, y los movimientos sociales, por otro; hay determinados procedimientos informales como las cooptaciones de parte de esos movimientos a través de ONGs, pero que han conocido un notable deterioro en los últimos tiempos; está ausente un sistema de partidos a escala transnacional, ya que la casi totalidad de ellos siguen subordinados al marco de intereses y consenso "nacional-estatal"; tampoco las organizaciones sindicales internacionales han logrado hasta ahora dar el salto, más allá de sus declaraciones y de algunas iniciativas todavía modestas (salvando excepciones como la brasileña y la sudcoreana), hacia una labor de movilizaciones y demandas a escala global. En ese contexto aparece más clara la falta de transparencia y, sobre todo, de "accountability" de las instituciones financieras internacionales, pero al mismo tiempo se hace más difícil generar una nueva "estructura de expectativas" que permita, al menos, ofrecer posibilidades de conquistas parciales y forzar un nuevo rumbo en la "globalización" actual. Sólo los medios de comunicación, pese a que la mayoría de ellos están concentrados en muy pocas manos, aparecen como escenarios (deformados, deformadores y selectivos) de visibilización de los conflictos, los discursos y las demandas procedentes de los movimientos, labor que no es ajena a la comprobación de que éstos últimos cuentan con una simpatía potencial ciudadana nada despreciable.
Cabe por tanto la hipótesis de que en el futuro, junto a las escalas global y nacional-estatal, los avances en la construcción de bloques interestatales fomenten a su vez la tendencia ya iniciada en estos movimientos a dar una creciente importancia a la actuación en estos nuevos ámbitos, puesto que también en ellos se va configurando una estructura de oportunidad política relativamente autónoma. En realidad, esto es lo que está ocurriendo ya en el marco de la Unión Europea, en donde existen redes específicas y es frecuente la organización de actividades y Foros a esa escala con ocasión de las "cumbres" de los representantes de gobiernos de los países miembros.
Asimismo, es previsible una revalorización de los marcos subestatales, especialmente en aquellos territorios donde persisten conflictos de identidades nacionales sin resolver y en los que las redes de esos movimientos no pueden ser ajenas a la defensa de fórmulas democráticas de convivencia plurinacional y pluricultural. Porque no hay que olvidar que esto último tiene que ver también con la tensión entre "globalización" entendida muchas veces como proyecto de homogeneización cultural- y diversidad nacional y cultural, hoy reforzada con el fenómeno de las migraciones masivas de fuerza de trabajo a los países del "Centro" y la reticencia oficial en éstos a reconocerles derechos plenos de ciudadanía.
La creciente pluralidad que existe en esos movimientos se pudo comprobar ya en la llamada "batalla de Seattle", en noviembre de 1999: allí, los principales lemas de protesta fueron "El mundo no es una mercancía" y "No a la OMC", pero expresados desde muy distintos puntos de vista o intereses y con diferentes propuestas respecto a la actitud a mantener frente a esta nueva organización. Pese a ello, en torno a la "Cumbre" allí convocada se produjo una victoria parcial, política y mediática del movimiento que le dotó de cierta legitimidad a escala internacional, marcando así un antes y un después en la historia de este movimiento. Quizás el mejor ejemplo de esto aparezca ilustrado por la valoración de uno de sus animadores: "Antes de Seattle, la pregunta planteada constantemente a los responsables de los movimientos que preparaban las movilizaciones por sus adversarios o por la prensa era: ¿Qué reprocháis a la OMC?; después de Seattle, las preguntas se refieren a las alternativas: ¿Hay que reformar la OMC?, ¿qué sistema comercial proponéis?, o también: ¿Qué instituciones internacionales necesitamos?".
Esa "batalla" fue también un ejemplo de la tesis antes expuesta, ya que no se podía plantear en un contexto nacional-estatal por varias razones, tal como argumenta Jackie Smith: "Primero, para los ciudadanos de países con pequeños mercados y poco poder económico, intentar influir en las políticas domésticas es inútil porque sus gobiernos tienen poco peso en las negociaciones internacionales. Segundo, en países como EEUU (al igual que en las instituciones económicas globales), las políticas económicas son consideradas decisiones técnicas y no políticas (...). Tercero, el acuerdo de la OMC suponía promover decisiones clave para los debates de política nacional".
Habría que recordar, sin embargo, que ya antes de Seattle hubo un precedente significativo: la paralización del AMI (Acuerdo Multilateral sobre Inversiones) a mediados de 1998. El texto del borrador de ese acuerdo, elaborado en 1995, no fue conocido por la opinión pública hasta 1997, cuando la organización Public Citizen de Estados Unidos y el mensual Le Monde Diplomatique se atrevieron a publicarlo, pero en poco tiempo se generó una amplia presión ciudadana que logró finalmente del gobierno francés su oposición al mismo, pese a que luego ha sido reconvertido en una serie de convenciones bilaterales y en las propuestas de la OMC. Este fue sin duda un primer éxito que dio autoconfianza en el "movimiento de movimientos" que se fue coordinando a través de Internet y de algunas publicaciones afines al mismo y que convergió en Seattle.
Desde entonces, la pluralidad de discursos y corrientes que se expresan y actúan dentro de esta nueva ola de movilizaciones es enorme y su proceso de maduración está todavía abierto, por lo que el análisis que se pueda hacer de su todavía corta vida deberá ser revisado y actualizado a medida que conozcamos una relativa consolidación del movimiento. La "praxis cognitiva" que se está construyendo a partir de la confluencia en la acción y de la búsqueda de cierto grado de consenso para el trabajo en común debería ser lo fundamental a estudiar, a partir tanto de las sucesivas declaraciones y propuestas adoptadas en los distintos Foros celebrados como del amplio repertorio de acciones, muchas de ellas innovadoras, especialmente las que tienen que ver con el "activismo electrónico", el uso alternativo de la publicidad y las denuncias imaginativas de la "comida-basura", o bien con las formas de organización en "grupos de afinidad" en torno a las manifestaciones. Vemos así desarrollarse un conjunto de estructuras organizativas y de acción que intentan combinar tanto una dimensión instrumental cuestionar una "Cumbre" o determinadas políticas- como otra más expresiva, capaz de lograr un impacto en los medios de comunicación y de llegar a la ciudadanía de cualquier parte del planeta.
En poco tiempo se va generando una variedad de diagnósticos y propuestas que van desde quienes se limitan a propugnar una "re-regulación" del sistema financiero internacional y una mera reforma de las instituciones financieras internacionales hasta quienes exigen la abolición de esas mismas instituciones y apuestan por una globalización alternativa desde abajo, a partir de la defensa de la soberanía de los pueblos y de la lucha por su autonomía; desde quienes sueñan con el retorno a los Estados nacionales del bienestar hasta los que aspiran a poner en pie bloques regionales "neoproteccionistas" del Sur frente al Norte; desde quienes priorizan la movilización en la calle hasta los que optan por el trabajo de "lobby" o institucional; desde quienes proponen la construcción de una nueva Internacional de movimientos sociales hasta aquéllos que buscan una proyección política partidaria; desde los respetuosos de la legalidad vigente hasta los defensores y practicantes de formas de desobediencia civil; o, en fin, desde la opción ampliamente mayoritaria por la acción no violenta frente a quienes ven necesaria la violencia como expresión más visible de su rechazo al capitalismo.
Lo que parece innegable es que estos movimientos están estableciendo una nueva relación entre lo social, lo político y lo cultural y, lo que es más importante, han obligado ya a modificar la "agenda" política y mediática de los estrategas de los grandes poderes transnacionales, cuya "retórica" ha tenido que ir cambiando, reconociendo así la capacidad de esos movimientos para hacer visibles los que en lenguaje oficial se llaman "efectos perversos de la globalización". Esta tensión entre la confrontación y el diálogo parece que va a ser la tónica en un período en el que las situaciones de riesgo y de crisis sociales y políticas tienden a aumentar en muchos lugares del mundo. En esa interacción entre "los de arriba" y "los de abajo" es posible observar cierta evolución, ya que en un corto lapso de tiempo se ha pasado de la negativa a reconocer representatividad a estos movimientos por parte de los responsables de las instituciones financieras internacionales, de organizaciones como la OMC o del G-8, a aceptar e incluso proponer- debates públicos con los mismos. No obstante, los pasos dados en Quebec, Gotemburgo, Barcelona y, sobre todo, Génova parecen anunciar una nueva fase en la que la pretensión de asociar a estos movimientos con acciones violentas aisladas puede estar al servicio de su deslegitimación ante la opinión pública.
Dentro de una estrategia orientada a hacer visibles el malestar y los conflictos latentes con el fin de ir construyendo nuevas subjetividades colectivas con una vocación más o menos antagonista, estos movimientos se ven obligados a hacer política no institucional que obliga a su vez a los partidos a redefinirse ante los temas que aquéllos plantean: las políticas de ajuste estructural y la deuda externa en el Sur, el control de los movimientos financieros de capital y el impuesto Tobin, el control ciudadano de las instituciones financieras internacionales y de la OMC, la lucha contra el cambio climático, la precariedad laboral y el reparto del trabajo, la Renta Básica o la aspiración a una "soberanía alimentaria" y el no a los transgénicos son sólo algunos ejemplos de problemas y demandas que están hoy de actualidad dentro de un nuevo estadio en el que, tras el Foro de Porto Alegre, se apuesta por que "Otro mundo es posible".
Todo lo expuesto hasta ahora no significa concluir que nos encontramos ante un movimiento de movimientos que cuente ya con un arraigo social notable en los países del Centro. Al menos por ahora, ésa es todavía una tarea pendiente en la mayoría de ellos, ya que se mantiene una notable distancia entre, por un lado, la simpatía potencial con la que pueden contar y, por otro, el grado de vinculación y organización alcanzados. Es en este terreno donde, como se ha apuntado en algunas reflexiones, "el peligro estriba en que el movimiento cristalice en una acción volcada hacia el entorno exterior, estructurada a partir de acciones globales que resultan epidérmicas para los que no participan en ellas y alejada de las cuestiones de la vida local".
Como ya se ha indicado, sostener que se trata de un "movimiento de movimientos" significa que junto al sector específicamente organizado existe una amplia gama de alianzas y coaliciones con y entre los diferentes movimientos sociales: los de los pueblos del Sur, el ecologista, el feminista, el de solidaridad internacional, el sindical, entre otros. Pero nuestra atención se va a centrar más en el sector organizado, si bien no se pretende en este trabajo ofrecer una relación detallada del mismo. Si nos referimos a redes transnacionales organizadas, cabría mencionar como primer precedente significativo a Acción Global de los Pueblos (AGP), cuyo proceso de constitución se inicia en febrero de 1988, a partir de un Comité de Convocantes en el que se encuentran organizaciones populares de países latinoamericanos, de India, Mozambique, Nueva Zelanda-Aotearoa e Inglaterra. Sus señas de identidad se definen en los siguientes puntos: "1. Un rechazo muy claro a la Organización Mundial del Comercio y a otros acuerdos de liberalización comercial; 2. Una actitud confrontativa, ya que no pensamos que el lobbying (cabildeo) pueda tener mayor impacto en organizaciones tan partidistas y anti-democráticas, en las cuales el capital transnacional es el único que hace política verdaderamente; 3. Una llamada a la desobediencia civil no violenta y a la construcción de alternativas locales por la gente local, como respuestas a la acción de gobiernos y corporaciones; 4. Una filosofía basada en la descentralización y la autonomía". En resumen, AGP ha aglutinado hasta ahora a los sectores más críticos del capitalismo global y no sólo de su versión neoliberal. Pero, puesto que nos queremos referir fundamentalmente a los países del "Centro", tiene especial interés el peso que ha tenido hasta fechas recientes dentro de esa red la organización británica Reclaim the Streets, ya que constituye un ejemplo de radicalización de un sector vinculado al ecologismo y de composición predominantemente juvenil que se ha ido extendiendo a otros países como Italia (con Tute bianche/Ya Basta) en los últimos años.
Posteriormente, a partir de una confluencia muy plural en la que la iniciativa ha provenido fundamentalmente de la publicación mensual Le Monde Diplomatique, ATTAC (Asociación por una Tasación de las Transacciones Financieras para Ayuda a los Ciudadanos) y la alcaldía de Porto Alegre de Río Grande do Sul en Brasil, surge el Foro Social Mundial de Porto Alegre. Su idea era y es aparecer como una réplica del Foro Económico Mundial de Davos y promover una coordinación entre los distintos sectores y organizaciones que se oponen a la "globalización" neoliberal alrededor del lema "Otro mundo es posible". En su Llamamiento de enero de 2001 manifiestan su voluntad de construir "una gran alianza para crear una nueva sociedad, distinta a la lógica actual que coloca al mercado y al dinero como la única medida de valor. Davos representa la concentración de la riqueza, la globalización de la pobreza y la destrucción de nuestro planeta. Porto Alegre representa la lucha y la esperanza de un nuevo mundo posible donde el ser humano y la naturaleza son el centro de nuestras preocupaciones". Es muy larga la lista de organizaciones que participaron en el primer evento de este Foro, por lo que nos remitimos a las referencias que han aparecido ya en diferentes publicaciones . Probablemente, la decisión más importante de ese Foro fue la de asumir el compromiso de reunirse anualmente y en los distintos continentes, con el fin de ir consolidándose como plataforma de debate y de construcción de alternativas para demostrar que otro mundo diferente y justo es posible. La elección de Porto Alegre no fue casual, ya que en ese municipio se desarrolla desde hace tiempo una experiencia avanzada de "presupuestos participativos", por lo que se quería simbolizar así la apuesta del Foro por una democracia participativa y directa frente al carácter no democrático de las instituciones y foros oficiales donde se toman las grandes decisiones.
También cabría mencionar, entre las diversas organizaciones que están surgiendo, a las redes coordinadas de grupos de mujeres a partir de la Marcha Mundial de Mujeres, a las que aglutinan a las organizaciones campesinas más activas en Vía Campesina o, más recientemente, a la que abarca diversos medios de contrainformación en Indymedia. Así mismo, tienen especial relevancia grupos de reflexión y propuestas como Focus on Global South, cuyo portavoz más conocido es Walden Bello, que centra su atención en el sudeste asiático, Corporate Europe Observer, dedicado al seguimiento de los grupos empresariales en el ámbito europeo, o el Observatorio sobre las Transnacionales.
ATTAC tiene especial interés ya que surge en Francia en junio de 1998 para pasar luego a constituirse como "Movimiento internacional para el control democrático de los mercados financieros y de sus instituciones" en diciembre del mismo año, existiendo ya actualmente en alrededor de 30 países. Su lema general ("Se trata simplemente de reapropiarnos, todos unidos, del porvenir de nuestro mundo") expresa ya la amplitud de miras de su discurso crítico de la "globalización", lo que no impide que ponga el acento en la exigencia de medidas concretas como el Impuesto Tobin, la desaparición de los paraísos fiscales o la anulación de la deuda externa pública del Tercer Mundo; en su plataforma internacional decidió adoptar una forma de organización basada en una "red sin estructuras jerárquicas ni centro geográfico". Como resume uno de sus animadores, "Desde el comienzo, la batalla por la Tasa Tobin se ha inscrito en una perspectiva democrática (reafirmación de la primacía de la política frente a la dictadura de los mercados), pedagógica y militante (puesta al día y crítica de los mecanismos financieros del liberalismo), social (gravamen del capital y no del trabajo), solidaria (utilización del ingreso de este impuesto para reducir las desigualdades, en particular Norte-Sur), antiespeculativa (limitación de los movimientos especulativos de capitales)".
En la mayoría de estas plataformas más o menos configuradas a escala internacional y estatal se puede encontrar declaraciones de intenciones similares que tienen como propósito la búsqueda de un sistema de funcionamiento basado en la democracia participativa y en la horizontalidad, compatible con la puesta en pie de coaliciones de organizaciones bajo la forma de redes confederales o descentralizadas, priorizando a su vez cada una de ellas un eje u objetivo de trabajo específico. Lógicamente, a medida que el movimiento avanza, nuevos interrogantes y líneas de diferenciación aparecen, no siendo la menor de ellas la relacionada con la violencia y la utilización interesada de la misma por parte de sus adversarios para restarle credibilidad pública.
La misma necesidad de contrarrestar la presentación de estos movimientos como "globofóbicos" o "violentos" está obligando a las redes de colectivos implicados a buscar y demostrar públicamente una mayor fundamentación de sus discursos y propuestas alternativas. Se tiende así a superar lo que Pierre Bourdieu define como "otra división funesta, la que separa investigadores y militantes", convirtiéndose en tarea urgente el conocimiento de los hechos que se denuncian y la búsqueda de una argumentación sólida de las propuestas que se hacen, con el fin de poder desmontar la imagen del "No" primario, de la acción meramente callejera y de la imagen carente de alternativas que se pretende dar de esos movimientos por parte de sus adversarios. Buena prueba de ese propósito alternativo es la consolidación de "observatorios" o grupos de trabajo sobre los más diversos temas, así como la existencia de "Consejos científicos" cuya capacidad de elaboración y de respuesta ante las demandas de los movimientos es creciente. Todos ellos tratan de poner sus estudios y denuncias al servicio del movimiento y de los Talleres y Foros que se celebran con ocasión de las grandes citas internacionales.
Los rasgos antes descritos tienen también sus manifestaciones en el caso español, en donde sin embargo sigue constatándose un menor "capital social" y un menor grado de participación no convencional en relación con la media de países de la UE. Pese a esas limitaciones, nos encontramos igualmente con una diversidad de organizaciones, redes y corrientes que aspiran a vertebrar movimientos contra la "globalización" neoliberal: así, mientras que unos ponen el acento en la mera resistencia a políticas parciales, otros apuntan a objetivos más concretos (deuda externa, tributo Tobin, crítica de las instituciones financieras internacionales...) y otros, en fin, apuestan por la reconstrucción de un anticapitalismo global.
Entre esas organizaciones podríamos destacar: el MAM (Movimiento contra la Europa de Maastricht y la Globalización Económica), la RCADE (Red Ciudadana por la Abolición de la Deuda Externa), ATTAC (Asociación para una Tributación sobre las Transacciones Financieras para Ayuda a los Ciudadanos), el MRG (Movimiento de Resistencia Global) y, en el caso vasco, Hemen eta Munduan ("Aquí y en el Mundo"), si bien junto a ellas surgen Plataformas unitarias en las que se integran organizaciones de distinto tipo, como ha ocurrido en el caso de la Campaña Barcelona 2001, a la que se adhirieron alrededor de 350 colectivos en torno al lema común "Otro mundo es posible. Globalicemos las resistencias y la solidaridad".
El MAM, surgido a raíz de la protesta de un sector procedente del movimiento ecologista y alternativo contra el Tratado de Maastricht, se ha ido configurando como un colectivo vinculado a la red internacional de la Acción Global de los Pueblos y se encuentra prácticamente integrado en el MRG. La RCADE tiene su origen en la Plataforma constituida en torno a la movilización desarrollada en 1994 en Madrid a favor de la dedicación del 0,7 % del PIB a la Ayuda al Desarrollo; su principal iniciativa pública ha sido la celebración de una Consulta Social sobre la Abolición de la Deuda Externa, coincidiendo con las elecciones generales del 12 de marzo de 2000, que obtuvo un notable éxito. ATTAC se desarrolla de forma más desigual y recoge principalmente a sectores profesionales y universitarios especialmente motivados por la denuncia de la globalización financiera. En cuanto al MRG, surgido a raíz de su participación en la movilización en torno a la "Cumbre" de Praga de septiembre de 2000, su composición es predominantemente juvenil, pero su realidad organizativa es ya muy diversa, puesto que adopta distintas formas de organización: en unos casos como coordinadora de colectivos, y en otros como grupo que aspira a tener una identidad de proyecto "autónomo" propio.
En el caso español, las movilizaciones realizadas en Barcelona alrededor de la Conferencia del Banco Mundial sobre Desarrollo que debía celebrarse a finales de junio de 2001 (y que finalmente fue suspendida) han significado un "antes y un después" en la todavía corta historia del movimiento "antiglobalización". El grado de unidad de acción alcanzado, la elevada participación en los Talleres y Plenarios de la Contraconferencia, así como el éxito de la manifestación del 24 de junio a pesar del intento de asociarla con la violencia - confirman que también en este país empieza a ser visible la confluencia de un amplio sector de la juventud con diferentes organizaciones sociales y ciudadanas preocupadas por el rumbo que ha seguido hasta ahora el proceso de "globalización".
Tras esta sucinta descripción de la realidad y fuerza alcanzadas por estos movimientos en el "Centro", no podemos obviar las debilidades y carencias que todavía les caracterizan. Estas han sido y son todavía notables en lo que se refiere a la composición social e interétnica: en la misma "batalla de Seattle" aparecieron ya voces llamando la atención sobre la ausencia de población negra o afroamericana en las manifestaciones; también en lo que afecta a la población inmigrante, su presencia en las acciones realizadas ha sido muy limitada, siendo en Génova donde por primera vez se ha podido observar una presencia significativa; en cuanto a la participación de las organizaciones sindicales, si bien en Seattle fue importante, no ha sido así en la mayoría de las movilizaciones desarrolladas posteriormente. Esto último constituye un déficit importante, ya que, al margen de la opinión que se pueda tener sobre la práctica que desarrollan la mayoría de los sindicatos, éstos siguen siendo unas estructuras con un número y una proporción de afiliación enormemente superior a la que tienen las principales redes de los movimientos "antiglobalización". No obstante, conviene indicar que ya en Génova parece anunciarse una nueva relación con sectores del movimiento obrero organizado.
Otro problema clave es el que afecta a la composición intergeneracional: podría afirmarse ya con bastante fundamento que se está produciendo una nueva ola de radicalización de la juventud, si bien dentro de unas coordenadas y con características diferentes a la que caracterizó a la del 68; junto a ella, y especialmente en los núcleos organizados, es fácil encontrar a una parte minoritaria de la generación de los años 60 y comienzos de los 70, procedente del ecologismo, de una izquierda radical y de los movimientos de solidaridad internacional y ONGs de "cooperación para el desarrollo". Entre ambas generaciones cabe observar un vacío notable en la mayor parte de los países, lo cual agrava las dificultades de tender puentes entre las distintas experiencias vitales y entre los muy diferentes contextos políticos y culturales en que se ha ido socializando cada una de ellas.
Estas limitaciones tienen que ver también con los cambios mencionados más arriba y que afectan a la difícil reubicación de la relación a establecer entre lo global, lo nacional-estatal y lo local. El peso de la dimensión transnacional no debería hacer olvidar que las políticas denunciadas tienen manifestaciones concretas en las distintas partes del planeta y que tampoco son ajenos a las mismas los poderes estatales y locales. Es en estos ámbitos donde estos movimientos parecen empezar a ser conscientes de su retraso en poner en práctica lo que se ha dado en llamar lo "glocal".
Otra debilidad importante de una parte de estos movimientos está en la dificultad para superar una actitud que se limitara a la mera resistencia y a la apuesta por otro "modelo" también global sin establecer objetivos y demandas intermedias. Esta carencia puede hacerse más visible una vez logrado ya su reconocimiento como actores transnacionales, y tras el consiguiente desplazamiento y/o alianza con determinadas ONGs que aparecían como las presuntas representantes de la "sociedad civil" cooptadas por las instituciones internacionales. El debate sobre la necesidad de "alternativas de alcance medio", capaces de introducir una lógica contraria a la actual "globalización" y de permitir victorias parciales en positivo que ayuden a abrir nuevas "ventanas" de oportunidad política, apenas ha comenzado. La misma fuerza alcanzada obliga, por tanto, a dar mayor relevancia a la capacidad de propuesta, si bien ésta deberá tener en cuenta los cambios de discurso y estrategia que puedan provenir de los poderes a los que esos movimientos emplazan.
Dentro de la todavía corta historia de este "movimiento de movimientos", las jornadas de Génova de julio de 2001 adquieren una significación política especial. Se puede considerar que el balance de lo ocurrido en esta ciudad italiana marca el fin de una etapa y el comienzo de otra, con resultados relativamente contradictorios: por un lado, los sucesos violentos ocurridos han sido utilizados como medio preferente para una estrategia institucional de deslegitimación de la protesta que incluia la restricción de derechos fundamentales, la suspensión del tratado de Schengen y un despliegue de fuerzas coercitivas que creó un verdadero "estado de sitio" en la ciudad-, lo que ha obligado al Foro Social de Génova a desmarcarse públicamente de la violencia, pero sin dejar por ello de reivindicar al joven muerto por la policía italiana como "uno de los nuestros"; por otro, se ha producido la mayor manifestación celebrada hasta ahora en torno a las sucesivas "cumbres" a las que ha acudido el movimiento.
Es este último hecho, precedido por una semana de debates y actividades pacíficas diversas, el que ha quedado inicialmente desdibujado ante la opinión pública internacional, pero que sin duda ha demostrado que este movimiento ha dejado de ser una "nube de mosquitos" para empezar a estar más cerca de ser una amplia coalición de fuerzas transversal y transgeneracional con expectativas razonables de tejer unos lazos sólidos en sociedades como la italiana. En palabras de Vittorio Agnoletto, portavoz del Foro Social de Génova (que agrupaba a más de 400 organizaciones), "el movimiento ha conseguido imponerse como sujeto político autónomo en la escena italiana; ha sido capaz de poner en el centro del debate político, de la agenda parlamentaria y de la opinión pública sus propios contenidos, conjugando la protesta con una fuerte capacidad propositiva (...). El Foro ha logrado el milagro de haber conseguido construir una representación política unitaria y un movimiento plural, manteniendo juntas asociaciones, centros sociales, sindicatos, ONG y fuerzas políticas que generalmente, en la vida cotidiana, no tienen entre ellas relaciones de colaboración regular. Una capacidad común de acción que se apoya en una base programática suficientemente sólida, pero también en un común sentimiento sobre las formas de lucha: la opción pacífica, no violenta, y la desobediencia civil han constituido un importante y no ideológico punto de llegada en una elaboración colectiva". Efectivamente, la diversidad de organizaciones participantes ha abarcado desde las estructuras del propio movimiento "antiglobalización" (como Attac, Marcha de Mujeres Globalized Resistance o Tute Bianche) hasta la Red Lilliput, basada en grupos católicos, pasando por organizaciones sindicales, culturales y ONGs (como Jubileo Sur o "Médicos sin Fronteras") o grupos políticos de izquierda alternativa. Cabe no obstante hacer la salvedad de que el sector llamado "Bloque Negro" se hallaba fuera de esa plataforma unitaria y que su apuesta por la acción directa violenta le diferenciaba del grueso del movimiento; la búsqueda del diálogo con el mismo y de un nuevo consenso para la acción que impida la reedición de una "estrategia de tensión" aparece como uno de los principales retos en esta nueva etapa.
Pero probablemente el dato más sobresaliente de lo ocurrido es la confirmación de la tendencia anunciada ya desde Seattle: la participación creciente de la juventud de los países del "Centro" en este movimiento "antiglobalización", hasta el punto que se ha llegado a afirmar que en la ciudad italiana ha nacido la "generación Giuliani". Su posible confluencia con la juventud que participa en las diferentes revueltas que se están produciendo en países del "Sur" podría contribuir a generalizar ese proceso de radicalización a escala planetaria, dotándola de una subjetividad común antagonista difícilmente canalizable en unas sociedades cuyo "viejo" modelo de integración, como ya se ha recordado antes, a través del empleo estable está en claro retroceso.
Finalmente, a raíz de las jornadas de Génova también parece haberse iniciado una nueva confrontación discursiva y simbólica: la de los dos principales contendientes, el G-8 por un lado y el "movimiento de movimientos" por otro, para ganar a la opinión pública a sus propuestas y a sus críticas respectivas. El debate sobre la legitimidad de la violencia (la de los manifestantes y la policial) ha dado paso muy pronto al que gira en torno a las libertades fundamentales, a la democracia y a las políticas neoliberales, poniéndose así en primer plano la constatación de la desafección ciudadana creciente que aparece respecto a los regímenes democráticos realmente existentes y la búsqueda de nuevas formas de democracia participativa y de reparto de la riqueza. No hace falta insistir en que dentro de este nuevo escenario la influencia que en los medios de comunicación ejerzan los principales actores va a ser fundamental para inclinar la balanza en uno u otro sentido.
De la somera descripción de los orígenes, evolución y diversidad de estos movimientos se pueden desprender algunas conclusiones:
En primer lugar, las mismas características de la "globalización" y, en particular, la tendencia a la homogeneización de las políticas económicas en la mayor parte del planeta generan nuevas "avenidas de protesta" de alcance transnacional, simbolizadas en el nuevo activismo desarrollado alrededor de las "cumbres" promovidas por instituciones internacionales o las grandes potencias.
En segundo lugar, esta nueva dinámica de conflicto y de acción colectiva está estrechamente unida a las mutaciones que se producen en la relación entre lo global, lo nacional-estatal y lo local. Aunque esto exige matizaciones en función de las regiones, países y ciudades, es fácilmente visible la tendencia a reconocer a las instituciones financieras internacionales, las empresas multinacionales y las organizaciones interestatales como protagonistas de las grandes decisiones, mientras que respecto a los poderes estatales y locales los movimientos pueden mantener dos tipos de actitudes: la del rechazo abierto ante su subordinación a los actores antes mencionados, por un lado, y la del emplazamiento a aquéllos para que asuman la aplicación de medidas concretas alternativas, por otro. Como ya se ha indicado antes, los marcos macrorregionales pueden ser también nuevos contextos para plantear demandas e iniciativas que lleguen a contar con mayorías sociales dispuestas a desafiar a la "globalización" actual como algo inevitable.
En tercer lugar, si bien no se puede hablar de victorias sustanciales de estos movimientos, sí es posible comprobar el reconocimiento alcanzado por los mismos no sólo por organizaciones sindicales y partidos de izquierda sino, sobre todo, por parte de los principales medios de comunicación y por representantes de los grandes poderes transnacionales. Esto se refleja en la competencia abierta entre unos y otros actores por la modificación de la "agenda" política, así como en los esfuerzos por obtener mayor capacidad para llegar a una ciudadanía potencialmente sensibilizada ante determinados "males" resaltados por los movimientos como consecuencias negativas de la "globalización". En ese clima general el problema de la violencia aparece sobredimensionado desde los poderes públicos y algunos medios de comunicación y constituye un factor potencial de división de un movimiento que, sin embargo, parece seguir aspirando a funcionar con el mayor grado de consenso interno y a buscar formas de acción y, si es necesario, de desobediencia civil y social compatibles con su vocación de fomentar una amplia participación ciudadana en torno a sus iniciativas.
En cuarto lugar, la reinterpretación de la nueva fase histórica obliga también a los movimientos a mejorar constantemente sus discursos, formas de organización y de acción, favoreciéndose así una renovación de los mismos en todos esos ámbitos. No obstante, la distancia entre la simpatía potencial con que cuentan y su sector organizado sigue siendo enorme, incluso allí donde han logrado tejer lazos más estrechos con organizaciones sociales y políticas tradicionales. Su composición predominantemente juvenil garantiza, no obstante, un futuro esperanzador.
Por último, conviene volver a insistir en que la corta vida de estos movimientos no permite todavía ofrecer un pronóstico suficientemente fundamentado de cuáles pueden ser sus tendencias de evolución en el próximo período, especialmente en los países del "Centro". En cualquier caso, y más allá de los flujos y reflujos que puedan conocer en sus ciclos de protesta, sí cabe indicar que no se vislumbra en el horizonte un cambio de rumbo en el camino que sigue la globalización neoliberal por ellos denunciada; por consiguiente, existen razones suficientes para pensar que nos encontramos ante un fenómeno duradero y no efímero y, por tanto, ante la continuidad de una línea de fractura que ha de tener sus repercusiones en una probable profundización de la crisis de las democracias representativas y de sus mediaciones políticas especialmente de los partidos políticos-, así como en la búsqueda de nuevas formas de "gobernanza" mundial capaces de superar el déficit de legitimidad que sufre el actual proceso de globalización. Esto último obligará a su vez al "movimiento de movimientos" a ser no sólo reactivo frente a los distintos motivos de protesta sino también proactivo en cuanto a las propuestas alternativas a emprender.