Probablemente unas u otras concepciones de universalismo han anidado con diferentes matices en las conciencias humanas desde hace mucho tiempo.
Es muy posible que Amin (1998) tenga razón cuando dice que la primera gran ola de revoluciones culturales que acompañaron a la era tributaria fueran las que iniciaron la concepción universalista de Humanidad. Entre el quinto siglo antes de nuestra era y el séptimo de ella, se consolidan las grandes religiones y se formulan las gigantescas filosofías (helenística y confuciana). Con ellas comienza una vocación cosmopolita que sin embargo las sociedades tributarias que las sustentaban no pudieron permitirse, aunque a lo largo del último milenio fueron dando apertura a diversos igualitarismos y comunitarismos más o menos universalizadores.
Hay que esperar a las revoluciones burguesas para ver una segunda ola de universalismo de la mano de la Ilustración. Pero tampoco la fase liberal del capitalismo estaba por hacer efectivo el predicamento universalista, salvo para determinados elegidos. De hecho, lo que sí propició fue el astillamiento de los imperios multinacionales en supuestos estados-nación, confinados en sí mismos.
Sin embargo, a diferencia de otras fases históricas y modos de producción, el capitalista en su fase de expansión e intensificación genera en su seno los gérmenes de ese universalismo al que su clase dominante había terminado por dar la espalda. Y estará sustentado precisamente por la clase subalterna, o por mejor decir, por los sectores de esa clase que sobre todo en Europa, adquieren en ese contexto conciencia de su situación colectiva, y conciencia de que esa situación es consustancial al capitalismo y probablemente universal doquiera aquél se extienda. Estamos hablando de la conciencia de clase y sus correlatos de emancipación.
Las viejas consignas de evocación democrática que habían venido dirigiéndose contra los privilegios feudales empezaban a volverse cada vez más rápidamente contra la riqueza adquirida a costa del trabajo de los demás que fomentaba a ojos vista el conjunto de procesos capitalistas que estaban convulsionando las sociedades europeas. La "fraternidad" (más tarde "solidaridad") comenzaba a calar entre cada vez más sectores de la población trabajadora como principio oponente al individualismo liberal, y en general, con la consolidación de los rasgos esenciales del capitalismo industrial, se estaba gestando en las primeras décadas del siglo XIX la estructuración de una conciencia de oposición al mismo con carácter global, capaz, en consecuencia, de concebir un proyecto alternativo de sociedad.
De hecho, una de las primeras obras en que se plasmaba tal estado de cosas llevaba por título A New View of Society (Una nueva visión de la sociedad). Su autor: Robert Owen.
Pensaba Owen que la mejor forma de satisfacer las necesidades humanas era conseguir un sistema que combinara la democracia política con la propiedad colectiva de la industria, a lo que él llamó cooperación. Será en una de las publicaciones que él financiaba en la que aparecerá por vez primera, según parece, la palabra socialismo, en 1827. Pronto este término durante varios años, no se distinguiría de otros como "democracia radical", "cooperación" o "comunismo".
Con ellos se aludía fundamentalmente a un sistema que fuera políticamente radical y socialmente colectivista. Los principios socialistas se han basado hasta hoy en unos vectores irrenunciables:
suponen una crítica ética, social y política de cualquier orden social que produzca la explotación entre seres humanos, o relaciones de privilegio estructurales;
fundamentan las posibilidades de superación de esos órdenes en la capacidad humana de cooperación (por encima de la competencia) y en el enriquecimiento de la conciencia de la especie para percibir la superioridad de los procesos y resultados de la solidaridad e igualdad por sobre los de jerarquización, desigualdad, competencia, etc.;
compatibilizan los intereses propios con los colectivos, o defienden que la satisfacción de aquéllos se consigue mejor a través del beneficio común (no se puede estar bien donde todos los demás están mal);
sustentan la libertad en la igualdad de posibilidades socioeconómicas y políticas;
defienden que siempre hay una oportunidad para la intervención humana, a pesar de los condicionamientos estructurales;
infieren que rechazar o negar el orden no deseado no es suficiente: hay que procurar el cambio. Del cambio estructural e institucional pueden provenir nuevas formas de relación humanas y una transformación en esencia de lo que se concibe como intereses de cada quien.
Embriones de este ideario pueden atisbarse ya en la revolución inglesa del siglo XVII, con esos antecesores de los Sem terra brasileños que fueron los diggers (o cavadores, llamados así por empezar a cavar para el cultivo algunas tierras comunales como protesta contra la propiedad privada), y que hablaban ya de intereses sociales contrapuestos, de combatir privilegios y del derecho comunal a los medios de subsistencia.
Las luchas, logros y principios (libertad, igualdad, fraternidad) dejados por la Revolución Francesa del XVIII, no harían sino precipitar las cosas en las sociedades europeas en las que más se habían desarrollado a la sazón los procesos del capitalismo industrial.
En la última mitad del siglo XVIII, como ha apuntado uno de los mejores historiadores de la clase obrera, Thompson, una economía moral de la multitud tuvo que enfrentarse a la irrupción en todos los órdenes de una economía política que supuso el fin del paternalismo de la clase dominante, y por tanto, el acabamiento del consenso que permitía la hegemonía de aquélla. "La 'naturaleza de las cosas' que en otros momentos había hecho imperativa, en época de escasez por lo menos, una solidaridad simbólica entre las autoridades y los pobres, dictaba ahora la solidaridad entre las autoridades y 'el Empleo de Capital'" (Thompson, 1989a:127).
Poco a poco esa "multitud" desprotegida, lanzada sin defensas a la vorágine de la Primera Industrialización, desafía a la autoridad. Se atisba el comienzo de una lucha de clases sin todavía (conciencia de) clases.
"La protesta plebeya, a veces, no tenía más objetivo que desafiar la seguridad hegemónica de la gentry, extirpar del poder sus mixtificaciones simbólicas, o incluso sólo blasfemar. Era una lucha de 'apariencias', pero el resultado de la misma podía tener consecuencias materiales (...)". (Thompson, 1989a:52).
Progresivamente esas formas de oposición van tomando cuerpo en un pensamiento y una conciencia diferenciadas. De las declaraciones preparatorias de los owenistas a la madura teoría del sindicalismo, que Thompson va transcribiendo de los escritos del momento:
"Las trade unions no sólo harán huelga por menos trabajo y más salarios, sino que abolirán por último los SALARIOS, se convertirán en sus propios patronos y trabajarán los unos para los otros; el capital y el trabajo no estarán separados por más tiempo, sino indisolublemente unidos en las manos de los obreros y las obreras" (1989b:448).
Reflejo de una conciencia obrera que haría exclamar con orgullo a quienes comenzaban a compartirla: "somos huérfanos, y bastardos de la sociedad" (1989b:451).
Tanto en Inglaterra como en Francia la conciencia de clase hizo su primer acto de presencia casi exactamente en el mismo período, como resultado del fracaso de las alianzas políticas entre los trabajadores y la burguesía, subsiguiente a los logros de las luchas comunes contra los regímenes dominados por la aristocracia terrateniente" (W.H.Sewell,Jr., 1994:96).
De forma que la clase obrera "se había formado", para Thompson, a principios de la década de 1830, puesto que se había definido como clase y se había separado conceptualmente de la burguesía, realizando una crítica y, en cierta manera, una oposición global a la sociedad capitalista.
Los elementos que concurren en la conciencia de clase están claramente trazados también por Thompson:
El colectivismo obrero, que había brotado del discurso tradicional de solidaridad en el oficio y en la comunidad se universalizó a fin de incluir a todos los obreros.
Las herencias radical y republicana se hicieron compatibles con las demandas colectivistas. Una cierta noción del control colectivo venía a desafiar y a reemplazar el carácter central del concepto de propiedad privada en la tradición radical.
Las reivindicaciones fueron concretándose: se invocó el derecho de los individuos a asociarse libremente en busca de unos objetivos comunes. Lo que fue asentando las posibilidades de la organización colectiva frente a los efectos destructivos del individualismo competitivo. A la par que se produce la lucha porque los derechos políticos no se centren en la propiedad sino en el trabajo mismo (la propiedad de los medios de subsistencia comienza a ser considerada como un privilegio abusivo).
"Este entrelazado lógico de transformaciones estructurales creó un discurso obrero que establecía la solidaridad entre los trabajadores de todos los oficios, les autorizaba a hacer demandas colectivas sobre el carácter y los productos de las actividades de producción, e imprimía a los propietarios ricos el estigma del monopolista privilegiado y codicioso". W.H.Sewell,Jr (1994:97).
A lo largo del siglo XIX y después en el XX, ya con la hegemonización del capitalismo a escala planetaria, la conciencia de clase se extendería también a todos los confines del globo. Ha supuesto hasta hoy el mayor alcance de conciencia social (reflexividad) que ha acopiado la humanidad, permitiendo a amplios sectores de las clases subordinadas convertirse en sujetos (más protagonistas) de su propio devenir social, a través de su organización como clase.
Paralelamente a la constitución de un discurso de clase, el movimiento obrero se había dotado de instituciones diferenciadas (sindicatos, confederaciones sindicales, clubes y embriones de partidos políticos), en torno a las cuales "cientos de miles de trabajadores se movilizaban y luchaban conscientemente en favor de sus objetivos de clase".
Estamos ante un movimiento obrero que en las revoluciones que se extienden por buena parte de Europa en 1848 va a plantar cara al capitalismo industrial por primera vez como movimiento socialista claramente diferenciado ya del resto de movimientos populares. Se abre así la era revolucionaria de las mayorías, que cierra al tiempo el ciclo histórico de transición entre el Antiguo Régimen y el Nuevo.
Con la derrota de aquellos levantamientos se desata una feroz represión y una lenta y penosa recomposición de las organizaciones obreras.
Muchos de los que ya se llamaban socialistas y comunistas habían formado numerosas sociedades y clubes secretos en ciudades como Paris, Londres o Bruselas. Una de ellas había sido bautizada como Liga de los Justos, que tras la intervención de Marx y Engels pasó a llamarse Liga Comunista. Ésta les encargó en 1847 la redacción de un programa que identificara a dicha entidad. A principios del 48 lo tenían acabado: el Manifiesto Comunista.
A partir del mismo se ofrece una base teórica e ideológica sobre la que poder construir el movimiento socialista de una forma organizada y coherente, y se sistematiza la organización para la lucha que se considera imprescindible o inevitable.
Y es que poco a poco crecientes sectores de las clases subordinadas, sobre todo a la sazón de la población obrera industrial, habían albergado la idea de la transformación radical de la sociedad y de la necesidad para ello de hacerse con el poder político.
Sin embargo, las divergencias surgen sobre las vías y métodos para conseguirlo.
De momento parecía claro que tales objetivos obligaban a organizarse cada vez más eficazmente y también a hacerlo a nivel internacional (que entonces era casi como decir sólo de los países de mayor desarrollo capitalista).
Surgen pronto las Internacionales Obreras. Hay incluso una Internacional Anarquista y también Internacionales Sindicales (todas ellas a partir de las organizaciones formadas en cada Estado). Se constituirían también, por fin, los Partidos Socialistas, que tenían como meta aunar esfuerzos en torno a distintas estrategias de lucha política.
De la Liga Universal de Trabajadores se pasa a La Primera Internacional (1864-1876), organización de carácter federal atravesada por disputas y numerosas tendencias dispares de una clase obrera que comenzaba a organizarse para conquistar su futuro. En 1872, no obstante, sufre su gran fractura al desgajarse de ella toda la vertiente anarquista, que apuesta por una revolución espontánea, sin necesidad de institucionalizar la organización ni de atravesar un período intermedio estatal -el cual a su entender no haría sino corromper las posibilidades de emancipación-. La estrategia anarquista pasa por la creación de comunidades cooperativas, descartando la lucha en el plano "político" y la apropiación de los medios de producción de la burguesía.
Con todo, cuando la Primera Internacional expira, deja lo que hasta entonces eran grupos aislados y más o menos románticos, convertidos en organizaciones con sentido de la realidad y bien afirmadas.
Pero en los países más industrializados de Europa y también en EE.UU., el capitalismo de la última parte del siglo XIX, a pesar de sus altibajos de crisis, estaba en condiciones de comenzar a negociar con el movimiento obrero, gracias entre otros factores al espectacular incremento de la productividad y a la entrada de bienes y capitales del resto del planeta.
Es decir, que podía comenzar a repartir entre su población trabajadora algo de la plusvalía mundial que obtenía. Aquélla en buena parte se deja tentar y ve la línea de reformas como la más adecuada. Lo que da como resultado la aceptación pacífica del capitalismo (que se concibe como inevitable e incluso muy a menudo como deseable por su aparente capacidad de ofrecer "progreso") y la recurrencia a presiones de tipo legal para obtener mejoras progresivas en su seno.
Este es, de hecho, el fundamento pragmático de la Segunda Internacional (que se gesta entre 1889 y 1901, y acaba en 1914). Tuvo que hacer frente a las transformaciones objetivas que se habían producido en el Capitalismo de finales de siglo (generalización del sufragio, reconocimiento de la libertad de asociación, desarrollo de los sistemas parlamentarios), con el consiguiente desplazamiento del conflicto frontal, de base, a la arena política institucional, y la primacía de la negociación y concertación. Paulatinamente se impone la apuesta por las reformas progresivas y la solución de los problemas cotidianos, inmediatos, de la clase trabajadora.
Bajo iguales presupuestos se moverá la mayor parte del sindicalismo europeo (sobre todo británico) y estadounidense, así como los Partidos Socialistas que comienzan a surgir desde las últimas décadas del siglo. El Partido Laborista británico y el SPD alemán servirán de modelo a otros PS en los restantes países europeos.
Al carácter que es llamado reformista de estos partidos se suma enseguida su actitud patriótica, que les hace defender los intereses de sus respectivas burguesías en la Primera Gran Guerra, lo que acaba de paso con la Segunda Internacional.
Mientras tanto, otras organizaciones marxistas y anarquistas (estas últimas con una fuerte implantación, convocatoria social y logros en la periferia próxima a los países centrales del momento, como era España) luchan por la transformación revolucionaria frente a las "reformas graduales" y la propuesta de movimiento sin objetivo determinado que propugnaban pensadores reformistas como Bernstein [o la supuesta necesidad de avance del Capitalismo hasta que llegara a una fase oligopólica en que se superara a sí mismo (o al menos a sus propias deficiencias), que terminaría por defender un intelectual socialista de la talla de Kautsky (del SPD alemán)].
Cuando el poder político y el control del propio modelo de sociedad parecía descartado, surge Lenin.
Para él se hace necesario diferenciar la organización social y amplia de los obreros, de la organización selectiva, reducida, clandestina, centralizada y muy disciplinada de los revolucionarios. Ésta es la que constituye el Partido, que debe englobar ante todo y sobre todo a gentes cuya profesión sea la actividad revolucionaria.
El Partido se estructura en células, comités y entidades intermedias, cuyos responsables se encargan de trasmitir a la dirección (comité central) las opiniones de los organismos inferiores, a la vez que cumplen un importante papel de explicación de la decisión tomada por el comité central.
Al Partido se le atribuye la misión de inculcar la conciencia socialista en la clase obrera. Su estructura centralizada adopta un sistema de toma de decisiones llamado "centralismo democrático" (se admiten cuantas críticas se formulen, pero una vez se toma una decisión todo el mundo la acata).
Esta disciplina casi militar preparada para la clandestinidad y la toma del poder, junto al sistema de los soviets (consejos de obreros, soldados y campesinos, integrados por delegados elegidos directamente en las fábricas y demás lugares de trabajo), es la que permite a un reducido número de bolcheviques dar la vuelta a la situación y dirigir a una población hasta entonces desorganizada y desmoralizada, a la toma del Palacio de Invierno. Había nacido la Revolución "que estremeció al mundo", hasta hoy la de mayores dimensiones e implicaciones de la lucha por el socialismo, que contribuiría decisivamente a reestructurar el capitalismo del siglo XX.
El anhelado triunfo en un país de los ideales socialistas hizo que millones de trabajadores depositaron en él sus esperanzas y concibieran a partir de entonces el gran sueño para todos como algo posible.
Pero junto a ese triunfo se produjo también el cerramiento de filas del Capital en torno al objetivo de la contrarrevolución. Su estrategia se repetiría después hasta la saciedad ante cualquier proceso transformador o revolucionario a lo largo del siglo XX: ataque o acoso militar (hasta 17 frentes de guerra se le abrieron a Rusia), político, social, económico e ideológico, persiguiendo conseguir de nuevo el poder político-militar. O en su defecto:
el desequilibrio social y económico de la nueva sociedad
la cerrazón autoritaria de la sociedad agredida
desvío del gasto social a gastos de defensa militar
aplazamiento de procesos transformadores en virtud de las urgencias del momento
aislamiento internacional.
Provocando, en suma, el fracaso interno del proyecto y mostrando al mundo el valor de la "profecía autocumplida": realmente nada es posible fuera del Sistema.
No es de extrañar que por eso se pasara pronto de los intentos de extender la revolución por los países europeos más desarrollados, a un repliegue defensivo en todos los órdenes. La III Internacional, que Lenin había fundado tras la Revolución de Octubre, tendrá que enfrentarse a los nuevos desafíos, ante los que promueve la internacionalización de las dimensiones y luchas proletarias, las cuales se observan de nuevo como inevitables ante el carácter imperialista y cada vez más globalmente presente y destructor del Capitalismo. Para su organización y preparación nacen los Partidos Comunistas.
A partir de entonces los comunistas harán lo posible por distinguirse de los "socialistas" (en realidad ya socialdemócratas), que para ellos han traicionado los intereses de la clase obrera internacional.
Tras la Segunda Gran Guerra se ha producido la derrota del "capitalismo unilateral" o capitalismo salvaje, y el capital fue constreñido a operar dentro de estructuras relativamente favorables para los pueblos y las clases subordinadas. Tres grandes proyectos cobran fuerza en ese contexto:
Asociada al concepto de "Estado social" o de Bienestar, fue el resultado de un compromiso entre clases sociales sobre la base de un crecimiento económico. Las clases poseedoreas aceptaron la redistribución vía Estado, del producto social, esto es, la instrumentación y aplicación estatales de políticas de redistribución de las rentas en favor de los salarios, y políticas fiscales coherentes con ello, al objeto de conseguir activación económica por la vía de la posibilitación de la demanda, así como paz social. Exigían a cambio la intangibilidad de los fundamentos de la producción capitalista: la propiedad privada de los medios de producción sin limitación. Reconocieron políticamente sobre esta base, las instituciones político-sociales de las clases subalternas, las cuales, como los sindicatos y partidos, se comprometen implícita e incluso explícitamente a no poner en cuestión esta política de rentas que a corto plazo posibilitó un incremento del consumo de las clases populares, ni los fundamentos del capitalismo, dentro del cual no sólo se integran, sino que contribuyen a apuntalar (garantizando así la explotación del resto de las sociedades del planeta, sin la cual este pacto social hubiera sido inviable).
Intento de desconexión de la ley mundial de valor del Capital. Para muchos (Frank, Wallerstein, etc.) es un intento fallido que nunca pudieron consumar las autodenominadas sociedades en transición al socialismo, al verse obligadas a participar en una economía-mundo capitalista, que las terminó absorviendo en peores condiciones. El sovietismo (cuya figura gestadora visible fue Stalin) se puso por meta el "alcance" del mundo capitalista a partir de la estatalización de los medios de producción (fuera del control de los productores) y la apuesta por el desarrollo de una industria pesada y en algunos casos de punta, a expensas del excedente agrícola y merced a la colectivización forzosa del campo. Se basó también en una fuerte burocratización del estado y la vigilancia política de la población, a la que en cambio ofrecía (con grandes diferencias entre el campo y la ciudad) amplia protección y asistencia en los aspectos laboral-económicos y de subsistencia en general, con una extensa red de servicios garantizados.
Con muy diversas peculiaridades y diferencias, este modelo es difundido o copiado de la URSS y la Europa del Este en otros puntos del planeta, a partir del ciclo revolucionario-independentista que se produce en las Periferias del Sistema. Será el maoísmo (con su apuesta por el protagonismo campesino en el desarrollo) la contestación más firme al sovietismo en ese Tercer Mundo (aunque también se podría hablar del "socialismo autogestionario" yugoslavo y del "socialismo africano" impulsado por algunos países de ese continente, como Tanzania).
En Asia, Africa y Pacífico se producen movimientos de liberación-independencia que intentan una primera descolonización (o independencia formal política), e incluso en algunos casos la segunda independencia (la económica, en un intento de quemar todas las etapas de una vez). A menudo están inspirados por el sovietismo, ya sea dirigidos por el partido único (China) o en coalición (Argelia). Al final del ciclo emprenden este proceso otros países africanos como Angola, Mozambique, Cabo Verde o Guinea Bissau, fruto de la tardía descolonización portuguesa. Representan una nueva versión: la de los movimientos político-militares frentistas.
Se forma también el Movimiento de los No Alineados (Bandung -Indonesia-, 1955) por países y líderes que irrumpían a una pretendida "tercera vía", y cuya propuesta era que el desarrollo es posible desde el no alineamiento a un bloque político-militar ni la imitación ciega de modelos (se intenta una reorganización social trastocando ciertas formas de dominio tradicional, al tiempo que se ponen en escena políticas "nacionalistas", para la mejora de las propias poblaciones, etc.).
Por su parte, América Latina experimenta en los primeros años de la segunda postguerra mundial una activación de sus mercados internos, gracias a las necesidades del momento de materias primas por parte de los países centrales. Lo que eleva los precios de las mismas, produce una creciente demanda de mano de obra y el consecuente aumento de los salarios, que en conjunto permite el surgimiento de regímenes populistas o nacionalistas con cierto respaldo de masas.
Procesos que no tardan en invertirse cuando la reordenación económica mundial golpea de nuevo al subcontinente. Entonces el Estado deja de jugar a ser aliado de la población y comienza una nueva escalada represiva. Las burguesías primer y tercermundistas estrechan aquí sus lazos ante el miedo común a "lo popular" y muy especialmente cuando ese ente para ellas inquietante ha adquirido carácter socialista (en su forma organizada marxista).
Las respuestas populares, que aglutinan a amplios sectores de población de diferentes clases sociales, no se hacen esperar, en forma de organizaciones políticas y militares y el desatamiento de guerrillas, de marcado corte leninista o maoista en uno u otro caso, en un subcontinente que cuenta con un larga, profundamente arraigada e intensa lucha popular armada que llega hasta hoy mismo. El objetivo predominante es la segunda descolonización, hasta el logro de sociedades que comiencen a construir el socialismo. Para ello se contempla como ineludible la toma del poder político. Los sujetos colectivos con carácter transformador en ese contesto geopolítico e histórico son casi siempre sujetos armados.
El triunfo de la Revolución cubana, cuando finalizaba la década de los 50, les daría un enorme brío.
Estos tres proyectos para el Primero (Norte-Oeste), Segundo (Norte-Este) y Tercer Mundo (Sur: Este-Oeste) estaban sustentados en un difícil equilibrio mundial y tuvieron sus opositores internos y externos, como hemos visto para el último caso.
Los tres comparten un "modelo civilizatorio" desarrollista o de crecimiento depredador de la naturaleza, poco consciente de la división sexual del trabajo ni de cuestiones vitales asociadas al género, una fuerte militarización, y una "pactada" división internacional del trabajo, entre otras cosas.
Factores que precisamente proporcionarán el surgimiento de una nueva oleada de movimientos sociales en el Primer Mundo. Éstos han sido llamados "postadquisitivos", para expresar que se forman una vez han sido satisfechas las necesidades más o menos básicas.
De esta forma, cuando la clase obrera había sido integrada en gran medida, ciertos sectores de las clases medias emprenden en los países centrales una pugna por la tercera generación de derechos o derechos sociales: mejora de servicios públicos y asistencia del Estado, preocupación por la naturaleza, reivindicaciones de identidad de grupos adscriptivos -étnicos, nacionales, religiosos, comunitarios...-, cuestionamiento de la sociedad patriarcal y reconceptualización de la relación con el propio cuerpo y la sexualidad, mejora en lo concerniente a las condiciones de vida en general, no sólo en el ámbito material. En conjunto dan lugar a otro tipo de movimientos sociales e iniciativas ciudadanas que no responden a aspiraciones inmediatas ni exclusivas de los propios sujetos que las protagonizan (se habla aquí de "necesidades postadquisitivas colectivas") y afectan a instancias y sectores sociales que no pueden ser reducidos a aquellos que están directamente implicados en el orden económico.
Estas nuevas demandas "hipercomplejizaron" a su vez el propio orden político, al tiempo que el Estado Social "al desmercantilizar partes fundamentales de la reproducción capitalista, sobre todo en lo que se refiere a sus políticas de seguridad y asistencia social, desplazaba los derechos de propiedad por los derechos de ciudadanía, erosionando así los principales mecanismos de incentivación (o visto desde el otro lado: de disciplina) capitalista" (L.E. Alonso, 1992:123).
Todo ello se concita para la aparición de nuevos sujetos que desbordaron los viejos moldes de las clases sociales (lo que motiva también que a menudo obvien u olviden demasiado ingenuamente el factor de clase subyacente a sus situaciones y objetivos), pero que en buena medida encarnaron expresiones de cuestionamiento e incluso enfrentamiento al modelo socioeconómico imperante, sobre todo en los órdenes social y cultural.
Se producen, en suma, nuevas formas de conciencia social (con o sin traducción política) que tienen su reducido correlato en ciertas zonas del Tercer Mundo, sobre todo en América Latina (al ser estos movimientos sobre todo de clases medias, siendo éstas son muy reducidas por lo general en el Sur).
Sin embargo, como parece lógico, las clases medias no toman el relevo para una transformación global, a unas clases obreras paulatinamente asimiladas por y adaptadas al sistema, cuando no anegadas por el mismo. Por lo que sus "nuevos" movimientos se van a mostrar hasta hoy con escasa capacidad de formación de sujetos colectivos transformadores y no se han evidenciado capaces de gestar un proyecto altersistémico global aunque hayan elaborado propuestas socioculturales e incluso políticas de cariz alternativo, tan importantes como innovadoras. A pesar de que sus críticas e incidencias han permanecido dentro de los confines del sistema (cada vez más a menudo asimiladas y desvirtuadas por él), han proporcionado una nueva dimensión a la conciencia colectiva del mundo.
Estos movimientos conviven sobre todo en la semiperiferia del Primer Mundo, como España, durante un breve período, con ciertas organizaciones políticas surgidas de una importante ruptura con el sovietismo en el seno del movimiento revolucionario heredero del marxismo: se trata principalmente de los partidos salidos de la IV Internacional fundada por Trotsky en 1938 y aquellos otros que recogen el testigo de la revolución maoísta.
En Europa, y también en América Latina, estas organizaciones coinciden, además de en su estructura leninista, por lo común, en un enfrentamiento radical al sistema y una crítica también frontal a los PC, que para ellas han dejado de representar los intereses de la clase obrera cayendo en un reformismo connivente con el sistema capitalista. Sin embargo, su composición e influencia sociales no pasan de ser estrictamente minoritarias, salvo muy contadas excepciones (que se encuentran en los países suramericanos más periféricos). Además los intentos de coordinación o aproximación orgánica entre ellas fracasan una vez tras otra debido a la intransigencia doctrinaria (todas están convencidas de ser la auténtica vanguardia), por más que aquélla se disfrace con llamamientos a la unidad.
Otra escisión del sovietismo, esta vez por la derecha, será el eurocomunismo, que podría ser considerado como un intento de renovar la socialdemocracia, ante la derechización de ésta en la Europa Occidental.
El anarquismo, para entonces, ha dejado de organizar y de cautivar a las masas en cualquier parte del mundo, y queda reducido a la marginación y/o automarginación de organizaciones y colectivos dispersos escasamente coordinados, amén de las organizaciones sindicales que poco a poco van suavizando sus propuestas de acción. [En lugares como EE.UU. dan lugar a lo que se ha llamado "anarco-fascismo" o abogación y connivencia con el desmantelamiento del Estado bajo el presupuesto de su opresión inevitable y el principio de su no ingerencia en los asuntos ciudadanos ni siquiera para labores sociales ni asistenciales (siendo una de sus propuestas que sólo quienes producen riqueza merecen recibirla)].
Fase de restauración (neo)liberal, o actual triunfo global, aunque con marcadas diferencias según las regiones del planeta, del capitalismo unilateral o "salvaje".
Por vez primera un sistema socioeconómico, el capitalista, se hace extensivo a todo el planeta, convirtiéndose en Sistema Mundial (fase de Capitalismo Monopolista Transnacional).
Con ello se produce el desmoronamiento de los tres proyectos mencionados: mientras que el Segundo Mundo pasa a convertirse en Tercero, de éste se desgaja un Cuarto Mundo (fuera de los cauces de acumulación y comercio mundiales, en un archipiélago capitalista que practica un "tecno-apartheid" mundial: aquéllos que no tienen oportunidad de acceso ni a la tecnología ni a los recursos, ni a los productos del Sistema). Por su parte, el Primer Mundo va abriéndose más a las dinámicas de un capital transnacionalizado (sobre todo, aunque con diferentes formas, en EE.UU. y Japón, y también en la semiperiferia europea) que rompe las barreras keynesianas con que se habían protegido sus formaciones sociales.
En consecuencia se produce una sustitución del Estado Social por un Estado asistencialista o "Proveedor", con el consiguiente incremento del subvencionismo, del "voluntariado" y de diversas formas de caridad social. Como todo proveedor ese Estado se atribuye cada vez más potestades de represión y control: leyes de seguridad ciudadana, radical incremento del componente policíaco-militar, aumento de las instituciones y lugares de vigilancia y castigo (policías y elementos técnicos o humanos de supervisión, instalaciones peninteciarias, etc.).
Estas medidas le van a hecer falta dada la acelerada exclusión de amplios sectores de la población. Exclusión vinculada a la política de brutal desregulación del mercado laboral con miras a recomponer la tasa de plusvalía favorable al capital. Así, mientras que quienes trabajan en puestos más o menos regulares de ese mercado laboral (economía formal) son sobreexplotados en esfuerzo y horas laboradas, cada vez más población entra en relación informal, transitoria, parcial o sumergida con el mundo del empleo, y otras capas son excluidas aparentemente de forma definitiva del mismo. Las mujeres se vinculan con la parte más precaria del mercado, lo que refuerza su posición social de sometimiento y en general la división sexual del trabajo; mientras generaciones enteras de jóvenes son desestimadas para el empleo cualificado e incapacitadas por tanto para realizar el relevo social. Al tiempo que todo esto desguaza las posibilidades de la acción de clase, toda una serie de disposiciones legislativas la previenen por si acaso: leyes de huelga (como la prohibición de huelga solidaria), estatutos de los trabajadores, etc.
Diluida y ultrafragmentada la tradicional clase trabajadora, se produce una miniaturización de los agentes colectivos, una restricción de sus identidades y una amputación del alcance de sus alternativas. Al tiempo que los ya también tradicionales "nuevos movimientos", cuyos primigenios planteamientos han sido asimismo en buena medida insitucionalizados, no encuentran claves de movilización masiva ni de formación de sujetos con capacidad de intervención transformadora en la sociedad. No es extraño, por eso, que sin desaparecer las condiciones estructurales que les motivaron y que les dieron su determinada composición social, hoy se vean estancados y hayan reducido su incidencia social (cuando no han pasado a integrarse directamente en las filas de la socialdemocracia liberal) aun cuando muchas de sus propuestas hayan calado en el conjunto de la sociedad.
En cualquier caso, en las últimas dos décadas se ha producido una fractura generacional en ellos (la precariedad de los jóvenes en relación al mundo laboral potencia su desarraigo político y social). Los "nuevos movimientos" han dejado poco a poco de "moverse", para protagonizar a lo sumo formas de protesta o de intervención muy puntuales y fragmentadas, dejando de politizar en su conjunto la vida cotidiana y de constituir un permanente flujo de revulsión social. Mientras que otros movimientos de corte reaccionario, convenientemente dirigidos desde diferentes centros de poder, sí han adquirido auge y capacidad de movilización, ante los efectos negativos de las leyes del mercado para toda la población y concretamente para muchos sectores de las clases medias débiles, que van adquiriendo miedo a todo, y en especial a la posibilidad de su propia exclusión social.
La sociedad en conjunto pasa a la defensiva: todo el mundo tiene bastante con sobrevivir en la vorágine del mercado laboral, en un día a día cada vez más "competitivo", y en hacer frente a las deudas contraidas con el capital, ante la remercantilización de lo público y de los derechos sociales que habían sido arduamente adquiridos: sanidad, educación, seguridad en la vejez, etc. (recobran, así, fuerza patética las palabras de Marx sobre la "coacción sorda de las relaciones económicas"). Del macrocorporativismo general que implicaba el "Estado del Bienestar", hemos pasado hoy a un microcorporativismo particularista, en el que cada quien quiere salvarse por su cuenta.
En este contexto tiene lugar un reflujo de los referentes de clase nuevamente a los de sociedad civil, a través de la que el liberalismo burgués había irrumpido en escena dos siglos atrás. En consecuencia se agranda la amorfización y al tiempo atomización de los agentes sociales autoconfinados en formas asociativas u organizativas cada vez más pequeñas (de la masa se llega al microgrupo más o menos afectivo, sin instancias intermedias de identificación), y se produce la reinvención del individuo-ciudadano (justamente cuando "la ciudadanía" esta fuera del alcance de un número creciente de excluidos). A la par que la identidad de clase capitalista se refuerza y afianza, y se hace más operativa. Lo que quiere decir que otra vez se acentúa la lucha de clase sin de nuevo conciencia de clase por parte de las mayorías.
Como expresión de esa sociedad civil (fundamentalmente encarnada por las clases medias), y como prolongación o brazo social del Estado mínimo (o forma que adquiere en la actualidad el Estado), ve la luz un Onegeismo triunfante. Su forma de intervención o de actuación social, en conjunto, no persigue transformaciones estructurales sino medidas paliativas y maquilladoras del orden social imperante, pero sin llegar siquiera al reformismo, dado que sus intervenciones son puntuales y desgarradas de cualquier proyecto integrador sociopolítico, promoviendo la generación o afianzamiento de clientelas y dependencias, al contribuir a la discapacitación, sumisión o disolución de los movimientos populares y formas de intervención autóctonas. El Onegeismo colabora asimismo en la autoexplotación de las poblaciones (a través del refuerzo y divulgación de formas de "autoayuda", "voluntariado" y "economía social", tan promovidas desde los ámbitos de poder económico-político), contribuyendo en suma a la sustitución de las políticas sociales y derechos duramente conseguidos, por asistencialismos de uno u otro tipo, y coadyuvando en general a la aceptación de la inevitabilidad del orden dado.
Por su parte, los sujetos colectivos, organizaciones y movimientos más politizados, se muestran también ineficaces y desacompasados frente a las nuevas formas de poder socioeconómico y de intervención militar transnacionalizadas y sus correlatos político-ideológicos de dominación mundial, los cambios habidos en la organización de la producción y el consumo, así como en la nueva regulación social, amén de la metamorfosis experimentada por la clase obrera y otras formas de subalternidad.
Parece obvio, asimismo, que se asista concomitantemente a una reacción reformista de la mayor parte de las organizaciones obreras y de clase en general, incapaces de enfrentar las nuevas formas de explotación y marginación social, ni de dar cabida o integrar a quienes las padecen. Su situación es más patética cuanto más se constata que la mengua en su capacidad de movilización y protesta, así como negociadora en general, tiene su correlato en una drástica pérdida de interlocución en el plano político, al haber perdido su papel a ojos de la patronal y del Estado en la regulación del sistema.
No es de extrañar por eso, tampoco, que las pocas formas de resistencia social de las nuevas generaciones, adquieran expresiones más virulentas, como las antifascistas de los "red skins", y las de okupas, entre otras. Son también menos contemporizadoras las de quienes practican una entrega solidaria radical a través de la lucha contra la militarización social, en la práctica cotidiana de la insumisión. Pero aunque importantes en sí mismas, estas no dejan de ser islas de resistencia en un océano de posibilismo.
Ni que decir tiene, por otra parte, que en este contexto las organizaciones de la IV Internacional se han reducido a la mínima expresión, o aparecen reconvertidas en distintas formas asociativas, caso de seguir existiendo. Y los sujetos transformadores armados son arrinconados cuando no claramente vencidos, salvo contadas y significativas excepciones, como Colombia o Filipinas; o se han reconvertido en grupos de presión con armas, como los zapatistas.
Mientras, el eurocomunismo ha pasado a mejor vida y la socialdemocracia se hace definitivamente liberal.
El Tercer Mundo vuelve a arcaísmos religioso-culturales como forma de huir del espejismo imitativo de Occidente (de ese "si hacéis lo que nosotros seréis como nosotros" que aquél le había propuesto).
La encumbración de lo cultural (entendido como algo esencial, inmune a las cambiantes condiciones de vida de las gentes) y la elevación de la "identidad" a desideratum, resultan algunas de las principales contrapartidas en todo el planeta. De hecho, pasan a ser los factores movilizadores aparentes más eficaces (tras los que subyacen, no obstante, muchos otros procesos).
Astillamientos étnicos e integrismos religiosos como forma de agarrarse a un pasado en el que se vuelven a buscar las respuestas, están al orden del día ante la barbarización social imperante a escala planetaria y la ilegibilidad de una realidad cada vez más mundializada. Las identitades folclorizadas, anestesiadas y excluyentes (autocentradas en la mística de la sangre-etnia-nación y restringidas en lo social) son correlativas a este nuevo contexto mundial: fácilmente domeñables, resultan por lo general inocuas para el proceso de acumulación capitalista planetario.
Todo ello se produce en un contexto de pérdida general de democracia (cada vez los ciudadanos deciden sobre menos cosas y cada vez más las decisiones y procesos importantes, globales, están fuera de su alcance y conocimiento) y de oligopolización en el que no sólo se da una acentuada concentración y centralización del capital (cada vez en menos manos y en menos sitios), sino un monopolio por parte de las economías centrales de:
los recursos naturales
las tecnologías
los sistemas financieros
las comunicaciones y medias
las armas de destrucción masiva
Estos monopolios son interdependientes, por lo que se refuerzan unos a otros. Así por ejemplo, el alarmante control sobre los alimentos se puede garantizar a través de la biotecnología y la consiguiente transgenización de aquéllos. Otras formas de monopolio mundial favorecen o permiten la extensión definitiva de la patentización de formas de vida vegetal que supondrá el control sobre lo que la gente pueda o no sembrar y comer. La duplicación de la vida animal, y la ingeniería genética en general, nos conduce a insospechadas vías de manipulación de la vida, entre ella la humana.
Todo lo cual abre las puertas a futuros de control y alienación humanas que hoy sólo podemos atisbar, pero que están en el imaginario de las peores pesadillas del siglo XX.
A finales del segundo milenio de nuestra Era (o era europea) contemplamos el triunfo casi global del capitalismo salvaje, aparentemente fortalecido, imparable e irreversible (como si fuera el destino que desde siempre esperó a la Humanidad).
Un sistema que para su propia estabilidad depende en medida creciente de la entropía social y ambiental.
Con el viciado decurso y lastimoso derrumbe de la mayor parte de las experiencias de transición al socialismo que se dieron en el siglo XX, pareciera además como si cualquier intento de la Humanidad por dotarse a sí misma de un orden social justo estuviera descartado, e incluso desterrado de los presupuestos programáticos de las izquierdas en todo el mundo. ¿Fue sólo un sueño de los dos últimos siglos?.
Probablemente no. Probablemente se trate de un proceso de maduración de la vida reflexiva sobre este planeta. Hablamos, en cualquier caso, de algo que está ya en el imaginario colectivo de la Humanidad y que por consiguiente forma parte de su potencialidad.
El ideario socialista y las praxis que ha generado en todo el planeta en los dos últimos siglos ha implicado a millones de seres humanos (a costa demasiadas veces de su libertad, de su integridad y de sus vidas) y se ha extendido también por todos los continentes. Estos dos últimos siglos nos dejaron, para concretar esas experiencias y objetivos, el concepto de lucha. El cual hace referencia a la necesidad de abordar en el plano estructural (político) las razones y las posibilidades de vida de los seres humanos (que son de dependencia y subalternidad para la mayoría). Lo que quiere decir también, enfrentar estratégicamente a quienes menguan esas posibilidades de vida de las mayorías.
El discurso y la práctica de clase había ligado a los individuos a su clase social, fomentando la solidaridad (concepto parejo a la conciencia política que hoy nos quieren confundir con la caridad o la "ayuda") entre ellos aun más allá de la inmediatez de su mutuo conocimiento. Ha servido asimismo para explicar las relaciones del individuo con el orden social, dándole la oportunidad de ser más protagonista en el mismo, esto es, más sujeto, al posibilitarle organizarse colectivamente para la obtención de intereses comúnes, e incluso generales de la sociedad. Por contra, la imaginería del individuo-ciudadano hace que las posibilidades se personalicen y sólo se perciban a través del propio esfuerzo, esto es, de la competencia: sin explicación profunda de los procesos sociales que motivan la propia situación (Bilbao, 1995).
Curiosamente, a diferencia de otras coyunturas históricas, el actual contexto de descomposición social (que genera ideologías empotradas o surgidas de la experiencia inmediata que tienen como referente la competencia, el individualismo, clasismo, sexismo, racismo, etc.), se produce en medio de un escenario ideológico mundial deudor del desarrollo de las fuerzas sociales y políticas de al menos los tres últimos siglos. Ellas lograron la hegemonía de principios unidos a las viejas concepciones de libertad, fraternidad e igualdad, tales como "democracia", "derechos humanos", "cooperación", igualdad ciudadana, respetabilidad de cualquier ser humano, a los que se unía una creciente declaración de preocupación por el entorno natural, etc. La hegemonización mundial de las sociedades centrales donde esos principios (supraestructurales) cobraron predominancia como referentes ideológicos nominales, los expandió con diferente intensidad y grado de penetración, al resto del planeta, aunque obviamente a conveniencia de aquellas sociedades. Este paraguas ideológico ha proporcionado hasta la fecha al sistema capitalista mundial, en conjunto, una buena coartada: en realidad los principios de conducción del sistema son buenos, sólo que hay algunos malos gobiernos -Segundo y Tercer Mundo- que no los aplican. Mientras, las prácticas diarias de las gentes dictan, en todas partes, valores y pautas (empotrados) muy distintos.
Sin embargo, para algunos de los más importantes equipos de investigación del Sistema Capitalista Mundial en la actualidad (como el Centro Braudel, el Grupo de Investigación sobre la Economía Política del Sistema Mundial o el Foro del Tercer Mundo), el modelo capitalista, al menos tal como lo conocemos hoy, se está agotando. Wallerstein en concreto hace referencia a tendencias que no pueden insertarse simplemente en una fase B de estancamiento, sino que suponen serios reveses para el Sistema en conjunto. El cual, además, se enfrenta a dilemas irresolubles hoy por hoy. También Amín habla de desafíos probablemente insalvables para el sistema capitalista.
Haciendo síntesis de estos dos autores, podríamos al menos mencionar:
El dilema de la acumulación: la creciente polarización mundial. La miserabilización de la mayor parte de la población del planeta la aleja de las posibilidades de consumir los propios productos del capital. En forma creciente, esto comienza a atentar también contra la propia posibilidad de explotarla (extensión-reaparición de enfermedades, desnutrición, absoluta falta de cualificación, lumpenización, cultura de la violencia, etc, etc.). Sobre el Sistema planea constantemente el fantasma de la sobreproducción.
El dilema de la legitimidad política: la alienación socioeconómica de clases y pueblos. Las clases y pueblos desposeídos son condenados a una subordinación creciente para continuar permitiendo altas cotas de plusvalía y rentabilidad al capital: los elementos legitimadores del Sistema, que en general le han servido también como escaparate (progreso, orden, bienestar, consumo, libertad, participación política, democracia...) están cada vez más lejos de más y más gente. El Estado pierde cada vez más recursos para la amortiguación del descontento, la cooptación o el clientelismo.
Capitalista se descompone en fuerzas desintegradoras, que permiten reintegrar a la vez, sin embargo, nuevas realidades y agentes sociales, sea en torno a esencialismos raciales, patrios o religiosos, o sea en una versión alternativa (recomposición de fuerzas transformadoras expresadas en una amplia diversidad de sujetos colectivos).
El dilema del agotamiento de los recursos y sumideros: pillaje irracional del ecosistema.
El cálculo económico a corto término que caracteriza al Capitalismo Monopolista Transnacional choca con los límites naturales (en cuanto a fuentes y sumideros) cada vez más acuciantes, lo que no sólo le impone unos cotos de continuidad a él mismo, sino que pone en peligro toda la vida del planeta.
Esto además, obligará a enfrentarse entre sí cada vez más enconadamente a los distintos centros (países), facciones (productivo, comercial, financiero, rentista) y entidades (multinacionales, transnacionales, corporaciones, Estados, empresas...) del capital.
Se trataría, en definitiva, de una crisis final de civilización de un sistema histórico (o al menos de un ciclo de larga duración) que comenzó hacia 1450 y que quizá no dure más allá del 2050.
Pero entonces, ¿qué alternativas más probables se abren ante estas perspectivas?. Wallerstein (1997a) las resume en:
Un fascismo planetario con o sin apariencia democrática: gobierno mundial con un sólo centro de poder, omnímodo (una isla de ricos rodeada de miseria y barbarie).
Un neofeudalismo mundial: poderes incontrolados sin centro hegemónico, con generalización universal de mafias.
Un orden mundial muy descentralizado y altamente igualitario, con una verdadera generalización de patrones de vida.
Es obvio que es un resumen demasiado simple del abanico de posibilidades que puede presentar el futuro. Entre otras cosas, pudiera producirse una nueva fase expansiva del Capital en virtud de factores que ahora no podemos prever. Pero el propio desarrollo del Capitalismo parece haber demostrado hasta ahora que más tarde o más temprano vuelve a extremar la pauperización de las mayorías y la polarización social (y hoy por hoy las fronteras de la acumulación primitiva sobre las que se sustentaba el auge de unos centros, se ha agotado). Cada recesión suya es más destructiva a nivel planetario.
En cualquier caso, el propio Wallerstein afirma que tal como están las cosas las dos primeras opciones o posibles combinaciones de ellas se presentarían mucho más probables. Pero, sostiene, en las fisuras entre los grandes ciclos, cuando un Sistema se debilita, es cuando la intervención humana, por pequeña que parezca, puede cobrar mayor protagonismo. Y es cierto que el Capital genera también las posibilidades de transnacionalización de la resistencia y lucha contra él.
Hay posibilidades de que pueda ir cuajando un frente común de fuerzas de oposición también transnacional contra el desorden neoliberal actual. Redes de diferentes formas organizativas que pueden devenir tanto del mundo obrero, como de tantas otras formas de fractura social (género, conciencia ecológica, liberación sexual...), así como de los crecientes excluidos del Sistema: campesinado empobrecido (enajenado de sus medios de subsistencia), pueblos lumpenizados (convertidos a menudo en "aborígenes"). Sin menospreciar la posible incorporación de clases medias proletarizadas y población precarizada en general por la división internacional del trabajo y la desregulación del mercado laboral a escala planetaria.
Por eso, si el concepto de clase y la lucha de clase va a seguir diciendo algo en lo sucesivo (es decir, va a ser capaz de movilizar y organizar gente), debe necesariamente incorporar la lucha contra otras formas de explotación, desigualdad y, en general, usurpación de oportunidades de vida, para abrirse e interpenetrarse con los sujetos que la conciencia hoy ya también global de subalternidad respecto a esas otras formas ha conformado. Y a la inversa, los otros agentes y proyectos de liberación deben incorporar necesariamente la lucha de clase, con la que se articulan de muy diferentes maneras, en este contexto de Capitalismo Transnacional.
No es exagerado afirmar que por eso mismo la gran batalla de los agentes del Capital Mundial consiste en impedir que los individuos devengan sujetos, y que éstos puedan formar redes de unión, estructuras organizativas globales. Su autodesafío actual radica en borrar de la faz de la tierra la conciencia, y por tanto, la realidad de clase: que ese referente deje de existir.
El gran reto, de la otra parte (tan descuidado por los análisis sistémicos), es cómo se da ese paso cualitativo del interés particular al interés general; cómo pueden surgir nuevas identidades políticas que sean capaces de construir, más allá de sus contextos y objetivos inmediatos, proyectos transmediatos, en un mundo social ultrafragmentado por el Capital, y en medio de una alienación global planetaria.
De todas formas, quiérase o no, se ha de tener en cuenta que el estancamiento o retroceso de la conciencia y proyecto de clase, y la relegación del mismo respecto a otras conciencias e intereses menos transitivos (como lo nacional o lo étnico), que ponen en juego fuerzas más numerosas, conlleva hoy por hoy la necesidad de buscar un cierto consenso transformador en torno a supuestos comunes hegemonizados del liberalismo burgués, como la "civilidad", "democracia" o "derechos humanos". Sin descuidar los agentes sensibilizados con la tercera generación de derechos (los sociales): sobre el reparto de plusvalía, mayor y mejor cobertura estatal de las necesidades básicas, atención a la "calidad de vida", etc.
Si el socialismo va a seguir siendo un referente para los seres humanos en el nuevo milenio, no hemos de olvidar que es el primer intento en la historia de nuestra especie de construirse conscientemente un sistema socioeconómico, con sus correlatos de valores y relaciones humanas. Pero como todo lo que existe en este Universo, nunca va a dejar de enfrentar profundas contradicciones e incertidumbres. En nuestro caso concreto, también numerosos dilemas que se presentan, además, entrelazados. Entre ellos podríamos citar:
. los límites a la diversidad-discrepancia: si se trata de un proceso consciente de construcción debe haber unos mínimos de acuerdo. Si queremos que todo el planeta quede libre de explotación y desigualdad estructurales, no quedan tantos márgenes de diversidad sociocultural.
el ejercicio (institucionalizado) de coacción contra quienes estén interesados en mantener o reeditar formas de explotación, dominación o desigualdad, parece hacerse necesario, aunque no deseable: en breve sería ineficaz si no se retroalimenta con formas de incentivación autónomas.
la carencia de ciertas formas materiales de incentivación personal, al tenerse que trazar límites a la acumulación y desigualdad entre las personas. Ello apunta también a la reducción de los estímulos diferenciales a funciones diferentes y la consiguiente disminución jerárquica de funciones dentro de cualquier formación social.
la dificultad de convencer con alicientes de orden no material y colectivos a quienes pudieran vivir materialmente peor que antes de realizado tal proyecto social (pero que no necesariamente estarían dispuestos a combatirlo, por no tener intereses directamente antagónicos con él). Se trata a menudo, además, de personas que por su preparación-cualificación son importantes para cualquier proyecto social.
los distintos niveles de conciencia en la asunción de cualquier proyecto humano colectivo. Esto por una parte dificulta el proyecto sin ciertos niveles de dirigencia (perpetuada tendencia a la formación de vanguardias), e incluso puede ponerlo en peligro si la disonancia cognitiva aumenta por encima de determinados límites.
la tendencia a la concentración de poder o lo que es lo mismo, la percepción de que el orden social puede ser totalmente dirigido desde una especie de "mente única" (burocracia estatal), en vez de apostar por una plétora de organismos públicos y entidades colectivas, autónomos y corresponsables (Blackburn).
la dificultad de casar las distintas utopías, conformando una (contínuamente renovada) izquierda que deje de devorarse a sí misma o de maltratarse entre sí.
la necesidad de planificación (éste no es un mal del "comunismo" sino un anhelo ancestral de los seres humanos para tener alguna seguridad sobre su porvenir, y que hoy aplica el capitalismo con notable éxito)
la democracia en los procesos, formas y estructuras (ésta no es un resabio burgués, sino un requisito excluyente: sin él, sin su práctica cotidiana, no puede construirse nada igualitario ni justo).
Probablemente nunca tendremos un sistema social muy justo ni igualitario, y desde luego, ni será definitivo ni devendrá fruto exclusivo de nuestra planificación, dada la multitud de dinámicas socionaturales que siempre se escaparán a los seres humanos. Pero se trata de intentar levantar estructuras sociales que reproduzcan la igualdad de oportunidades de vida de los seres humanos (de autorrealización y bienestar, de influencia política y de estatus social), que optimimcen el control humano consciente de los procesos económicos y dificulten las pretensiones de quienes estuvieran interesados en vivir a costa de otros o de aumentar sus posibilidades a expensas de las de los demás. Una vez que los seres humanos han aprendido que la autonomía es un proceso irrenunciable, se pueden posibilitar expresiones culturales (con todas sus implicaciones en las formas de conciencia humana) que sostengan aquellas estructuras y se retroalimenten con ellas [como en un mecanismo lamarckiano que impida la reproducción de instituciones y estructuras que favorezcan altos niveles de desigualdad, al demostrar su peor valía para el conjunto de la especie].
Es decir, estamos hablando de procurar formas sociales que a la larga no sean suicidas, como las presentes, que no sólo implican la miseria o incluso eliminación de seres humanos y pueblos enteros (al menos 2/3 de la Humanidad sufre condiciones de empobrecimiento) o la fiera competencia entre todos, sino también la destrucción de las posibilidades de vida en y del ecosistema en conjunto.
La propuesta y el objetivo del socialismo continúa siendo la búsqueda de formas sociales razonables que intenten mantener a raya la desigualdad y el aprovechamiento de unos a costa de otros. Lo que de tener algún éxito implicaría algo así como acabar con la prehistoria de la Humanidad, como soñara Marx. Y con él muchos millones de seres humanos que en los dos últimos siglos creyeron que algo parecido era posible. Y lucharon por conseguirlo.
Muchas son las lecturas y experiencias de vida que conforman el pensamiento y los conocimientos que después se vierten en cualquier texto. El aquí presentado se nutre de innumerables aportaciones de autores contemporáneos, y por supuesto de los inolvidables clásicos. Es por eso que sólo se citan a continuación las escasas referencias que fueron explicitadas en el texto. Cualquier consulta ulterior al respecto puede ser hecha directamente al autor: piqueraa@fis.uji.es
Amin, S. (1998). Capitalism in the Age of Globalization. Zed Books. New York.
Alonso, L.E. (1992). "Postfordismo, fragmentación social y crisis de los nuevos movimientos sociales", en Sociología del Trabajo, 2ª época, nº 16.
Bilbao, A. (1995). Obreros y ciudadanos. Trotta. Madrid.
Blackburn, R. (1993). Después de la caída. Crítica. Barcelona.
MacKenzie, N. (1969). Breve historia del socialismo. Labor. Barcelona.
Piqueras, A. (1995). "A manera de introducción sobre los movimientos sociales: conciencia, ideología y praxis sociopolítica", en Africa/América Latina, nº17. Sodepaz. Madrid.
Piqueras, A. (1997). Conciencia, sujetos colectivos y praxis transformadoras en el mundo actual. Textos para la Transformación. Sodepaz. Madrid.
Roemer, J.E. (1995). Un futuro para el socialismo. Crítica. Barcelona.
Sewell, W.H., Jr. (1994). "Cómo se forman las clases: reflexiones críticas en torno a la teoría de E.P.Thompson sobre la formación de la clase obrera", en Historia Social, nº 18. Valencia.
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Wallerstein, I. (1997a). El futuro de la civilización capitalista. Icaria. Barcelona.
Wallerstein, I. (1997b). The Age of Transition. Trajectory of the World-System, 1945-2025. Zed Books. New York.