El Labo como iniciativa social

Carlos Vidania


Publicado en el nº 69 de


Las iniciativas sociales viajan en el espacio entre lo que se propone y lo que efectivamente se hace, de la mano del análisis y de las limitaciones del contexto general y de las fuerzas que operan en éste. Lo que sigue es precisamente un recordatorio de lo que el Laboratorio tiene de iniciativa social: el contexto urbano del que nace, los movimientos que lo articulan, los objetivos para los que se crea... y lo que efectivamente se pone en marcha. Es además un producto individual, que no está elaborado en un proceso colectivo de diagnóstico, aunque es fruto evidente de pulsiones colectivas, de conversaciones, escritos, trabajos, espacios comunes que el que suscribe ha habitado y habita con sus compas del Labo, actuales y pasados. En ese sentido, y considerando también la premura con que está escrito, solicito de quien lo lea un poco de benevolencia a la hora de medir la distancia entre lo que se expone acerca de lo que El Laboratorio quiere ser y lo que es efectivamente.

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Tanto tiempo y aún no podemos decir que sepamos qué cosa es lo que es un centro social. Eso puede ser un síntoma de debilidad. También puede ser que el proceso práctico en el que llevamos a cabo la investigación sobre los centros sociales autogestionados como espacios de intervención política aún no ha terminado: que la renovación de la experiencia no lleva emparejada necesariamente la definición política.

En el desalojo del Labo 03 se ha vuelto a apreciar esa doble velocidad, cuando se podían recoger múltiples balances del Labo como espacio de experiencias, pero pocas valoraciones acerca de si ha construido (y cómo) algún tipo de política concreta (véase ACP-sindominio de los días 9 de junio y ss.). A lo más, se señalaba si el modo de resistirse al desalojo era o no un modo de resistirse al desalojo y si el modo guai era encastillarnos, hacer guerrilla o poner patas arriba algunos contenedores y quebrar algunos vitrales.

Ese límite está lo suficientemente arraigado para que no sea suicida (o vanguardista) pretender una valoración propia, aunque sea poniendo de manifiesto, en primer lugar, la soledad desde la que se produce la valoración y, por tanto, el carácter casi sociológico, imprudentemente analítico, de lo que se ofrece. Dicho lo cual, advierto que voy a hacer precisamente eso, un análisis de lo que creo que construimos cuando construimos el Labo.

Algunas precisiones más. Los lenguajes del Labo son necesariamente diversos. Algunos pretenciosamente políticos (como el mío: se verá), otros extremadamente vivenciales, otros suma(ria)mente prácticos, algunos funcionales, otros confusos (incluyo de nuevo el mío). Es un atrevimiento adjetivar así. Lo hago precisamente para remarcar que cada lenguaje expresa de un modo extensivo alguna de las realidades del Labo; pocos podrían hacerlo con todas.

No podemos asegurar, de hecho, si eso que llamamos centros sociales autogestionados y nos empeñamos en construir es la puesta en práctica de una política específica o si, por el contrario, es la construcción de un espacio indiferenciado donde se expresan dinámicas (también, pero no sólo) políticas. Dicho de otra manera, si un centro social autogestionado es algo por sí mismo o sólo es la suma de aquello que sucede en él. La hipótesis con la que yo (algunos(as) de nosotra(os) he trabajado este tiempo es que lo que se produce en un centro social (la práctica conflictiva de la diversidad antagonista y el ensayo general de la cooperación social sin mando, por decirlo de un modo sencillo y reductivo) no se puede producir desde o en ningún otro espacio político. Eso equivale a decir que, de la misma forma que un partido con organización jerárquica genera un dinámica social en la que la construcción alternativa presupone el mantenimiento de organizaciones semejantes, la práctica asamblearia en la gestión de un asunto/espacio público, con la problematización de liderazgos y grados de influencia desiguales, propone la creación de alternativas sociales donde la política se juegue, desde la complejidad, en territorios horizontales y sobre la base de la cooperación entre diferentes en alianzas extensas, es decir, la gestión plural y participativa de sociedades complejas y conflictivas, y que como tal es un espacio de lucha. Es quizá en eso en lo que la experiencia de El Laboratorio se separa de otras experiencias clásicas de centros sociales más centrados en la gestión colectiva de una política propuesta por un grupo, que en la gestión colectiva de políticas en las que coexisten grupos y tendencias tan diversas como las que existen realmente en lo social.

Esto se interpreta, a veces, como ausencia de una política del Labo. Algunos y algunas defendemos, aún problemáticamente, esa ausencia de una política: se trata precisamente de que las políticas de los grupos y movimientos no nos atraen, no queremos ser una más de esas identidades (espacios del ser iguales a sí mismos o espacios con los que ser en otros: identificarse), sino, en todo caso, un espacio de expresión, conflicto, debate, encuentro, superación, crítica o reafirmación de las identidades, incluidas las políticas, incluidas las nuestras. Pero no un espacio indefinido, sino comprometido en ámbitos diversos de lo social, que adopta la forma de un proceso asambleario y heterogéneamente constituido que proyecta y se basa en la autonomía de las iniciativas que junta, respetuoso también con los diversos niveles de implicación en los procesos comunes y en las dinámicas sociales. Es un equilibrio difícil, todo el tiempo cada una(o) se siente tentado(a) a expresarse tan sólo en su propia política. Habitamos esa dificultad, con todas las tensiones que supone.

Entre la política como proceso y la política como programa, algunas y algunos vemos que la opción del Labo es la primera: no sólo somos partidarios de la mutación sobre la experiencia, de una investigación consciente de la fugacidad de sus resultados, sino que comprobamos que las prácticas sociales no se enquistan cuando admiten su característica esencialmente mudable, que impide la institucionalización de la política, que rechaza la permanencia en el seno de una identidad única, en un grupo cerrado y permanentemente auto (y no hetero) constituido.

Así, puede parecer que nos basamos en cierta ambigüedad, pragmatismo, indefinición o debilidad de contenidos, pero sin embargo eso que hemos venido llamando autonomía difusa, y una de cuyas experiencias ha sido en algún momento El Labo, propone la construcción en el tiempo (en el ahora como única realidad de intervención) y en el espacio (sobre territorios concretos de vida) de una red de relaciones sociales capaz de constituirse sobre la puesta en marcha teórica y práctica de alternativas que sean, a la vez, ejes de construcción permanente de autonomía y radicalidad social y que, por tanto, sean capaces de incluir la diversidad de las proposiciones, sin identificarse con los discursos exclusivos, considerando a todos los lenguajes partes de la red: las diferencias se producen y se expresan en el interior de los propios procesos colectivos, y no son los procesos colectivos los que se establecen a partir de las diferencias. Esto evidentemente casa mal con los objetivos que se marcan muchos grupos políticos de Madrid, a saber, construir desde su propio espacio una proposición de análisis, fundamentos teóricos y práctica que oriente las dinámicas sociales, tanto de los movimientos como de la ciudadanía. Por el contrario, El Labo se ofrece, tal vez a contratiempo, como espacio de confluencia de esos grupos, lenguajes y propuestas, para producir, incluso desde el conflicto, cada vez más y no cada vez menos (es decir, eludiendo reducciones unitarias) espacios sociales de crítica y práctica anticapitalistas.

Sin duda, mostrar eso no es una obsesión para quienes mantenemos este proyecto, y es casi una certeza el hecho de que no se comparta o no se debata o no se conozca entre muchos colectivos que participan en o apoyan al Labo, sobre todo porque identificarse con ello no es, obviamente, una condición para participar en él. Más bien al contrario, el Labo es visto a veces como un espacio indistinto, un lugar simpático y útil para desarrollar objetivos propios, al tiempo que se le dota de contenidos. Esas prácticas, que nos situarían como un espacio ingenuo, inocente, sin personalidad política definida, sin embargo, coinciden con el objetivo del Labo: ser la expresión de la multiplicidad crítica de prácticas y propuestas de lo social. En el Labo conviven expresiones de la radicalidad crítica hacia el modelo de ciudad capitalista (donde el trabajo y el consumo, pero también las formas de relación social propiciadas por los dominios sistémicos, al igual que la ordenación del territorio y el disciplinamiento subjetivo, juegan como ejes policéntricos) con impresiones derivadas de la práctica cultural o artística que se produce en la periferia del mercado-espectáculo, en el espacio intersticial de lo que se (auto)margina y de lo que es excluido por los usos mayoritarios del lenguaje social, cultural y artístico convertido en mercado.

Entre la expresión y la impresión de la crítica radical se producen espacios de encuentro no subordinados, aunque frecuentemente desarrollados en tensión, que constituyen una diversidad creativa que es precisamente uno de los valores políticos innovadores del proyecto del Labo.

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La ciudad posmoderna es un territorio complejo dominado por las prácticas mercantiles. Donde todo es susceptible de ser una mercancía, no sólo el territorio o el aparato productivo se convierten en fuente de beneficio económico, también las formas de vida, los lenguajes, la comunicación, las rutinas y los saberes, las elusiones y silencios, los usos cotidianos, el consumo, la cultura, el arte, los cuerpos, todo se convierte en materia del proceso de acumulación. La tendencia sistémica es la concentración en grandes áreas metropolitanas, y su condición de posibilidad es el control absoluto de todos los procesos urbanos. El modelo de ciudad es fundamental para el desarrollo del mercado. La especulación es uno de los ejes, pero no el único, de ese desarrollo. También lo son los modos de socialidad, las condiciones de habitabilidad, la gestión de infraestructuras y equipamientos, el modelo de cultura y de ocio, la movilidad, la interdependencia de zonas de usos funcionales especializados, la gestión de zonas de exclusión, etc. Los edificios y viviendas vacíos son sólo un síntoma de ese proceso. Lo son también los modos y culturas de tenencia, las rápidas compraventas, el uso inversor de suelo y edificación, la construcción selectiva de ejes culturales, áreas residenciales o complejos comerciales, las redes de comunicación... Poco hay al azar pero nada es arbitrario: las ciudades deben ser eficaces, es decir, deben hacer fáciles los procesos que las gobiernan; las ciudadanas y ciudadanos, súbditos. Cuando el proceso central lo constituyen el disciplinamiento, la acumulación y la obtención de beneficio y la generación y circulación de dinero, todas las prácticas deben ir orientadas a la consecución de esos fines: la construcción, la rehabilitación, la ordenación territorial, las políticas espaciales y de vivienda, las de transporte... de la misma manera que las productivas, laborales o culturales.

Okupar es atacar ese proceso, denunciándolo e interfiriendo en él, pero también creando espacios que se salgan de su lógica. Interferir en los momentos concretos de la especulación, pero también en la construcción homogénea y sin resistencias de un modelo eficaz de ciudad, funcional al capitalismo: de ahí la importancia que tienen para El Laboratorio la integración, no sólo de iniciativas políticas y sociales, sino también de iniciativas culturales, artísticas, económicas, vitales, una integración de cuyo lenguaje esperamos extraer colectivamente la posibilidad de mundos alternativos, experiencias de autonomía, más allá de los límites simbólicos en los que aún nos movemos.

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Esos límites no nos bloquean. Hay más cosas que pensar. Para nuestro caso, sirva decir que la triple proposición que ha definido El Laboratorio se ha ido consolidando con la experiencia.

En primer lugar, el elemento de denuncia. La okupación es una acción directa de desobediencia permanente contra la especulación y el modelo de ciudad del capitalismo desregulador. Esto incluye, como hemos visto, desde luego, la función mercantil de viviendas y espacios urbanos, pero también la espectacularización de la cultura, el ocio y la vida cotidiana; el control social, el despotismo autoritario de la política institucional y el sistema representativo, la funcionalización extrema de las áreas urbanas, la práctica del urbanismo rampante destructiva de la memoria y el valor de uso, la ausencia absoluta y planificada de espacios sociales autodeterminados por los ciudadanos y ciudadanas en sus territorios, el despilfarro energético y de trabajo y la preeminencia de la movilidad motorizada, las formas de vida centralizadas por el espacio-tiempo del trabajo dependiente, la tristeza, la soledad, el individualismo de la forma social gobernada por el dinero. El Laboratorio es uno de los espacios de Madrid desde donde la denuncia y la crítica de la especulación propone contenidos alternativos al modelo de ciudad mercantilposmoderna. Esa denuncia, por más que ahogada en el espectáculo mediático, es uno de los ejes de nuestra intervención.

Por otro lado, el elemento de experimentación y creación de alternativas sociales. Buscamos, es viejo, liberar el tiempo de vida, recuperar la alegría de vivir, constituir formas de vida políticas, que expresen con su existencia no sólo el rechazo, sino también la potencia de transformación. Sobre la crítica de los modelos burocráticos y jerarquizantes de organización social, no sólo en la sociedad ?oficial?, sino también en nuestros propios grupos activistas, ensayamos un tipo de organización plural y diversa, basada en modos asamblearios que buscan producir espacios autónomos, tanto como autonomía social, es decir, no sólo en el interior de los grupos activos, no sólo para las formas ?políticas?, sino también en el espacio global de lo social, proponiendo cooperación horizontal y debate público y abierto, discursos no cerrados, sino en permanente transición, inclusión de diversas iniciativas y lenguajes creativos y de la resistencia, exclusión de modelos mercantiles. En el interior de los procesos que abrimos, se producen y se practican otros modelos de configurar nuestra vida, nuestro deseo, nuestros proyectos, nuestros cotidianos, nuestra subjetividad, nuestro estar en lo social. Lo que implica una valoración de importancia equivalente de lo que se produce y del cómo se produce, y por tanto afecta a lo político, lo social, lo cultural o lo artístico. Por descontado, una experimentación llena de errores y carencias, que a veces proyecta más que realiza: que está, por lo tanto, viva.

Un tercer eje es la propuesta de investigar y experimentar sobre las formas de participación, organización, acción y coordinación con el objetivo de fomentar nuevas líneas de constitución de los movimientos sociales, más capaces de intervenir sobre las transformaciones que tienen lugar bajo el mando del capital. Menos enquistadas en la autorreferencialidad, menos congregadas sobre la propia identidad política, menos basadas en grupos muy integrados a nivel teórico-práctico. Los espacios que proponemos tienen identidades plurales, conflictivas, a veces contradictorias, son de constitución diversa, de alianzas variables, tienen sujetos complejos y heterogéneos trabajando juntos sobre realidades difíciles y exigentes que precisan de una negociación constante de los lenguajes y expresiones sociales que producen. En un pulso con las instituciones y las formas de la vieja política, tratamos de consolidar un espacio público no institucional o una institución pública autónoma de parámetros independientes, en cuyo interior convivan los discursos compuestos de la diversidad e incidan en condiciones de igualdad las propuestas políticas de los movimientos. Un objetivo a veces paralizante, que abre momentos de gestión muy complicada de las propuestas particulares tanto como de las que se hacen comunes (política territorial, participación en foros y plataformas globales o movilizaciones masivas como las antibelicistas), momentos que se resuelven a menudo con una participación en segunda línea. No negamos esa dificultad, como no negamos la dificultad de la práctica de la autogestión, ni de las subrutinas asamblearias, de la horizontalidad permanentemente cuestionada por hegemonías, sobrelegitimidad, autoridad, poderes difusos que se expresan con notable incidencia. No negarlo nos permite reconocer los límites de nuestra propuesta.

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Más de seis años, varias crisis y cuatro edificios después, la iniciativa de El Laboratorio aún no se ha agotado. Más bien al contrario, aún conflictivamente y con enormes limitaciones, con El Labo 03 nos hemos acercado al modelo de centro social autogestionado que se podía prefigurar en sus comienzos: un espacio experimental, heterodoxo, abierto, complejo, en el que la diversidad real de los lenguajes sociales puede expresarse con libertad hasta generar una nueva constitución, siempre mutante, del propio espacio, con los pies en lo local y proyección en lo global.

En El Labo 03 se ha tratado de conjugar las dinámicas ya abiertas de lo local en las que se participaba en Lavapiés, con otras de lo que llamábamos global, que no se limitaban a las propuestas sociales y políticas más definidas sino que se ampliaban a las emergentes manifestaciones culturales y artísticas que trabajan con autonomía y contenidos críticos: que cualquier manifestación social, colectiva, comunicativa, crítica pudiera tener un espacio de expresión y que esta expresión fundara un nuevo proceso sobre la base de una gestión autónoma y participativa, pero consciente de que todo lo que trabaja en un espacio no tiene posibilidad, voluntad o capacidad de gestionarlo en su conjunto. Entendíamos, pues, que la constitución del Labo 03 era un proceso a medio plazo que tendríamos que revisar, pero del cual asegurábamos su mantenimiento. Eso define la vocación del Laboratorio a un tiempo local y metropolitana: arraigarse en las dinámicas vitales del territorio, transformándolo y creando un vínculo de resistencias, y constituir a la vez un espacio de referencia que incida y participe en los procesos sociopolíticos que funcionan en la metrópoli. Así, de la misma manera que se actúa en la construcción de un tejido social participativo, innovador en las prácticas y con capacidad de reflexión y proposición, se facilita el desarrollo en este barrio de los contenidos vivos, críticos y potentes que se generan en otros espacios. Introducir en los procesos locales también aquellos metropolitanos o globales que influyen en la realidad que nos ataca y a la que atacamos. El éxito de esa vocación es desde luego relativo y limitado /1.

El Labo 03 ha desarrollado con creces esos materiales. Durante el año y medio que ha durado, se ha convertido en un espacio de referencia, de comunicación, debate, conocimiento, participación, creación, cultura y experimentación, que posiblemente por primera vez ha ido más allá de lo pensábamos al principio. Esto, y es un detalle esencial para comprender El Laboratorio, no se corresponde con un mérito de la gente que lo ha impulsado (o no sólo), sino con el esfuerzo colectivo de cientos de personas que han adoptado el Labo como espacio común. Precisamente: como centro social. En este sentido, no es poco lo que se ha avanzado y no es lo menos fundamental el hecho de que poca gente activa de la ciudad no considere ya el Labo como un patrimonio común y la okupación no como un asunto de okupas (?), sino como una práctica propia de los movimientos sociales.

Una virtud del Labo ha sido conseguir que espacios muy variopintos lo consideren propio o, al menos, útil. Ha sido, pues, capaz de hacerse funcional a muchos ámbitos de la cultura alternativa y de la actividad y el activismo social. El encuentro de esos ámbitos es un objetivo de la gente que constituye la asamblea del Labo. Aún falta que se pueda producir un salto desde ese encuentro hasta la constitución común del Labo entre todas las gentes que participan en él o que este tipo de espacios proliferen en otros territorios sociales de Madrid.

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La okupación, por poco que dure, del Labo 04 abre un proceso en el que necesariamente todo esto tendrá ocasión de ser dicho, revisado, rectificado o renovado. Cada espacio, lo hemos comprobado, moldea también el sentido del proyecto, lo que o dice mucho del proyecto o dice mucho del espacio, según se quiera interpretar. Lo cierto es que descubriremos nuevos límites y errores, también la solidez o fugacidad de las alianzas sociales y afectivas que se generan en un proceso abierto.

No sólo eso sigue abierto. Con poco esfuerzo se pueden señalar algunos problemas que no son menores. En buena medida, la gestión del espacio, el trabajo ?interno?, ha sustituido la capacidad de propuesta y acción en otros ámbitos, incluido desde luego el de la acción pública, a veces sustituida por la acción de puertas adentro (apenas cinco o seis ocupaciones de edificios públicos, cuatro o cinco manis y otras tantas acciones en Lavapiés durante los últimos años), pero también el de la imaginación de nuevas formas de acción o el de la proposición a otros espacios sociales de acciones conjuntas o la participación nuestra en propuestas de éstos (pensemos en el formato reclama las calles o en las jornadas de lucha social o los paseos activos, revistas caminadas, acciones comunicativas y de desobediencia, etc., en los que El Labo ha estado presente).

Seguimos teniendo pendiente averiguar cómo este espacio heterogéneo, diverso, puede encontrar métodos de expresión común ágiles a la hora de responder a convocatorias de los movimientos sociales, como tenemos pendiente generar un ritmo de comunicación y debate interno y abierto suficiente para concretar opciones colectivas en problemáticas sociales permanentes, incluso en el ámbito de Lavapiés, donde la existencia de una red ciudadana con amplia participación de y en el Labo, reivindicativa y propositiva, nos sitúa en una tesitura permanente de reflexionar cuál es el papel de un centro social en esas dinámicas, más allá de su función como espacio de encuentro, local colectivo o receptáculo de iniciativas.

Sigue igualmente pendiente el trabajo de rectificar o consolidar la propuesta de provocar una negociación con la administración y las instituciones locales acerca de la permanencia del Labo. Una opción de la que se ha hablado mucho, pero que nunca se ha trabajado mucho, quizá demasiado seguros(as) de que para la política oficial, cualquier obstáculo en la consecución por parte del capital del máximo beneficio económico (al que la doctrina atribuye el papel de generador único de riqueza social) es visto como una restricción que hay que eliminar. De hecho, esa es la experiencia de las okupaciones en Madrid: la vía judicial sanciona el statu quo y las instituciones políticas que lo han facilitado hacen como que no intervienen. Siempre hemos visto la negociación precisamente como la vía de señalizar esa situación que impide la reapropiación social de los espacios especulativos, pero resulta llamativo que a pesar de que el uso del Labo supone una necesidad común y la expresión evidente de un deseo social vivo, ninguna institución reconozca la posibilidad de crear un ámbito de diálogo. En ese sentido, sin duda, también tendremos que revisar el modo de acción política, sobre la base de reconocer que el uso repetido de las mismas armas las vuelve tan ineficaces como si se usan mal. No es tampoco menor el resolver las tendencias a sobrevalorar o minusvalorar áreas de trabajo, el hacer que las asambleas tengan un pulso mayor de participación y vitalidad, el producir con asiduidad y calidad espacios de reflexión y debate, el conseguir un mayor grado de solidaridad en el reparto de tareas, en fin: todo aquello que pueda imaginarse como un problema en una dinámica social democrática pervive en el Labo: ¡por muchos años! Habrá otro espacio para poder hablar de ello: mientras, nuestros detractores, que son muchos también, se ocuparán (con c) de recordarlo.

Con todo esto pendiente y mucho más, pues, no nos queda otra que proseguir, e invitar a proseguir con nosotros y nosotras, el experimento que conocemos como El Laboratorio. Quedan muchas, muchísimas cosas por hacer. Y por dejar de hacer, según nuestra costumbre.



El Laboratorio nació en 1997 como el producto de una confluencia de grupos y personas de diversas procedencias, experiencias, criterios y deseos en un contexto de (re)presión institucional y cierto aislamiento pero también cierta capacidad de resistencia y proposición por parte de los espacios autónomos madrileños. Una resistencia que no se basaba sólo en la propia consolidación de los diversos espacios como referente político de gente que rechazaba viejas estructuras y formas de hacer política, sino también de su nueva capacidad de tejer relaciones más allá de cierta autorreferencialidad clásica del movimiento autónomo madrileño, dirigiéndonos, creando vías de diálogo y nuevos vínculos, a otros ámbitos sociales y políticos de lo que llamábamos realidad antagonista que hasta entonces se consideraban externos o enemigos o alianzas meramente ?tácticas?. Se llamaba entonces a tener una experiencia común. Así, a continuación de varios desalojos violentos y coincidiendo con la incertidumbre que generaba la inclusión de la okupación en el Nuevo Código Penal (aprobada por todos los partidos parlamentarios), en un proceso ágil (y arriesgado) de debate se decidió acometer una acción que tuviese tanto de respuesta simbólica (okupando un edificio abandonado por la propia administración y además en el centro de Madrid) como de propuesta experimental (invitando al conjunto de grupos sociales a ser también okupas, superando la identidad del okupa como protofigura sociopolítica y superando también la identidad de las formas de grupo como únicas experiencias de lo social). El Laboratorio podía ser una pequeña ciudad experimental de los movimientos. Pero lo cierto es que El Laboratorio no fue finalmente eso. Posiblemente porque la mayor parte de la gente que lo constituyó o lo ayudó a constituir no pensaba que pudiera serlo, pero también porque en buena medida esa invitación a partir de cero (?okupamos el vacío desde el vacío?) no se compartía o generaba desconfianza, o porque los hábitos arraigados en los grupos sociales no permitían un ensayo de esas características, o porque las condiciones de uso del edificio no ayudaban a una puesta en marcha rápida, eficaz y sugestiva, o porque los errores que cometíamos cerraban posibilidades en vez de inaugurar nuevas experiencias. Del fulgor y muerte del primer Laboratorio, cada vez más escindido de las dinámicas que permitieron crearlo, nació El Labo 2, un ensayo más local y limitado, más centrado en un grupo, de composición muy diversa pero con cierta identidad común, que convivió con duros momentos de crisis de las iniciativas sociales y políticas madrileñas, y que trataba de conjugar la participación en dinámicas de los movimientos con la propia experimentación de vida política, aun manteniendo todavía el carácter de centro abierto y propositivo, que jugó como espacio de encuentro un papel relativamente importante en la emergencia (y quizá también en la crisis) de algunas áreas del movimiento antiglobalización y antagonista. Al desalojo del Labo 2 y a la descomposición del grupo que lo gestionaba les sucedió un periodo de debate que culminó con la okupación de El Laboratorio 03 en febrero de 2002.



1/ Cierto que Lavapiés, nuestro barrio, es un terriorio de referencia para los movimientos sociales de Madrid, que buena parte del barrio tiene a su disposición un espacio comunicativo, de intervención y de información privilegiado. Pero no es menos cierto que, a pesar de los esfuerzos y la imaginación puesta en el trabajo local, el barrio está sujeto a un profunda transformación cuyos agentes fundamentales no somos esa población activa y rebelde (en un sentido inverso al que Gallardón le da a esa palabra), sino mucho más la administración y los poderes financiero-inmobiliarios, a cuyas órdenes y con cuya estrategia el plan de rehabilitación del barrio está consiguiendo recuperar para el mercado un área hasta hace poco degradada, pero suculenta, configurando un barrio cada vez más selectivo, segregador, que margina o expulsa progresivamente a los sectores tradicionales o activos. Un múltiple estructura de población en la que las y los activistas tienen una alta presencia simbólica, en la que la población tradicional e inmigrante ocupa un lugar sociológico, pero donde los objetivos trazados por la administración y sus agentes económicos de referencia se van cumpliendo. Y es igualmente cierto que la presencia de los discursos procedentes de los movimientos sociales (excluido el movimiento coca-cola, por el momento) es notable, pero tampoco se muestra capaz de generar una práctica que vaya más allá de la política de militantes, que convoque y movilice más allá de sus propias militancias ampliadas (el caso de las manis de apoyo al Labo es una evidencia). Esa es una de las sombras que cubren los seis años de El Laboratorio, que podríamos retrotraer unos cuantos años más si incluyéramos otros proyectos políticos y sociales que han tenido Lavapiés u otras zonas del centro de Madrid como referencia.

 

 

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